¿A dónde pueden llevarnos las diferencias?

“Nadie nace odiando a otra persona por el color de su piel, o su origen, o su religión. La gente tiene que aprender a odiar, y si ellos pueden aprender a odiar , también se les puede enseñar a amar, el amor llega más naturalmente al corazón humano que su contrario”

Nelson Mandela. El largo camino hacia la Libertad (1994) 

 

Ya en la antigüedad el filósofo Aristóteles afirmó que el odio es una decisión estable y duradera de aversión o repulsión hacia alguien o algo, basada en un juicio de que ese objeto es intrínsecamente malo o dañino.  Afirmó que quien odia desea la aniquilación del ser odiado.  

Veamos como las tres religiones que más fieles congregan en el mundo han definido el odio, sus implicaciones y claves de su superación. 

Para el cristianismo el odio hacia las personas es una negación radical del amor que es la esencia de Dios. Promueve al amor al prójimo, incluso al enemigo, como mandato principal.

El islam define el odio como un veneno espiritual que daña al individuo y divide a la comunidad. No solo lo prohíbe sino que enfatiza el proceso activo de purificación del corazón a través de la conducta ética, la súplica y la búsqueda constante de la reconciliación y la justicia, por la causa de Alá.

Para el budismo el odio, junto con la codicia y la ignorancia, es una de las tres raíces no saludables o tres venenos que originan todo sufrimiento. El odio está basado en una percepción errónea que genera sufrimiento y perpetua el ciclo del dolor. Su solución supone un entrenamiento sistemático de la mente que desarrolla ecuanimidad, claridad y bondad amorosa incondicional. 

La Organización de las Naciones Unidas (ONU) no expone un concepto especifico de lo que define como odio pero aborda el asunto desde un enfoque orientado a la lucha contra los “discursos de odio” identificables en nuestros días.

Así nos encontramos con que el discurso de odio para la ONU es “cualquier tipo de comunicación ya sea oral o escrita - o también comportamiento - que ataca o utiliza un lenguaje peyorativo o discriminatorio en referencia a una persona o grupo en función de lo que son, en otras palabras, basándose en su religión, etnia, nacionalidad, raza, color, ascendencia, género u otros factores de identidad”

En articulo reciente nos paseamos por lo ocurrido en la Alemania de la década de los 30 y los 40 del siglo pasado, cuando los lideres nazis convencieron a la mayoría de que la culpa de todos sus males la tenían las minorías conformadas por: comunistas, judíos, gitanos, negros y homosexuales y que debían ser exterminados, lo que llevo a la muerte de más de 11 millones de personas, incluyendo niños. Goebbels, propaganda y fascismo en el siglo XXI.

Pero aterricemos en cómo se está viviendo en las sociedades occidentales de nuestros días el asunto tan espinoso referido al odio.

En encuesta a 1500 españoles (la mitad de ellos menores entre 12 y 17 años), realizada entre octubre 2025 y enero 2026, en España, se obtuvieron los siguientes resultados: la mitad de ellos confesó odiar a alguien o a un colectivo, las figuras políticas y los machistas son los más odiados, las redes sociales es el espacio social donde más se aprecia el odio. Los resultados de esta investigación fueron presentados en Zaragoza el pasado 23 de enero por la Fundación Contexto y Acción.

Cabría preguntarse ¿odiamos más en nuestros días o acaso el mundo de las redes sociales ofrece hoy espacios para expresar sentimientos que antes reprimíamos?

El psicólogo clínico estadounidense John Suler en el año 2004 identificó el “efecto de deshinibición digital”, fenómeno que, según este investigador, explica porque las personas actúan de manera más intensa y a menudo más cruel en internet que en la vida real.     

Suler estableció que hay seis factores que contribuyen a transformar el comportamiento humano en los entornos digitales, estos factores son: 

  1. Anonimato disociativo: La posibilidad de separar la identidad online de la real permite actuar sin consecuencias aparentes.

  2. Invisibilidad física: La falta de contacto visual y la ausencia de señales no verbales reduce la conexión empática.

  3. Asincronía: La comunicación sin tiempo real permite que los pensamientos evolucionen hacia posiciones más extremas.

  4. Introyección solipsista: Tendemos a interpretar los mensajes según nuestros propios miedos o esperanzas.

  5. Imaginación disociativa: Creamos un personaje online que puede actuar bajo normas diferentes.

  6. Minimización de la autoridad: Las jerarquías sociales se diluyen en el ciberespacio.

Pero después de dos décadas, de las investigaciones de este profesor emérito de la Universidad Rider (Nueva Jersey, EE UU), al día de hoy nos encontramos con que los algoritmos de las redes sociales no se diseñan para priorizar la convivencia o el debate democrático. Los discursos de odio generan interacción y las plataformas los priorizan porque mantienen a los usuarios conectados más tiempo, que es el propósito de todo algoritmo.

El catedrático James Waller, dedicado a estudiar las raíces del odio en las sociedades modernas, sostiene que el odio que lleva a la violencia masiva no surge de una maldad innata, sino de procesos psicosociales y evolutivos que pueden afectar a personas comunes.

En la Venezuela de los tiempos que corren la “polarización política” vivida en los últimos años ha sido caldo de cultivo favorable al odio y la confrotación entre venezolanos, lo que ha llevado a muchos al extremo de considerar como “enemigos irreconciliables” a quienes tienen posiciones ideológicas opuestas. Las duras experiencias vividas en sociedades divididas y polarizadas, generalmente por razones ideológicas, debe alertarnos a todos sobre la urgencia de anteponer ante los sesgos, prejuicios y el odio hacia los otros, la compresión, la compasión y la empatía como claves esenciales para la convivencia humana.   

 


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Carlos Luna Arvelo


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