Pero, ¿qué creíamos que era un mujeriego?

Tengo la tentación de empezar esta columna copiando y pegando la definición de mujeriego de la RAE, pero voy a ahorrármelo. Quiero evitar el recurso fácil y, sobre todo, las ganas de vomitar. Tampoco quiero comenzar dando la enhorabuena a Elena Cabrera y Ana Requena —seguro que acompañadas por muchas más— por haber publicado esta información. Bueno, quizá sí: enhorabuena, compañeras. No porque sea una victoria celebrable, sino porque sacar esto adelante —con lo que implica probarlo periodísticamente— es una auténtica proeza.

Lo que se está publicando estos días sobre Julio Iglesias no es solo un escándalo. Es algo que debería hacer temblar un imaginario profundamente arraigado en la cultura española. Es el derrumbe de ese arquetipo del hombre graciosete que toca sin permiso a distintas mujeres en televisión pero que siempre parece majo; del tipo poderoso que, según la narrativa oficial, apenas rozaba a unas pocas afortunadas que se dejaban tocar. Se me ocurren muchos más nombres —hombres—, pero seguro que a ti también.

Cualquiera podía sospecharlo, sí, pero las sospechas han estado ocupadas en otros menesteres. Durante décadas, las actitudes de tipos como Julio Iglesias han formado parte del decorado: un ruido de fondo que asumimos como natural. ¿Alguien percibe el sonido constante de la máquina de café en una cafetería? Pues eso. Pero ¿de qué creíamos que hablábamos cuando decíamos que era un mujeriego? ¿La violencia sexual era una excentricidad simpática, un rasgo de carácter casi folclórico? Esto no va solo de él —que también—, sino del mito exportado, de la marca global, de una narrativa masculina que compramos sin pedir demasiadas explicaciones. De todo aquello que estuvimos dispuestas a normalizar. Pero, ay, eso se acabó.

Los y las bufonas de su corte bramarán durante un tiempo, pero dejarán de hacerlo, tarde o temprano. ¿Vamos a tener que escuchar muchas sandeces? Sí. Sobre todo, eso de que "no está demostrado". Como recuerda la periodista Zuriñe Rodríguez, investigar agresiones sexuales "no puede hacerse con los métodos de la investigación tradicional", porque "la violencia sexual no deja rastro documental" y el testimonio de las víctimas se convierte en la prueba central. Ahí se agarran, claro.

Estamos poco acostumbradas a escucharnos y a creernos, pero aprenderemos a hacerlo. Cosas más difíciles se han hecho. Hablar, por ejemplo. Nerea Barjola, que siempre dice cosas interesantísimas, recuerda que las mujeres, cuando rompemos el silencio, lo hacemos "en términos de reparación y no de estrategia": "Es una forma de permitirse soltar lo que llevan años callando y que ha tenido impactos tremendos en sus cuerpos y en sus vidas. Por eso el testimonio es un acto político transformador". No quiero insistir en lo valientes que han sido las víctimas al dar el paso —aunque me emociona—, porque lo cierto es que la mayoría calla y el silencio no siempre esconde cobardía. A menudo esconde precariedad, racismo, miedo.

Si el periodismo feminista nos recuerda que la violencia sexual no es una anécdota, sino una estructura, los datos lo confirman sin ambigüedades. El 30,3% de las mujeres ha experimentado al menos un tipo de violencia por parte de su pareja o expareja. No hablamos de excesos individuales ni de malentendidos folclóricos, sino de una cultura que ha normalizado la violencia contra las mujeres.

Lo más incómodo es reconocer hasta qué punto convivimos con todo esto sin que alterara el orden de las cosas. Pero, insisto: ¿Qué creíamos que era un mujeriego? ¿Un señor simpático al que "le gustaban mucho las mujeres"? ¿Un seductor incansable, un pícaro moderno, un donjuán cariñoso con muchísimo dinero? Durante décadas, el adjetivo ha funcionado como un eufemismo amable, una cortina de humo cultural que rebajaba, dulcificaba e incluso celebraba conductas que hoy ya no podemos —ni queremos— mirar del mismo modo. Hemos llamado mujeriegos a abusadores, a hombres con poder que se movían cómodamente en la impunidad y en el silencio impuesto. Nombrarlo de otra manera habría supuesto romper el hechizo, señalar el privilegio masculino y aceptar que muchas risas estaban construidas sobre cuerpos incómodos, asustados o violentados.

Era más fácil seguir consumiendo el mito que desmontarlo. Cuestionarlo implicaba revisar no solo a un hombre concreto, sino a toda una cultura que lo sostuvo, lo aplaudió y lo exportó con orgullo. Habrá quien diga que estamos revisando el pasado con los ojos del presente, como si eso fuera un argumento y no una obviedad. Claro que lo hacemos. ¿Qué otra cosa se supone que debemos hacer? El presente sirve precisamente para mirar atrás y corregir, para identificar aquello que no supimos —o no quisimos— ver. La memoria no es un museo intocable: es una herramienta política. Y hoy, por fin, la usamos sin permiso.

No hay marcha atrás. Ya no podemos fingir que no lo vemos. Esto va de dejar de reírles las gracias. De entender que el mito del mujeriego no era una anécdota simpática, sino una coartada cultural. Desmontarlo no es un exceso, ni una moda, ni una exageración: es, simplemente, justicia narrativa.



Esta nota ha sido leída aproximadamente 208 veces.


La fuente original de este documento es:
Publico.es (https://www.publico.es/opinion/columnas/pero-creiamos-era-mujeriego.html?dicbo=v2-wJUJ4lF)



Noticias Recientes:

Comparte en las redes sociales


Síguenos en Facebook y Twitter




Notas relacionadas

Otros artículos sobre el tema Derechos de la mujer

Pulse aquí para leer ver todas las noticias y artículos sobre Derechos de la mujer


Otros artículos sobre el tema Discriminación

Pulse aquí para leer ver todas las noticias y artículos sobre Discriminación


Otros artículos sobre el tema Ley de Igualdad de Género, uniones homosexuales y aborto

Pulse aquí para leer ver todas las noticias y artículos sobre Ley de Igualdad de Género, uniones homosexuales y aborto