A las amenazas físicas reales, tales como la violencia, los desastres naturales o las pandemias, ahora se agrega la represión ideológica e institucional, lo que se traduce en el miedo inculcado por políticos y grupos extremistas, racistas, colonialistas, homofóbicos, misóginos, aporófobos y supremacistas que, aunque carece de argumentos o de bases sólidas, le hace suponer a mucha gente que está a merced de amenazas inmediatas o concretas que solo la mano omnipresente y omnipotente del Estado podrá conjurar exitosamente; sólo que tal Estado se halla en manos de gobernantes (como Donald Trump), cuyas acciones están dirigidas en beneficio de sectores empresariales o minorías privilegiadas y en detrimento de los beneficios de las mayorías. En esto, el auge de la tecnología y de los diferentes medios digitales a los cuales accede en masa una gran porción de la población mundial ha hecho que la percepción que se tiene respecto al crimen, al terrorismo, a las enfermedades y a los cambios sociales que reclama una gran mayoría incremente la desconfianza y la segregación que se mantenían en porcentajes reducidos; y, de una manera simultánea, esto causa que haya una atomización social exponencial que acaba por aislar a las personas unas de otras, lo que las conduce a encerrarse en complejos urbanísticos cerrados, protegiéndose del mundo exterior mediante circuitos de vigilancia y control. Esto se ha visto en una mayor proporción bajo el régimen del neoliberalismo capitalista durante los últimos cuarenta años al profundizarse y ensancharse la brecha tradicional entre ricos y pobres, obteniendo los primeros unas ganancias exorbitantes mientras que los segundos sufren una continua explotación y depauperación, con lo apenas básico para sobrevivir. Esta percepción distorsionada de la realidad hace que muchas personas sólo se centren egoístamente en sus propios intereses, sin tener mucha conciencia de su contribución al dominio de las clases y los estamentos sociales minoritarios.
Una situación que también es constante y que ayuda a la esparsión del miedo son las habituales noticias de sucesos (asesinatos, violaciones, guerras, desastres naturales) transmitidas por los diferentes canales televisivos, radiales, impresos y digitales que, de una manera u otra, tiene una incidencia significativa en la salud mental de quienes acceden a ellas, lo que se manifiesta en un aumento de trastornos de ansiedad, depresión y estrés que pocas veces son tomados en cuenta y atendidos adecuadamente; cuestión que acaba por concretarse al secundar actitudes extremas o irracionales. Todo esto, en conjunto, exige una mayor comprensión, más profunda y matizada, de cuáles son las causas del miedo y cuál es el impacto producido en la sociedad, lo que debería conducir a la necesidad de una transformación cultural total que le dé a las personas la suficiente confianza y la capacidad de asumir el control de sus propias vidas (al igual que de su entorno) sin que lleguen a ser manipuladas por el miedo y por aquellos que lo explotan en su beneficio personal. Al mantenerse bajo su sombra, la sociedad entera corre el riesgo de perder la oportunidad de innovar, de progresar históricamente, de cuestionar los paradigmas vigentes (o impuestos arbitrariamente) y de hallar soluciones reales y efectivas a la diversidad de problemas sociales y políticos que confronta. Para lograrlo es imprescindible que los seres humanos lleguen a cultivar y a desarrollar una personalidad más abierta e inclusiva, con la cual sean capaces de vivir de una manera más constructiva y racional; despojando a las minorías dominantes de la influencia y del poder hasta ahora ejercidos.
En el presente siglo, la tendencia autoritaria mostrada abiertamente por una serie de gobernantes y políticos de derecha ha hecho pensar a muchos estudiosos que se revive el nazi-fascismo que absorbió gran parte de Europa hace casi cien años atrás. Las guerras o amenazas de guerra, el crimen organizado, los conflictos personales y todo género de conducta destructiva y sádica están siendo aupados por esta clase de personajes, aprovechando el espacio y la audiencia que les facilita la democracia, utilizándola para socavar sus pilares y silenciar toda voz crítica y disidente, sin disimulo alguno; lo cual contribuye a elevar la categoría del miedo como instrumento de dominación colectiva o condicionamiento social, perfilándolo más como un terrorismo de Estado. Con ello en perspectiva no es descabellado suponer que nos encontraríamos frente a un régimen de ansiedad constante que haría de las personas seres sometidos a una rutina castradora e invalidadora de todas sus potencialidades creadoras y emancipatorias en función de su papel de meros consumidores que contribuyan a mantener activo y próspero el mercado capitalista en general. De esta manera, si no se combaten a tiempo, el miedo y la censura se convertirán en instrumentos de sumisión colectiva de la derecha ultrareaccionaria, así ésta se revista de discursos y fachadas aparentemente liberales o, contradictoriamente, socialistas.