Del Programa de Recuperación Económica al cambio de gabinete. Maduro y su serie por episodios

En mi novela "El Crimen más grande del mundo", premio mención narrativa del 2010, Ipas-Me, hay una estampa, vamos a llamarla así, con humildad, para no presumir, en la que aparece el cine La Glaciere, el mismo nombre de aquel delicioso refresco de colita del cual gozó mi generación, que hasta los médicos cumaneses incluían en la dieta de sus pacientes, como si fuese un sancocho de corocoro, cuya fábrica estaba al lado del cine, porque la embotelladora era de los mismos dueños, si mal no recuerdo, el grupo o familia Berrizbeitia. Tan cierta que en mi narrativa, el taquillero del cine, el señor Bartolomé Silveira, "Bartolo", es mencionado y utilizo ese paisaje urbano para que uno de los personajes significativos de mi modesta obra, el viejo Pedro*, el torero y los lectores perciban como solía reaccionar aquel casi siempre pacífico pueblo cuando se sabía engañado. Lo que creaba en Pedro, un cumanés que toreó y recibió la "alternativa" en la plaza de "Las Ventas", de Madrid, tenida como la más alta catedral del toreo, temor de montar una corrida que no gustase a su pueblo. Pedro no es un personaje inventado sino una referencia real que se metió en mi historia.

En aquel cine, como también en el Paramaount y el más nuevo, el Pichincha, se solían exhibir series por episodios. Cada jornada se componía de tres de ellos, que anunciaban los vetustos medios de publicidad, unos cartelones que se colocaban en los puntos más concurridos de la ciudad, como llenos de "puños, tiros y acción". Había olvidado decir, por quienes pudieran leerme con poca frecuencia y hasta por primera vez, que hablo de paisaje e historia cumanesas; es decir de Cumaná, mi ciudad natal.

El público o mejor consumidores de aquella mercancía, quizás por lo ofrecido en los cartelones y hasta salir de su rutina, iban por esas ofertas y ansiosos que de eso hubiese bastante, sobre todo viviendo en una ciudad pacífica donde todo transcurría con tanta tranquilidad y como lentitud, que se sentían ansiosos de algo que alterase aquella rutina y aburrida tranquilidad. Donde todo el mundo hacía la mayor parte del tiempo, salvo las noches de series engañosas, lo que Dios ordenaba ¡Vainas del humano! Nunca quieto y menos satisfecho. ¡Dios le guarde!

Al final, el público podía salir satisfecho de cada episodio, jornada y hasta de la serie misma si había de lo ofrecido en abundancia y si no se rompía o quemaba la cinta. Un accidente de estos, en un momento crucial, por ejemplo cuando "el muchacho", así llamaban al personaje principal de la serie, intentaba rescatar a "la muchacha", de una carreta que marchaba sin control, sin conductor, pues éste generalmente le mataban en el tiroteo que acompañaba la persecución, como el quemarse la cinta, lo que rompía el éxtasis o estado emocional, generaba una reacción de violencia; no satisfacía al público que volviese cuatro o cinco minutos después o más, pues aquel placer interrumpido le ponía en el mismo estado del inicio; se había perdido la emoción. Y si volvía con la cinta recortada, tanto que no se pudo ver lo que pasó al final de aquella emocionante escena, se le consideraba un robo, un delito y se les llamaba a los dueños del cine, a los encargados de la promoción, a Bartolo y hasta a quien pintaba aquellos cartelones, ladrones. No valía tampoco repetir la escena porque ya eso a nadie emocionaba. ¡Ladrones! Tampoco el público estaba ganado para pasar por alto el momento del rescate y conformarse con ver más adelante a la "muchacha" en brazos del muchacho". ¡Ladrones! Se escuchaba dentro de aquel local. Y se lanzaban los frustrados y engañados espectadores a destrozar todo cuanto hallasen a su alcance. Y el cine se cerraba por días mientras se hacían las reparaciones. Poco tiempo después, aparecían en los mismos puntos de la ciudad los cartelones con sus habituales anuncios y la gente que se había privado por su reacción explosiva por días el disfrute de las series, sus episodios, cortes, interrupciones, robos y hasta sus habituales explosiones, volvía con la misma fe y entusiasmo de antes a hacer su cola y pelear en ella hasta a brazo partido para llegar al sitio de la taquilla donde Bartolo vendía las entradas.

En todo esto que ocurría en mi infancia me apoyé, antes entrase a aquel liceo que me marcó para siempre, el Antonio José de Sucre, donde leí novelas, poesía, textos de historia y hasta aprendí el nombre de cada músculo, inserción de los mismos, huesos que al cuerpo humano dan soporte y llegué a la universidad como ahora no se sale y tuve, por esa mi formación cumanesa, amigos maravillosos de los cuales aprendí a intentar ver la vida como es y no a inventarme una.

Estas reflexiones me vienen esta tarde calurosa de Barcelona, mientras espero que Maduro anuncie su nuevo gabinete, más que todo para saber si de verdad se atreverá a meter a allí, lo que es también rodearse con gente nueva, de esa que no vaya hasta él en actitud adulante a cambio recompensas, sino dispuesta a discrepar y hacer que el presidente sienta que no gobierna sólo, que no es ese su gobierno, sino de todos, de quienes cerca están de él y en verdadera representación del publico que mira desde lejos y no se siente invitado. Gente que pueda impulsar un cambio que satisfaga al público del cine. Quienes en el gabinete han estado, pese el discurso diga lo contrario, no han querido que el público pague entradas, para tener el control del cine y la responsabilidad del mismo, pues es la esa la manera de hacer que aquél se sienta extraño, sin emociones y derecho para salir a romper los bancos, pantalla y, hasta los aparatos de proyección, si la película no gusta o las ofertas, las que espera con derecho, no satisfacen sus expectativas.

Como no las satisfizo las ofertas de "Sacudón, Revolcón, Precios Acordados" y mucho menos la pomposa del "Programa de Recuperación y Bienestar Económico". El presidente todo eso lo olvidó, como si la cinta de pronto se hubiese roto y quemado varios metros y al volver, no supimos como el "muchacho" salvó a la "muchacha". Pero en este caso, nos quedamos quietos, no rompimos bancos porque hay como un mecanismo que contiene la furia. Y volvimos a empezar agitados, pero la película en el ritmo propio de un nuevo comienzo, con lo que todo aquello se disuelve o diluye. Una semana atrás y quizás un poco más, el presidente ofreció para un viernes anunciar nuevas medidas de su último plan, el "Económico". Vino el apagón, tras de él lo que llaman "victoria eléctrica" y entonces creyó que nuestra hambre de todo se satisface con cable y dejó de lado esos anuncios. Otra vez, el "muchacho" salvó a la "muchacha", pero no supimos cómo, menos los detalles, esos que suben y bajan la tensión en un episodio y serie buena.

Ahora esperamos con ansia el cambio de gabinete, en una espera muy larga, pues no es así como suelen proceder los gobernantes que eso se proponen a anunciar. Y por eso meditamos e imaginamos todas las curvas que el lanzador puede mandarnos para el plato y a lo mejor, en ese estado de tensión que hasta genera angustia y tensa músculos y ánimo, viene con una bombita al plato y nos vamos con ella y quedamos en la luna.

¿Volveremos a caer por inocentes? ¿No es valedero esperar, como ya es habitual, nos dejen con los crespos hechos?

¿Seguiremos en lo mismo?



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Eligio Damas

Militante de la izquierda de toda la vida. Nunca ha sido candidato a nada y menos ser llevado a tribunal alguno. Libre para opinar, sin tapaojos ni ataduras. Maestro de escuela de los de abajo.

 damas.eligio@gmail.com

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