En Chile, enormes extensiones arbóreas están siendo consumidas por el fuego, oficialmente atribuido a causas diversas, aunque no falta quien señale a intereses ligados a la industria maderera y constructora. Sea o no así, el hecho es que el ser humano, cada cual en su ámbito de actividad, tiende a comportarse con indiferencia frente a las consecuencias que sus actos pueden causar en otros ámbitos y, de manera especial, frente a los estragos infligidos a la Naturaleza.
No es casual que desde hace décadas algunos sociobiólogos vaticinen como último avatar del ser humano una forma de suicidio colectivo. El ser humano acabaría siendo, tarde o temprano, el autor de la destrucción de un mundo ya inhabitable.
Durante siglos, el fin del mundo fue imaginado como una catástrofe final capaz de dar un sentido último a todo lo vivido. Hoy, sin embargo, el discurso apocalíptico ha cambiado de naturaleza. Ya no se espera el final como revelación o profecía, sino como desgaste. El mundo no se acaba: se vacía de sentido. Se habla del fin del mundo en nuestra época no porque vaticine una destrucción inmediata, sino porque instintivamente percibe el agotamiento del progreso, del crecimiento ilimitado y de la ilusión de controlarlo todo. Como señaló Hannah Arendt, lo que está en crisis no es simplemente la vida humana, sino el mundo entendido como un espacio artificial y relativamente duradero.
Arendt advirtió que uno de los mayores peligros para el mundo humano no es el desastre espectacular, sino la pérdida de atención hacia lo que ocurre. Si se disuelve la atención, se pierde también la capacidad de juicio. Quizá por eso asistimos a una insistente alusión a una posible tercera guerra mundial: una eventualidad que, de producirse, no respondería tanto a una voluntad consciente como a un error de cálculo dentro de sistemas donde ya nadie gobierna plenamente.
El rasgo distintivo de nuestro tiempo es que el desastre se está normalizando. El aumento de la temperatura global, la precarización del trabajo, la degradación del lenguaje público o la erosión de las instituciones no aparecen como escándalo, sino como datos o como un fenómeno administrativo.
Arendt distinguía entre labor, trabajo y acción. Nuestra época parece haber reducido toda temporalidad a la labor: repetición, mantenimiento, supervivencia. Se trabaja para sostener procesos que no conducen a un mundo más estable ni más habitable. El futuro deja de ser espacio para la novedad y se convierte en una simple prolongación de lo ya existente. Se pierde la confianza en la posibilidad de iniciar algo verdaderamente nuevo.
Arendt había señalado también el peligro de una civilización en la que los fines desaparecen y los medios se autonomizan. Aquí el apocalipsis adopta la forma que ella temía más que la maldad: la banalidad. No la destrucción consciente del mundo, sino su abandono progresivo. A mi juicio, este abandono se manifiesta hoy de modo paradigmático en la Naturaleza sometida. El cambio climático introduce un elemento decisivo: la erosión de las condiciones de posibilidad de la vida común. No destruimos el planeta; destruimos el hábitat humano. El discurso ecológico adquiere así una dimensión política profunda: no se trata solo de salvar la Naturaleza, sino de preservar un mundo en el que la acción y la palabra sigan siendo posibles.
El lenguaje del apocalipsis emerge entonces como una forma extrema de decir que el mundo común está desapareciendo, aunque todavía no sepamos cómo reconstruirlo. No estamos, entiendo yo, ante el fin del mundo en el sentido clásico. Lo que se agota no es la Tierra ni la humanidad, sino una determinada forma de mundo: la que creía en el progreso indefinido y automático, y en la neutralidad de la técnica. Pero no es posible progreso sin un final, ni una técnica neutra.
El verdadero peligro, como sugería Arendt, no es la catástrofe total, sino la renuncia a la acción: aceptar un mundo cada vez más empobrecido de sentido, aunque de momento siga funcionando.
Por otra parte, nuestra época también anuncia el fin del mundo, por intuir que algo esencial ha terminado y no hay confianza en la capacidad humana de comenzar un nuevo proceso existencial.
De todos modos, el desafío no es evitar el fin del mundo, sino rehacer el mundo: reconstruir espacios comunes, restaurar el juicio recto y volver a creer que la acción humana puede interrumpir procesos aparentemente inevitables. Mientras eso siga siendo pensable, el fin del mundo seguirá sin llegar.