La gran jugada maestra de quienes piensan que no aprendimos nada y menos desde Chávez hasta acá, los chavistas maduristas lo saben y tienen sus días contados, porque sea que se entregó o lo entregaron, no está claro, todavía no se sabe, pero algo flota en el ambiente y se intuye, porque hay un tufillo que deja mal olor, además algo no termina de cuadrar en el régimen. Se requieren reajustes y hay una enésima oportunidad, pero chivo que se devuelve se esnuca, dicho popular. Qué toca por ahora, tratarán de pasar agachados sin mucha alharaca, sin levantar mucho polvo, pero el tsunami está anunciado y hay que tomar previsiones, a buen entendedor, pocas palabras. Qué será de la nueva burguesía parasitaria enquistada en las instituciones del país, muchos reculando y poniendo sus barbas en remojo, basta con fijarse en sus rostros, están descolocados, no saben en quien confiar, quien puede delatarlos, quien será el siguiente; hay mucha preocupación, y no es para menos, pero no se le pueden pedir peras al olmo y por sus pecados los conoceréis. Dejaron que ocurriera lo que se estaba anunciando que ocurriría y no se tomaron las debidas prevenciones, demasiada corrupción de por medio, y la estabilidad de la nación quedó bajo emergencia, un riesgo muy alto que se corrió, y guerra avisada no mata soldados y si los mata es por descuidados.
Ahora nos vienen con otro cuento, con otra narrativa, de que no eran uvas sino lobos, y hambrientos, y vinieron, ahora hay que lidiar con ese otro problema que nos convirtió en presas. Hasta ahora solo evasivas, el típico yo no fui, fue tete. Y de la capacidad o discapacidad ni hablar, frente a la primera potencia bélica del planeta, qué se esperaba apegados a lo real, no a lo ficticio ni a cuentos de camino. Acaso no es histórico y hasta común lo que han venido haciendo hace medio siglo, con ataques de todo tipo y magnitud, intervenciones, invasiones, ataques quirúrgicos, atentados de falsa bandera, falsos positivos y suposiciones de cualquier caso hipotético que les sirva para entrar, bombardear, secuestrar, extraer, y presentar como trofeo a personas sin pasar por home. Eso acaba de ocurrir en la República Bolivariana de Venezuela, en vivo y directo, en el corazón de las FANB, en Fuerte Tiuna, en la madrugada del sábado 3E26, ya se nos olvidó, o se le quiere poner distancia lo más rápido posible, que es como taparle el hematoma, al loco y enfermo mental que tienen sentado en la Casa Blanca, que lastimosamente para su condición humana ni control tiene ya de sus esfínteres, un problema grave, asociado a una condición cardíaca. Hay alguien que asuma sus responsabilidades como lo hizo aquél del ¡Por ahora! No lo creo.
Qué viene ahora, volverán los que se fueron o se irán los que estaban para darle paso a los que esperaron su oportunidad y les toca cobrar. En las instancias dentro y fuera del país las posibilidades las pintan calva, y para que volvamos a la normalidad, pasará mucho tiempo, lo cual no tenemos en demasía, puesto que habrá que establecer nuevas normas de convivencia, y un nuevo pacto social, para instaurar un nuevo sistema, uno más confiable que el que tuvimos hasta ayer, antes de los bombazos y la decapitación del poder ejecutivo, que quedó acéfalo hasta el 5E26, para continuar con el Estado y preservar a la nación, no sin otras dificultades agregadas. Sí se nota y se siente en el ambiente un cierto alivio, nos movieron el piso y estamos volviendo al centro, desde donde debemos optar por vencer o perecer. La paz se logra, no llega sola, y para ello se requiere que haya justicia, libertad, que podamos entre todos y todas, sin más impunidad, sin más corrupción, con cuentas claras y rendición al momento, porque lo relevante es el soberano, la participación y el protagonismo, en democracia, no sometidos a la representación desde las instancias del poder central, coartando la independencia y autonomía interna en las organizaciones de base, dirigidas por el largo brazo del partido y sus políticas públicas incumplidas, mientras la cúpula se beneficia, y el pueblo queda como un apéndice, un cuenco vacío y sin contenido.
Acaso no debíamos suponer que el constituyente originario, no el derivado era al que se debía oír, en atención a lo propuesto desde el mandato de Chávez. Era eso o lo que nos condujo a esta nueva realidad, la cual hay que subsanar con todo el daño patrimonial que implica, y de la soberanía y la independencia con la cual se debe actuar pase lo que pase frente al imperialismo que quiere forzarnos a aceptar sus términos, como si ya pasamos a depender nuevamente como antes, o peor, desde la Embajada, bajo el chantaje de amenazas de nuevas intervenciones armadas en el territorio. Seremos ya no el Vietnam sino la Ucrania de la región. Esto es consecuencia del 28J24, un aldabonazo a los entuertos y desvío del proceso, de la aplicación de las leyes en beneficio de los enchufados, contra el resto de la población que pese a haberse expresado en las urnas, hastiada y desesperada por la traición a los ideales y a las prédicas del Comandante Chávez, que bastante lo advirtió, y lo dejó todo plasmado y sistematizado en el Plan de la Patria, las 3R3 y Cambio de Timón. Pero pasó que no pasó.
Pero vallamos a las teorías de las élites al uso del sacrificio político, de la inmolación simbólica, de las herramientas para la preservación del sistema en la política, fenómeno analizado por los sesudos como mecanismo gatopardiano, cambiar algo para que, en el fondo, nada cambie. Es lo que juzgamos como el movimiento maestro sobre el tablero; la inmolación como escudo, o el culto a la personalidad que ha servido para cohesionar a los movimientos en ausencia del líder, por muerte física, real o simbólica, que son figuras que operan como pararrayos. Hubo desgaste y se debió tomar y asumir una decisión en medio de la crisis que se acumuló en 12 años, y permitir que el resto de la estructura del sistema creado, tuviera vías despejadas para oxigenarse y reacomodarse, sin que el bloque de poder colapsara por completo. Se trata de que el Estado-Nación sobreviva, como Vilfredo Pareto en su Tratado de Sociología General con las élites, o los pocos que gobiernan, son expertas en el relevo y la circulación, que ajustan sus narrativas para mantener a la mayoría, los muchos, en un marco de esperanza o resignación, evitando la ruptura total del tablero. Es el espectáculo del poder donde la política se convierte en el escenario. Y de cómo las cúpulas manejan estas percepciones se pueden consultar análisis de Gustave Le Bon, Psicología de las Masas, donde explica cómo se transmiten tales elaboraciones de pensamientos en cascada para mantener la estructura social.
Se trata entonces de que en periodos de crisis suelen forzarse las fluctuaciones, con aperturas económicas parciales o diálogos políticos inclusivos como ajustes y reacomodos, pero que no buscan la democratización real, sino la rectificación táctica de quienes arriba, sigan mirando al horizonte, mientras las bases siguen sobreviviendo de ilusiones, es decir, de falsas expectativas. Es una dinámica asegura que, tras cada ciclo de caos, hay un reseteo del sistema para conservar su esencia extractiva y de control. Así las cosas, lo que se debe considerar es si dicho reacomodo actual busca en la transición real ir hacia un nuevo modelo, o simplemente una nueva fase de mantenimiento y reparación de daños colaterales, para seguir perpetuándose con los actuales actores en el poder, sin que el beneficio del pueblo se manifieste en concreto, es lo que siente una proporción del cuadro político que hace de la crítica un argumento valedero, que sirve para que la sensación en el teatro político, desde sus estructuras y superestructuras, sirvan para reconfigurar responsablemente el destino colectivo. Sabemos que las élites políticas diseñan y gestionan escenarios en los que pocos se mantienen arriba, mientras las masas reciben promesas y muchas esperanzas. En este juego, también surgen crisis, y entre los privilegiados deben escoger a quién sacrificar como maniobra para preservar al régimen, permitiendo que la maquinaria siga funcionando, aunque no como antes. Pero cuáles serían los mecanismos, los analistas suelen señalar la personificación del poder que concentra legitimidad en figuras carismáticas, las que encarnan el proyecto político, y que su caída o sacrificio se pueden usar para reconfigurar la narrativa sin cambiar estructuras. La ritualización y el espectáculo son otra de las herramientas útiles en los actos públicos, con discursos y símbolos que mantienen la adhesión emocional y la percepción de continuidad. También el reacomodo interno con purgas o cambios en los cargos y concesiones selectivas para neutralizar disidencias y preservar la coalición gobernante. Todo lo cual incluye que haya una distribución asimétrica de los beneficios, que aseguren las lealtades, control de recursos e incentivos que limiten la capacidad de una oposición organizada.
En consecuencia, hay normalización del statu quo social y político, donde se aprende a convivir con las contradicciones, priorizando la supervivencia cotidiana; en tanto que los errores y fracasos, desplazó de responsabilidades, se atribuyen a individuos o circunstancias, no a reformas estructurales, lo que erosiona la base de confianza a largo plazo, por falta de rendición de cuentas y cuentas claras, debilitando las instituciones y la cohesión social. En Venezuela nos hemos caracterizado entre otras cosas por ser bastante resilientes, a la vez que surgen nuevas redes civiles en los espacios de convivencia, en las migraciones y formas alternativas de organizaciones en la búsqueda de sortear la transformación del sistema por algo mejor para todos y todas. En términos generales se deberían fortalecer las instituciones con mayor independencia, como la justicia y los medios y organismos de control con autonomía real. Construir ciudadanía organizada digna de una república, con movimientos sociales y asociaciones que articulen demandas concretas y sostenibles, y sobre todo los mecanismos que hagan visibles decisiones y flujos de recursos con transparencia y que rindan cuentas. Son apenas algunos de los procesos incluyentes de distintos actores, con diálogo plural y reformas graduales, para reducir la polarización y generar consensos mínimos.