A propósito del reciente encuentro de organizaciones de mujeres con la Comisión permanente de diálogo, reconciliación y paz de la Asamblea Nacional

El feminismo venezolano es tan diverso como la sociedad de la que forma parte, una sociedad donde el patriarcado está fuertemente arraigado, operando de manera explícita y oculta para controlar la vida de las mujeres, lo que pueden decir y hacer, lo que pueden reclamar o no.

Es por esto que ser feminista en Venezuela, más que en otros contextos, requiere ser independiente políticamente; si no, estamos ante un tradicional y típico "feminismo" de partidos patronales, no puede dirigir su agenda feminista fuera de las líneas rojas establecidas por los partidos del status, lejos de los derechos de las humanas.

Temas como que el aborto legal, gratuito y seguro sea una realidad, que haya acceso gratuito y obligatorio a una educación sexual laica o que se garanticen los derechos de la comunidad LGBTQ+, suelen ser parte de las líneas rojas que tienen los partidos patronales. Venezuela no es la excepción y tanto los partidos mayoritarios como los gobernantes defienden estas líneas rojas a ultranza, en especial cuando gobiernan con mayoría y controlan las instituciones más poderosas del Estado; es por ello que de este modo las demandas de las mujeres no serán reivindicadas. No es allí donde encontraremos aliados. Muchas décadas de patriarcado en el poder venezolano nos demuestran que la lucha debe continuar en las calles y en las comunidades.

Es fundamental entender que no existen voceras del movimiento feminista en Venezuela y de haberlas, no serían invitadas a la actual Asamblea Nacional (AN) ni a ninguna otra institución del Estado donde se debatiese públicamente sobre los temas mencionados anteriormente, que constituyen deudas históricas con el feminismo. Si hoy la AN se apresura a reformar la Ley Orgánica sobre el derecho de las mujeres a una vida libre de violencia es gracias a las demandas de justicia social expresadas en movilizaciones de calle desde distintos puntos del país exigiendo justicia ante los femicidios de los últimos días. Sin las protestas, el Estado hubiese seguido operando desde su habitual justicia patriarcal, que premia con impunidad a los agresores.

Sin embargo, atender los femicidios modificando una ley no apunta al problema porque el problema es la impunidad, la falta de recursos para combatir la violencia machista, la política y discurso autoritario del gobierno que reproduce la virilidad patriarcal; modificar artículos de la ley es un mero maquillaje que refuerza la política de la apariencia feminista.

Todo activista sabe por experiencia que uno de los peligros del activismo tiene que ver con la tokenización, que no es más que el espacio que brinda el poder junto a él a quienes se le oponen, para pretender que es inclusivo, que escucha las demandas de las supuestas minorías y gobierna junto a ellas. Con ello, el poder busca neutralizar a quienes le exigen los derechos que es menester que el poder garantice, no porque sea un favor sino porque es su deber. Mostrando a representantes de las supuestas minorías (auto-proclamados o designados por el poder) en sus instituciones, pretenden engañar con una falsa inclusión, pero sabemos que un sistema diseñado para excluir y explotar a ciertos sectores jamás incluye. Cada marzo, se repiten las campañas institucionales y los discursos vacíos que no se corresponden con la realidad que sufre la mujer venezolana. Quien aplauda eso, no entendió el juego del poder o peor aún, lo entendió y forma parte del mismo.

Lo cierto es que los medios para practicar abortos seguros existen en Venezuela, pero el poder prefiere castigar a quienes ayudan a abortar y no a quienes causan los embarazos no deseados, incluyendo violadores, además de privar a las mujeres del derecho a decidir qué hacer con sus cuerpos, infantilizando a las mujeres y obligando a niñas a ser madres, poniendo en riesgo sus vidas al obligarlas a practicar abortos clandestinos. Lo cierto es que a los representantes religiosos y a los empresarios el poder los recibió con alegría y antelación, pactando con unos y utilizando a los otros para la foto.

Ese poder deja muy claro continuamente que no otorgará derechos a las mujeres, ni escuchará a las feministas, a todas, pues no hay un movimiento feminista homogéneo ni en Venezuela ni en el mundo, pero sí recibirá los aplausos de aquellas que se acoplen al formato oportunista. Ya lo dijo hace unos días Nicolás Maduro: no es prioridad para el gobierno nacional abordar la petición de legalidad del aborto y los derechos LGBTQ+ y en el proyecto de reforma de la actual Asamblea Nacional, para la Ley Orgánica sobre el derecho de las mujeres a una vida libre de violencia, se ve la coherencia con lo expuesto por Maduro: el aborto no figura en ninguna de sus 52 páginas. ¿Qué valor tiene ir a hablar a puerta cerrada y con prisas ante los mismos miembros del poder que en 3 años y medio de Asamblea Nacional Constituyente ignoraron deliberadamente la propuesta de despenalización del aborto presentada en 2018 por las mismas organizaciones de mujeres que hoy repiten ante ellos lo que ellos ya saben?

Si algún día somos, todas las feministas, invitadas a dialogar con el poder, que sea con reuniones preparadas con antelación, que la convocatoria llame a la diversidad de organizaciones que representan distintos sectores del feminismo, comunitario, popular, estudiantes, políticas, sindicales, así como aquellas que actualmente sirven a la mujer venezolana, reemplazando a un Estado ausente y, sobre todo, que el debate sea público para que podamos transmitir a la sociedad venezolana las políticas necesarias que proponemos para responder a la deplorable situación en la que se encuentran las mujeres y niñas venezolanas en el actual contexto.

La lucha de este 8 de marzo es en las calles, organizando trabajo en redes con organizaciones feministas de manera sorora, respetando las diferencias y entendiendo que el enemigo al que nos enfrentamos es el mismo: el patriarcado en sus múltiples facetas, instituciones y colores políticos patronales.

Este 8 de marzo hay varios eventos de calle convocados por diferentes organizaciones feministas. Todos los eventos representan a un movimiento feminista vibrante que gana auge, en un país donde las élites políticas muestran una supuesta polarización, pese a que ambas defienden modelos de gestión que relegan a la mujer venezolana y a otros sectores de la población a un segundo plano, sin embargo, la diversidad política que existe en Venezuela se manifiesta en miles de protestas por diversos derechos en las calles. Ahí es donde siempre hemos estado las feministas y ahí seguiremos.



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