El clima de violencia que están generando la ultraderecha y una parte significativa de la derecha en España, se aproxima de manera alarmante al que dominaba la escena pública en los meses precedentes al estallido de la Guerra Civil. No se trata de una metáfora exagerada: basta observar las imágenes y escucharles.
Escenas televisadas de fanáticos zarandeando y agrediendo a un muñeco que representa al presidente del Gobierno; insultos proferidos a voz en grito en la calle y multiplicados en las redes sociales; la simbología de la motosierra aplicada a instituciones públicas o incluso a platós de la televisión pública, donde en determinados programas se comenta o analiza la actualidad con moderación, educación y conocimiento. Todo ello apunta en una misma dirección: elevar de forma deliberada el nivel de crispación social y sembrar la inquietud o el miedo ante la eventual llegada de un neofascismo al poder.
En ese contexto, resulta especialmente grave el uso insistente por parte de líderes desquiciados de la expresión "los enemigos de España". Un lenguaje tan violento como grotesco. Ya va siendo hora de que el periodista que cubre esos actos, si no refuerza la propaganda ultra, interpele en directo al líder de turno con una pregunta elemental: ¿a qué enemigos se refiere, porque nadie sabía que España tuviese enemigos?
La historia ofrece una respuesta inquietante. En 1936 se llamaba "enemigos de España" a los militantes y simpatizantes de las doctrinas marxistas, trotskistas y, en general, a quienes pensaban de manera distinta al bloque reaccionario dominante. Como si una determinada forma de pensar dentro de la misma nación pudiera, por sí sola, estar dirigida a destruir esa nación o a menoscabarla. Como si la pluralidad ideológica fuese una amenaza y no una condición de la democracia.
La conclusión es tan simple como inquietante. Menos mal que existe Europa, con sus límites, sus reglas y sus resistencias institucionales. Porque, de no ser así, estaríamos peligrosamente a un paso del rosario de la aurora.