El Super Bowl está diseñado para ser un espectáculo de distracción y entretenimiento masivo, pero el pasado domingo, el jugador de los New England Patriots, Mack Hollins, rompió ese guion. Su llegada al estadio, vestido como un prisionero, esposado y con grilletes, no fue una excentricidad: fue una denuncia visual contra la criminalización de los migrantes en Estados Unidos.
El mensaje detrás de las cadenas
En un momento de máxima tensión por las políticas antiinmigrantes de la administración de Donald Trump, la imagen de Hollins personificando a un detenido envió un mensaje contundente al mundo. Su protesta puso el foco sobre las redadas masivas del ICE y la persecución sistemática que sufren las comunidades inmigrantes, especialmente los latinos.
Hollins, conocido por su estilo de vida minimalista y por caminar habitualmente descalzo, elevó su perfil a una dimensión política. Al descender del autobús vestido con un traje de prisionero, esposado, con grilletes y una máscara de restricción, no estaba presentando un disfraz de espectáculo. Su vestimenta fue interpretada globalmente como una denuncia frontal contra la criminalización de los migrantes y las recientes redadas masivas ejecutadas por ICE.
Incomodar para generar conciencia
Hollins utilizó el escenario más visto del planeta para incomodar la comodidad del espectáculo. Al presentarse encadenado y descalzo, el atleta obligó a millones de espectadores a mirar la realidad de quienes hoy viven bajo el temor de la deportación y la discriminación.
Cuando una figura con tal nivel de exposición decide usar su imagen para visibilizar el sufrimiento de los más vulnerables, logra lo que la política suele ocultar: humanizar el conflicto. En un evento que busca no molestar a nadie, la protesta de Hollins fue exactamente lo que hacía falta para denunciar una política migratoria que separa familias y criminaliza la búsqueda de un futuro mejor.