Mercales y pdvales, como ratoneras

“¡No vale!”, dice mi cuñada con seguridad, cada vez que hablamos del asunto, lo que sucede con frecuencia, “en el Bicentenario del CCT, allá en Caracas, y en los mercales y pdvales, donde voy todas semanas, hay de todo”.

La escucho y quedo asombrado, pues mi cuñada no es precisamente una “chavista rodilla en tierra o patria o muerte”, sino muy sosegada. Hasta me convence con hechos, pues cada vez que llega a casa le trae a su hermana, mi compañera, algunas cosas que aquí “cuesta una y parte de otra encontrar”. Lo que me asombra más, convence con los hechos o pelos en la mano.

Cuando eso sucede, me decepciono más de Teodoro Petkof, quien una vez dijo a la prensa, siendo ministro, “ya este no es el país de aquello de Caracas es Caracas y lo demás monte y culebra, sino que se ha igualado”. Lo que Petkof ignora o, como todo en su vida, se hace el pendejo o el que no se da cuenta.

El país creció. En la provincia no sólo están los burros para llevar la carga, las gallinas y el pescado para el sancocho de fin de semana cuando llegan los caraqueños, sino muchas más cosas, como la gallina de los huevos de oro; pero en Caracas no terminan de percatarse de la realidad.

Sucede que aquellas burguesías, nacional e internacional, partieron el país que la independencia había unido y distribuyeron la renta nacional, sólo para beneficiar a Caracas, cuna, asiento y residencia de los propietarios e inversionistas, lo cercano a las zonas portuarias, donde entraba y salía la mercancía y más tarde, por allí mismo, crearon las empresas industriales sustitutivas, para no tener que caminar mucho. Así crecieron desmedidamente Caracas, Maracay, Los Teques; Valencia y algún hálito llegó hasta Barquisimeto, desde la mágica entrada de Puerto Cabello. El Zulia, por su dinámico ancestral puerto de Maracaibo, algo de ese aliento inversionista llegó, pese a que la vieja gaita se lamentó por pensar lo contrario.

De occidente, Trujillo, Táchira y Mérida, se quedaron viendo lejos aquel desenfrenado crecimiento del centro, después de caído Pérez Jiménez, pese a que la invasión de los 60, con el “Cabito” Cipriano Castro y a su lado el taimado compadre Juan Vicente Gómez, llegaron a poner orden desde Miraflores e hicieron crecer las esperanzas de los serranos.

Lo de Caracas es Caracas, pudo haberse cambiado por el centro es el centro y lo demás monte y culebra; esta última oración era y sigue siendo la más adecuada para reflejar la historia reciente de Venezuela. Allí se construyen metros, trolebuses, autopistas y paremos de contar, mientras los “provincianos” nos ahogamos en los huecos de las calles

Como dijo un viejo amigo economista, la renta se produce en un sitio y se invierte en otro; donde le conviene al capital internacional y a los importadores.

Oriente, con su petróleo de todo Monagas, Anzoátegui con el suyo y el puerto de Guanta, no corrieron la misma suerte. Menos Sucre, cuyas riquezas seguían intocables, lo que aún no ha cambiado, pese al tímido intento de sacar gas natural al frente de Paria. Las capacidades agrícolas, pesqueras, acuíferas y turísticas de ese Estado oriental, aún están allí como virgen en “blanqueo”.

De manera cómo sarcástica, desde el inicio, a la llamada autopista Antonio José de Sucre, antes Rómulo Betancourt, se le dice “de oriente”, cuando sale de Caracas y después de más cuarenta años sólo llega a Higuerote.

Los gringos que exprimieron el vientre de la tierra oriental y sacaron petróleo medido en cifras de dólares que daría dolor de cabeza contarlas, apenas construyeron, entre los centros de producción y el puerto para sacar el petróleo, carreteritas que bien se les puede llamar caminos.

Y esa idea continúa. Todo lo que se intenta comienza por Caracas, en el mejor de los casos porque, en el peor, allí también perece. Uno ve películas o cortos de televisión donde exhiben mercales y pdvales en los sitios privilegiados que favorecen la prédica de mi cuñada. Tanto, que a uno le provoca decir, como si hablara de la isla de Jauja y un poema de Nicolás Guillén: “vámonos pa´ allá”, porque aquí no hay vida.

“Ratonera”, llamaban en mi pueblo aquellas bodegas arruinadas, donde casi nunca se encontraba lo buscado y se podía decir, de manera casi ajustada a la realidad, “aquí no hay nada”.

Ese calificativo bien le cabe a los mercales y pdvales donde voy entre Barcelona y Puerto La Cruz. No es esta la opinión de “un diletante”, de alguien que “no aterriza”, sino de quien se encarga de hacer el mercado de su casa y por interés hasta muy particular, intenta encontrar los mejores precios. Esas ratoneras, de las cuales algunas más es el tiempo que pasan cerradas que abiertas, casi siempre sólo venden unas pocas latas o envasados y de paso con reflejo impactante de la inflación. En ellos, no sorprende ni halla bolsas para meter la compra. Lo he experimentado. De paso, además de la cajera de turno, uno otea, tres o cuatro empleados más en ellos, generalmente desocupados.

De manera que esperamos que las medidas anunciadas por el presidente Maduro, cosa que no escuché, incluya aportar los recursos, si es que estos han disminuido, a esos “centros de distribución” o halarle las orejas, casi hasta el desprendimiento, a los funcionarios competentes, para dejen de hacer, objetivamente hablando, el mismo rol de quienes impulsan “la guerra económica.” Que se acuerden que el país es grande y va más allá de Guarenas, de un lado, o Valencia, del otro. Y algo que les quiero decir en secreto, en esos espacios de nadie, como los orientales, de quien el poder central suele olvidarse, hay votantes como sorgo y, la eficiencia del CNE, los cuenta y suma.


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Eligio Damas

Militante de la izquierda de toda la vida. Nunca ha sido candidato a nada y menos ser llevado a tribunal alguno. Libre para opinar, sin tapaojos ni ataduras. Maestro de escuela de los de abajo.

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