Del feminismo y otras (r)evoluciones. 8M

Recuerdo hace unos ocho años mi primera sesión de estudios feministas, entre amigas, a las 6:30 pm más o menos, un viernes, en un salón de mi universidad, mucho café por el frío y leyendo "La Dominación Masculina" de Bourdieu. Ese año y gracias a ese día, salí a mi primera manifestación por un 8 de marzo.

La cronología tiene mucho que ver con el título de esta columna, las evoluciones que se convierten en revoluciones cuando cuestionamos cada paso y avanzamos hacia un futuro feminista son el centro de este escrito que, por supuesto, se cuenta desde una posición particular. El 8 de marzo, día internacional de las mujeres trabajadoras, tiene su propia historia y este año, el paro o huelga feminista es el resultado de luchas ideológicas, personales y organizativas de las mujeres y los feminismos en Colombia.

La posibilidad de avanzar en las reivindicaciones, en los objetivos, en la cantidad de manifestantes e incluso en lo que expresamos las organizaciones en nuestros comunicados han venido creciendo y hoy, a pesar de que suene irrelevante, podemos hablar sin miedo de FEMINISMOS. En plural, en mayúscula, siendo miles.

Para el 2011, año en el que se realizaron manifestaciones enormes del movimiento estudiantil colombiano contra la reforma a la Ley 30, el lugar de las mujeres y sus luchas estaban enmarcadas aún en esa ola que para Doris Lamus se llamaba "dilema de la doble militancia" donde las reivindicaciones estaban en pugna por una jerarquía constante con otros movimientos sociales. Por supuesto, eliminar de nuestro imaginario la rosa y el chocolate para "celebrar el día de las personas más importantes del mundo", las mujeres, empezaba a coger mayor fuerza.

Del 2012 al 2014 la paz marcó el rumbo de la coyuntura nacional, iniciaron los diálogos con las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia y la Reforma Rural Integral se discutía paralela a un gran paro nacional agrario. Sin embargo, dos hechos marcaron con más fuerza la vida de las mujeres en el país. En primer lugar, el trágico feminicidio de Rosa Elvira Cely despertó indignación en miles de colombianos y colombianas que no solo se manifestaron en redes, sino que salieron a la calle, pusieron carteles, en las universidades se hablaba del hecho y reconocimos los atroces crímenes que hemos sufrido las mujeres, sí, por el hecho de serlo.

En segundo lugar, la instalación de la subcomisión de género en La Habana, resultado de las disputas de mujeres, organizaciones, feministas, académicas, comunidad LGBTI, etc. Un lugar de confluencia de mujeres, de guerrilleras, de organismos internacionales para hablar de una paz con equidad, de una paz para todas.

En estos años las movilizaciones del 8 de marzo fueron en el centro de la Bogotá y se realizaban varias conmemoraciones en las localidades. Recordamos mucho aquellas consignas contra los Machos, de Ni Una Menos porque vivas nos queremos y, ¿cómo no?, de la paz y nuestro derecho a la ciudad, a vivirla, a caminarla y al disfrute de nuestro cuerpo.

En el 2016, mientras temblamos con los premios Oscar y la nominación de "El abrazo de la Serpiente", el año de Catherine Ibargüen y Mariana Pajón y la dolorosa perdida del plebiscito sobre los acuerdos de paz, sucedió el crimen de una niña de un barrio periférico raptada por el gran arquitecto de la ciudad. El asesinato de Yuliana Samboní.

Este año la beligerancia y la alegría se tomaba nuestras mentes. No, ya no era con carteles que queríamos que ni una mujer más fuera violentada, era tomándonos la calle 100 con autopista, era organizando nuestros colectivos feministas, eran profundizando nuestros lazos entre colectivas, era preguntándonos por esas que no son solo mujeres, que son indígenas, negras, lesbianas, pobres, menores de edad. La interseccionalidad y esas palabras de Audre Lorde, nos describían "cuál habitación propia, nosotras tenemos otra realidad". El carnaval por el centro de la ciudad retumbaba la mañana, teníamos digna rabia.

Ya para el 2017, los avances tenían frutos. La prensa, las redes y mujeres del común hablaban de violencias de género, feminicidios y las luchas, no de género, de la necesidad de luchas feministas. Ese 8 de marzo en Bogotá, la localidad de Kennedy nos recibio, decidimos irnos al barrio a movilizarnos por Claudia Rodriguez, asesinada por su compañero en el centro comercial Santa Fé y a retumbar con tambores por todas las trabajadoras, las maestras, las madres, las víctimas, porque cada mujer en Bogotá nos sintiera con ellas, decirles que no están solas.

Sí, avances y evoluciones, mujeres en las ciudades y en los campos unidas en una sola consigna. Y no de manera jerárquica, la academia se nutre más que nunca de las mujeres en los territorios y de sus vivencias y la mujeres están cada vez más cercanas a esa academia que nos hacían ver privilegiada y lejana.

Una revolución lejana de acabarse, pero avanzando a pasos de gigante. Este año no hablamos de una movilización, hablamos de paros y huelgas feministas en todo el mundo que nos recuerden cuál es el papel de las mujeres en el sistema productivo; hablamos de revindicar sus luchas, los derechos sexuales y reproductivos, el trabajo doméstico que debe ser remunerado. Queremos equidad en todos los escenarios, erradicar el abuso sexual, contra la lesbofobia y la violencia simbólica que nos hace odiar nuestros cuerpos.

Este 8 de marzo párese con nosotras, estaremos en la línea del frente.

Esta columna está dedicada a mis amigas de estudio de aquel día, a las mujeres que durante estos 8 años fueron víctimas del patriarcado asesino y a aquellas que hoy siguen padeciendo el machismo privado y público. A ellas les decimos: avanzamos y lo seguiremos haciendo porque YA NO TENEMOS MIEDO.



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