Cuarenta y cuatro años después de la Constitución de 1978, España sigue pagando el precio de una Transición fraudulenta. No se trató de una ruptura democrática, sino de una operación de continuidad cuidadosamente administrada, cuyos efectos —largamente incubados— emergen hoy con nitidez inquietante.
La Constitución y la Transición españolas cumplen hoy 44 años. Yo llevo casi cuarenta denunciando su falsedad de origen en crónicas publicadas, en su mayoría, en medios digitales de América Latina y en algunos españoles ajenos al ecosistema mental y disciplinario de los medios prácticamente oficiales. No por vocación marginal, sino porque la crítica estructural rara vez encuentra acomodo en los canales del consenso general en España.
Mi desesperación no procede del paso del tiempo, sino de haber comprendido demasiado pronto lo que casi nadie quiso comprender nunca. Y no hablo de una ciudadanía desinformada, sino de élites políticas, jurídicas, académicas e intelectuales que aceptaron —cuando no legitimaron activamente— una impostura. España consagró como modélica una Transición tramposa y elevó a categoría de texto sagrado una Constitución que el propio Franco habría podido firmar sin traicionar los pilares fundamentales de su régimen.
El paso de la dictadura al nuevo orden no fue una ruptura, sino una mutación controlada. España no transitó hacia la democracia: se maquilló para parecerlo. No existió depuración alguna del aparato del Estado. Jueces, altos funcionarios, mandos militares y estructuras de poder que habían servido fielmente al franquismo conservaron sus puestos, su influencia y su mentalidad. Resulta grotesco suponer que quienes toleraron y aplicaron instituciones como el Tribunal de Orden Público se transformaran, por decreto, en demócratas convencidos.
A esta continuidad estructural se añadió un diseño electoral —la Ley D’Hondt— concebido para blindar el poder de las clases dominantes y limitar la representatividad efectiva del voto popular. No fue un error técnico ni una concesión coyuntural: fue una decisión política deliberada, coherente con un régimen que jamás quiso arriesgar el control real del poder.
Todo ello se asentó sobre una mentalidad colectiva profundamente condicionada: la de los herederos directos de los vencedores de la Guerra Civil del 36; la de quienes optaron por el acomodo como forma de supervivencia social; y la de una mayoría que prefirió el silencio a la incomodidad del análisis político y sociológico. La mentalidad —ese factor decisivo que rara vez se nombra— explica mejor que cualquier coyuntura la deriva española. Un país sin pacto social no puede producir una democracia real, solo su simulacro.
Conviene recordar el relato edulcorado y repetido hasta la saciedad, que la Constitución fue aprobada bajo amenaza explícita de golpe de Estado. La coacción no fue un episodio más: fue el marco en que se produjeron los acontecimientos. Aquella votación no selló un consenso democrático, sino un acto de obediencia colectiva inducida por el miedo, perfectamente compatible con la continuidad del poder fáctico heredado de la dictadura.
Durante años acepté, con reservas, la idea de que aquel defecto de origen podría corregirse con el tiempo. Pensé que surgirían fuerzas políticas dispuestas a enfrentarse al núcleo duro del problema: la ausencia de ruptura, de justicia histórica y de contrato social. Lo verdaderamente insoportable ha sido constatar que nadie quiso ver el peligro, o peor aún: que muchos lo vieron y optaron por aprovecharlo.
Hoy ese peligro ya no es teórico. Se ha materializado. Los beneficiarios del franquismo, lejos de desaparecer con la muerte del dictador, se reciclaron, se reagruparon y esperaron pacientemente. La democracia aparente les ofreció cobertura, tiempo y legitimidad. El sistema no los corrigió: los protegió.
La ultraderecha actual no es un accidente ni una anomalía sobrevenida. Es el producto lógico de una Transición sin ruptura, de una Constitución sin pacto social y de una cultura política edificada sobre el olvido impuesto por la pasividad, la indolencia y la estupidez. No ha llegado desde fuera: ha surgido desde dentro, como consecuencia directa de lo que se decidió no hacer. Este es el origen del huevo de la serpiente. Como en los años 30 se incubó el nazismo.
Y el huevo ya ha eclosionado.