Una democracia dictatorial

Sí, ya sabemos que los que la manejan están siempre dentro de la Constitución. Y si alguien de los que por turnos cada cuatro años or­ganizan el cotarro se desmanda, ahí están los tribunales para devol­verle al redil. Sí, sí, entre unos cuantos se reparten el poder gracias a una rígida Constitución que fue pensada para esto, para, a partir de su promulgación, repartirse el poder franquista entre unos cuan­tos dictador­zuelos. La habilidad consistiría en forzar al pueblo a ele­girlos según unas reglas muy bien calculadas al efecto que permitie­sen la gobernabilidad de un matrimonio ideológico; un matrimonio que, al dormir en el mismo colchón durante varios años, ha acabado en lo fundamental siendo de la misma opinión. El colchón es la herencia franquista constitucional, y la opinión se condensa a su vez en dos aspectos: el neoliberalismo, por un lado, y los modales des­póticos de los timoneles que rehúyen los referéndums y los plebis­citos, por otro.
 

  En Italia, las reglas las cocina uno solo en su beneficio y para hacer todo cuanto se le antoja. En España no hay un dictador de­mocrático, como en Italia. El poder lo comparten unos cuantos re­partidos entre todas las instituciones y los tres poderes oficiales del Estado, a los que se añade el cuarto, la prensa, los medios, que a menudo nos hace sospechar que es el primero...

 

  Y esos cuantos bailan a su vez al son de otros grupos europeos que actúan de supervisores de los intereses personales y grupus­culares, de sus bancos y de sus finanzas, encabezados por los líde­res francés y alemán. Pero todos, es decir, estos mandamases es­pañoles que hacen de ejecutivos de los otros, y estos otros son libe­rales o neolibe­rales: el palo y tente tieso de la economía dominante. Todos mango­nean y, en España, cada uno con su cuota de poder ejercido arbitraria­mente desde las reglas arbitrarias impuestas en 1978 por una pan­dilla de constitucionalistas; una pandilla que se plegó a las exigencias del ejército franquista que aún velaba el ca­dáver caliente del dictador, y a las del albacea testamentario de éste llamado Fraga Iribarne.

 

  De ahí procede toda esta difusa pero implacable manu militari de unos cuantos escondido en las urnas; urnas a las que millones de es­pa­ñoles no se presentan o van con la cabeza gacha sabiendo que esas reglas cierran virtualmente el paso al pensamiento y la praxis socia­lista real y comunista.

 

  España está regida por oligopolios, en lo económico, y por una oligocracia, en lo político. El pueblo no cuenta para nada. Se limita a sufrirlos continuamente de muchas maneras y a ex­perimentar, cada cuatro años, la ilusión de que participa de él. Para que, encima, los votantes de la pseudoizquierda en el poder se sien­tan traicionados a lo largo de las legislaturas...

 

  En cambio, los dictadores de la derecha y sus votantes están a sus anchas. Y que lo están lo explica lo siguiente: hay unas ínfimas modi­fi­caciones en el estilo y praxis de la dictadura de su último quinque­nio y los treinta y dos años que llevamos de falsa democracia. No tenemos más que ver cómo tratan al pueblo en la calle las fuerzas del orden en cuanto el pueblo las pisa en firme. Es entonces cuando preci­samente se produ­cen los desórdenes públicos. Como hace cuarenta años. La calle, tres décadas después, sigue siendo de Fraga Iribarne, como él dijo siendo ministro franquista de gober­nación; de él y ahora también de sus herederos ideológicos que se encuentran tanto en la ultradere­cha como en la burbuja de la izquierda institucional que es­cora descaradamente a la derecha.

 

  Porque si las cosas están como están y la Constitución y la mo­nar­quía y los partidos mayoritarios y los minoritarios siguen siendo lo que son es, porque los constituyentes midieron muy bien el futuro en el que nos encontramos. Dispusieron las cosas de modo que el pueblo se hiciese la ilusión de que sería él quien gobernaba a través de otros elegidos. Pero pasados los años, ha comprobado que las elecciones no distan gran cosa de aquellas a procuradores de las Cortes franquistas o de las elecciones sindicales de aquel enton­ces en las que todo era "uno" y lo mismo. Un modo como otro cual­quiera de que unos pocos detenten las riendas del poder y el pueblo se con­tente con una pantomima tras otra... Como en la dictadura franquista.



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Jaime Richart


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