El PSUV y las pajaritas preñadas

Hace muchos años, en mi pueblo, en la taquilla del cine “La Glaciere”, todas las noches se repetía el mismo espectáculo. A la hora de poner en venta las entradas, una multitud se arremolinaba; se empujaban, atropellaban, originaban enfrentamientos a trompadas al margen de la multitud agolpada, en el intento de entrar entre los primeros. Muchos vivos, que se lanzaban al tumulto previamente se acordaban, “quien llegue primero le compra a los demás”. Esta historia real, de mis vivencias se me vino a la memoria después de votar ayer sábado, en unas elecciones partidistas sin precedentes en la historia nacional, por la cantidad de participantes y el derecho a escoger desde las bases a las direcciones regionales y de la camaradería que privó.

El PSUV, como uno no hubiese querido, se formó, en cierto modo, tal como el MVR. Los “oficiales” de baja y alta graduación, y no me refiero a militares, entraron al nuevo partido, no como Chàvez quiso, en pelo, sin galones, sino todo lo contrario, para decirlo en una frase que engolosinaba a CAP*. Y lo que es más, se llevaron, como dijese una guaracha de Billos, a sus soldados en perfecta formación. Otros, llegaron solos, pudiendo haberlo hecho acompañados, pero creyeron que eso no era saludable, había que dejar fuera los contaminantes.

Quien esto escribe, en esa oportunidad expresó en un artículo su aspiración que en el PSUV el viento corriese libremente. Que las ideas todas le penetrasen para que se confrontasen y produjesen respuestas para abordar con éxito la realidad. Que con la ayuda de la dialéctica, como totalizada y totalizadora, como dijese Sartre, los dirigentes se ocupasen de poner las cosas en su sitio. Pero que se cortasen en lo posible las ataduras con los viejos compromisos, cogollos, individualidades y grupos. De modo que la integración fuese planteada de la manera más libre y cada individualidad se pudiese encontrar de frente y fraternalmente con los revolucionarios que venían como tributarios de diferentes ríos y se mirasen a los ojos profundamente, y a través de la cuenca, se buscasen la vida, para decirlo a lo de Ramón Palomares. Que desde el inicio nos pudiésemos percibir como compañeros de una larga ruta y no como adversarios, envueltos a diario en pequeñas guerras, que no deben existir o factores de una contradicción que artificialmente se pone por delante, pero que en verdad está por allá atrás y en lo inmediato para nada estorba a la historia grande que se debe escribir. Pero la vida es como es y la dialéctica sólo la aborda y la interpreta para que a ella transformemos.

Desde luego, que aquel deseo nuestro más parece, como dijese el poema de Nicolás Guillén, simples pendejadas para conversar o un pensar en pajaritas preñadas. Porque la realidad es terca y nadie es capaz de cambiar de la noche a la mañana. Y las tropas que por una razón u otra, llevan algún tiempo formadas en la fila y en la idea, seguirán en su mayoría el camino y el ritmo que los oficiales marquen. Y si éstos, que jerarquía han alcanzado por diversos motivos, no pueden como Francisco de Asís, despojarse de la vestimenta como símbolo de rompimiento con el pasado, y hasta no deben porque no hay nada de que arrepentirse o avergonzarse, mal puede esperar uno que lo hagan los soldados.

Y es que, en verdad, es inocente o bobo, por no decir idealista porque esta es una manera de justificar nuestra estupidez, ponerse a esperar que el olmo eche peras. ¡Lo dije bien, no como Manuel Rosales, el filósofo del Zulia!

Y como unos cuantos oficiales entraron al PSUV con sus tropas en perfecta formación y con proyectos, lo que debe celebrarse y alguno que otro en blanco, en este caso sin ideas, salvo la de “quien primero entre al bus le guarda puesto a los demás”, las elecciones en los batallones de los dìas 5 y 6 de abril, pudieron reflejar aquella realidad. No es descabellado verlo así, pues esos pensamientos los inducen los papiros de Melquíades y las consultas a los oráculos.

Y también las elecciones anteriores; por lo menos desde que comenzamos por escoger voceros y comisionados. Los compromisos o premios a las lealtades, llegaron a extremos como poner perro cuidar carne, secretario a quien no sabe escribir, tullido en plan de representarnos en la carrera de 100 metros y mudos y sordos para que tocasen y cantasen La Traviata.

Y aquel que no tiene galones de jefe y mucho menos tropa, pero cree en algunas pendejadas y sabe más por viejo que por diablo, cuál es el ojo de agua del coco, se percató, algún día tenia que pasar, tanto va el cántaro al agua, que una sola golondrina no hace verano. Y como aspira de alguna forma hacerlo, porque al planeta el verano o el período seco nuestro, falta hacen para que la vida transcurra, se puso a observar y meditar y se acercó al sitio donde cree puede oír y espera se le escuche.

No quiere galones, sus enjutos hombros y cadera con artrosis, no podrían soportarlos y ademàs enajenarían su libertad que tanto ama. Pero si podrá, por lo menos eso espera, no que le aparten su entrada al cine “La Glaciere”, ni puesto en el bus, pero si hablar con la ligera sospecha que le escuchan. Por eso, decidió pese a lo que antes tantas veces defendió, no estar más solo. La soledad es friolenta y vacía, falta de gravedad, donde todo se queda guindando.

Por lo demás, las solidaridades en función de lo que creemos y de las experiencias compartidas, muchas veces acompañadas de grandes sacrificios, son pertinentes y dignas de respeto.

Y el pulso no le tembló ni hizo muecas moralistas, cuando metió en la urna la tarjeta con los tres candidatos a los que tenia derecho escoger.

pacadomas1@cantv.net


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Eligio Damas

Militante de la izquierda de toda la vida. Nunca ha sido candidato a nada y menos ser llevado a tribunal alguno. Libre para opinar, sin tapaojos ni ataduras. Maestro de escuela de los de abajo.

 damas.eligio@gmail.com

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