El peligroso pataleo de la clase media

Los acontecimientos de las últimas semanas reclaman, además de un análisis político y sociológico, uno antropológico y un cuarto psicológico, o tal vez, psiquiátrico. Cada aspecto complementa al otro.

Desde un punto de vista político, es una reedición de la “guarimba”: una especie de insurrección semi-espontánea de las capas sociales medias (pequeña y mediana burguesía), ubicadas espacialmente en algunas de las principales ciudades del país, con el objetivo de cortar el hilo constitucional, cambiar el gobierno y los poderes públicos: en otras palabras: reeditar el decreto Carmona. La agitación ha sido respaldada por una bien orquestada campaña internacional de las grandes empresas de comunicación e información, en la cual participaron artistas de la industria cultural internacional. La convocatoria del ala ultrosa de la oposición (López, Machado, Arria, los grupos de OTPOR y JAVU) parece la versión de derecha del inmediatismo, espontaneísmo y el vanguardismo de la ultraizquierda de los 70 y 80. La consigna central, motora, fue “¡Maduro vete ya!”, réplica del “¡Chávez vete ya!” de 2002, pero sin nómina alta y media de PDVSA, sin militares y sin medios masivos de agitación, como lo fueron el trío RCTV, Globovisión y Venevisión entre 2001 y 2004. Eso, después de dos derrotas electorales consecutivas. Estas crearon la desesperación y la reactividad de una masa ilusionada con una supuesta victoria electoral, terreno propicio para el “incendio”. Ya hay grupos organizados, algunos con entrenamiento extranjero, que anuncian la formación de “fascios di combatimento” antichavistas.

Pero la correlación de fuerzas, de entrada, favorece al gobierno. El chavismo luce unido, con un discurso más coherente, frente a las evidentes dificultades de la oposición de unificar una política, que sólo puede balbucear después de un mes de agitación. Insistiendo en la paz, con el respaldo internacional de gobiernos de UNASUR, Rusia, China y otros aliados, el gobierno luce resistente a los embates de unas “guarimbas” que ya a estas alturas a los únicos a quien dañan es a los propios vecinos de los guarimberos. Pero la procesión va por dentro: la crisis económica, los estertores del derrumbe del capitalismo rentista sobre el cual cabalgó el chavismo, prosigue su curso, y es parte de la gasolina que se le ha echado al conflicto.

Es fácil advertir los rasgos sociales de esta situación. Simplificando al máximo, podemos caracterizar como el extremo de polarización entre los “sifrinos” y los pobres. Norte contra sur en Valencia; este contra oeste en Caracas. Es una segregación social, una especie de “apartheid” clasista, que viene desde los 80, y que ha reforzado los prejuicios racistas y clasistas. Los estudiantes actuaron como lo que son socialmente: aspirantes a profesionales o a empresarios, o sea, clase media; así provengan de otras capas socioeconómicas. Pero es necesario aguzar el análisis justo en este punto, al parecer tan evidente. Esta clase media, con altas expectativas de consumo, siente que ha perdido calidad de vida. Efectivamente, las fallas de gestión del gobierno en lo económico (inflación, desabastecimiento), seguridad (alta criminalidad), salud (desastre de la red pública de salud), han provocado grandes frustraciones en este sector social que, por lo demás, y esto a nivel psico-ideológico, tiene una alta autoevaluación, y se considera como merecedora de marcas variadas y “calidad de vida”. Es un hecho comprobado varias veces por la psicología social que la reacción de las capas que sienten que han perdido algo, no las más empobrecidas, son las más agresivas en sus reacciones.

En los aspectos psicológicos y antropológicos, es bueno señalar lo siguiente. Por una parte, la simbología psicológica, el “complejo guarimba”, ilustra que esos sectores sociales externalizan la basura fétida (la amargura, el odio, la rabia), un impulso de aislamiento del medio, de negación de lo circundante (los otros sectores sociales, la nación que repetidas veces se ha pronunciado por el chavismo); una especie de arquetipo de “fortaleza sitiada” de unos individuos, diferentes y superiores por educación o propiedades, que se imaginan rodeados de enemigos por todas partes. La “Guarimba” también es la trinchera de supuestos “combatientes” que asumen todos los elementos mitológicos y arquetípicos del héroe (supuesta “valentía”, un poder saboreado sobre los vecinos, unas aptitudes físicas y de energía activa), además del “gusto de estar juntos”, similar a una especie de fiesta ritual, donde se queman, con los cauchos, al gobierno, y donde se cuelgan muñecos con franelas rojas. Cabe destacar que se trata de auditorios que desde hace años reciben un “tratamiento” de informaciones indignantes: desde el supuesto dominio cubano, hasta el asesinado de Chávez por parte de los Castro; pasando por la resignificación de problemas económicos reales y el rechazo inducido a aspectos estilo discursivo y simbólicos del chavismo.

Aquí llegamos al aspecto antropológico: la “guarimba” es un inmenso ritual de destrucción del “chivo expiatorio”: el gobierno, el chavismo. Aquí funciona la eficacia simbólica que explicó Levy-Strauss: el paciente del shamán tiene una vivencia intensa de un mito heroico, a través del ritual, que tiene la estructura similar a un victorioso combate donde el Mal es derrotado, y con ello siente que efectivamente, se ha curado de su Mal.

Mientras sigan funcionando estos factores políticos, sociales, psicológicos y antropológicos, seguirán las guarimbas, en esta o en otras versiones. Hay que pensar más cómo apagar esas “candelitas” que designan una profunda patología psico-social.


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Jesús Puerta


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