El Foro Económico Mundial (World Economic Forum) de Davos realizado hacia finales de enero de cada año, se fundó en 1971 por el economista suizo Klaus M. Schwab. Funge como un ritual del poder global saturado de simbolismos y de encuentros ideológicos homogéneos que apuntalan las reglas del juego de la economía mundial, la política internacional y de la geoestrategia planetaria. Las decisiones se construyen a partir de esos rituales y discursos regidos por una ideología globalista, ultra-liberal y financierista. Jefes de Estado o de gobierno, ejecutivos y líderes empresariales, multimillonarios, banqueros, agentes financieros, funcionarios de organismos internacionales, líderes de opinión, académicos, se reúnen cada año en un clima alpino y distante para reafirmar los intereses creados del capitalismo contemporáneo y sus crisis reincidentes. Davos es el símbolo de las constelaciones hegemónicas y de un capitalismo depredador, cuya vocación es la catástrofe social y la creciente exclusión.
Bajo el lema de que “las crisis abren oportunidades” y que “las crisis son un asunto tecnocrático de gestión”, Davos traza los contornos y los interiores que pretenden brindar legitimidad a un capitalismo excluyente. Desde sus aposentos del poder se construyen significaciones en torno a los problemas públicos y en torno a lo que es prioritario o lo que no lo es en la agenda pública global. Se abordaron en el Foro temas como la pobreza, la desigualdad, el deterioro ambiental, la gobernanza, las pandemias, pero ello se alude sin tocar el mínimo engranaje del patrón de acumulación privatizador, rentista y extractivo. El intercambio en torno a esas significaciones es circular porque fuera de las élites globales allí congregadas, quienes piensan diferente o no tienen poder, son marginados. El pensamiento que de allí emana se pretende único e incuestionable; al tiempo que naturaliza los acuciantes problemas mundiales. Es Davos el epicentro de los sumos pontífices que marcan la pauta en torno a los problemas económicos mundiales.
Davos es un ritual de gobernanza, sin que los interlocutores cuenten con el poder político. En ese sentido, es un escenario informal para diseñar la gobernabilidad del capitalismo y decidir los idearios hegemónicos para el mediano plazo. Em Davos existen códigos de comunicación e ideológicos compartidos; de ahí que exista entre sus asistentes un alineamiento respecto al poder global. Se estandarizan o armonizan el lenguaje y las significaciones, pese a las diferencias y disputas al interior de las élites. Estas élites globales se coordinan para definir ese lenguaje en torno a los problemas económicos mundiales, se administran las crisis –pese a su desastre– y se disciplinan las mentes y las conciencias a través de los llamados líderes de opinión. Durante cinco décadas y media fungió como un teatro de legitimación simbólica del cambio global. Pero Davos ya no cuenta con la confianza ni de los líderes ni de los ciudadanos enterados; de allí su lema del 2026 “El espíritu de diálogo”. Más que adelantar el futuro del mundo, lo que se hace en Davos es diagnosticar y gestionar los riesgos e incertidumbres que enfrenta el modelo económico globalista dirigido por la tecnocracia financiera y los corifeos de la ideología woke.
Durante las últimas tres décadas y media, Davos fue el símbolo del aperturismo comercial, la desregulación financiera y del fundamentalismo de mercado. De un orden económico global que hoy día se desvanece ante el cambio de ciclo histórico, el agotamiento del orden geopolítico atlántico y el desmoronamiento de la civilización occidental. De pronto, en la edición 2026, Davos dejó de ser un foro sujeto al consenso, para convertirse en un escenario de disputa entre las elites plutocráticas y en una fractura viva de la alianza transatlántica. Donald Trump copó el escenario y la coreografía de Davos desde antes de su llegada, y puso en evidencia el derrumbe y las contracciones de este Foro Económico Mundial.
Howard Lutnick, Secretario de Comercio de los Estados Unidos, el pasado 20 de enero, finiquitó con sus declaraciones el proyecto globalista vigente desde la década de los ochenta. En sus discursos en Davos comenzó por denostar el Green New Deal y abogó por el carbón y los hidrocarburos; al tiempo que cuestionó el fracaso de la globalización económica, estabelció la distancia tomada por los Estados Unidos respecto a ese modelo económico. Señaló que esa globalización le falló a Occidente y a los Estados Unidos; insistió en que se tarta de una política fallida que rezagó a los Estados Unidos y a sus trabajadores porque con la deslocalización productiva se generaron puestos de trabajo y cadenas de suministro en otros países. Entonces el gobierno de Trump finiquita esa etapa y pretende materializar el lema del “American First”, sin importar la ruptura de equilibrios comerciales aprovechados ventajosamente por aliados de los Estados Unidos.
El mismo Secretario de Comercio sentenció que el World Economic Forum (WEF) defendió la exportación de empleos, la deslocalización productiva y la búsqueda de mano de obra barata, pensando que el mundo sería mejor con ello. El Foro fue aprovechado por éste y otros funcionarios estadounidenses para señalar las limitaciones de Europa y su entreguismo a la Agenda 2030.
Por su parte, en su discurso en Davos del 23 de enero, Donald Trump (https://shre.ink/5m5U) señaló que Europa abraza desde tiempo atrás la “Nueva Estafa Verde”, entendida por él como la mayor estafa de la historia (“los molinos de viento perdedores”). A su vez, criticó la política de migración masiva descontrolada adoptada por Europa. De igual manera, Trump señaló que el gasto público excesivo y las importaciones irrestrictas son medidas insensatas para Occidente.
La revuelta protagonizada por las élites plutocráticas en los Estados Unidos fue trasladada a Davos. El WEF como alfil de la élites ultra-liberales/globalistas/financieristas/woke y el trumpismo como condensador de los intereses neo-aislacionistas/soberanistas/petroleros/industrialistas. El primero con un proyecto desdibujado que hoy día tiene como punta de lanza a Canadá y a una Europa decadente, con una estructura económica rezagada y con élites políticas desfondadas y sin estatura intelectual.
Davos transitó de las ruinas del discurso del cambio climático y su defensa de Ucrania a posicionarse contra el trumpismo y la defensa a ultranza de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN). Ello sin reconocer esas élites de Davos el agotamiento del orden atlántico y la pérdida de confianza y legitimidad de las instituciones emanadas de él. La fantasiosa incursión del Premier canadiense, Mark Carney, es la muestra de esa decadencia e impotencia atlántica.
Davos no es más que una representación ritual de un orden geopolítico y geoeconómico que se desvanece y que abre paso a un nuevo ciclo histórico que será sin Europa como definidora y promotora de las reglas del juego. La disputa entre el Estados Unidos trumpista y la Europa de la censura woke y ambientalista no solo es geoestratégico, es sobre todo cosmogónico. Se trata de modelos de capitalismo incompatibles y de ejercicios de la soberanía con raíces también diferenciadas. La disputa es en torno al proyecto civilizatorio que hegemonizará el resto del siglo XXI.
Cabe anotar que Europa se enfrenta a la encrucijada del desmoronamiento de la OTAN y a la dependencia securitaria respecto a los Estados Unidos; al tiempo que atiza la confrontación respecto a Rusia como parte de su sobrevivencia, incluso a costa de profundizarse la dependencia energética del viejo continente.
En suma, Davos fue evidenciado en sus fragilidades. Incluso los temas recurrentes como el comercio internacional, las finanzas globales, el cambio tecnológico y el crecimiento, fueron subsumidos por el cisma provocado desde el gobierno de Trump en sus declaraciones. A su vez, Davos fue desnudado en su afán por defender la concentración de la riqueza global y por apelar a la drástica reducción de impuestos al capital.
Es de destacar que el epitafio de Davos lo coloca el mismo Presidente Interino del WEF –Schwab renunció sopresivamente– Larry Fink –Presidente del gigabanco o fondo de inversiones BlackRock– al considerar la mudanza del Foro a Detroit o a Dublín. Con Davos se aceleró también el desmorianmeinto de larga data de la Organización de las Naciones Unidas, las instituciones de Bretton Woods y de la ideología globalista que les caracterizó. Más en un escenario de retiro unilateral de la administración Trump respecto a al financiamiento de esos organismos internacionales.
Mpas todavía: Davos dejó de condensar las reglas de la geopolítica y la geoeconomía, para convertirse en la resaca de la economía global. Perdido el control y el rumbo sobre ésta, las élites de Davos enfrentan el naufragio sin visos de reconfigurarse, sino de navegar a la deriva en un mundo que traslada el poder global a la cuenca del Pacifico y al Mar del Sur de China.
El advenimiento de un mundo sin la guía de Davos es el peor de los escenarios posibles para sus élites globalistas. Es la pérdida de un poder simbólico/semántico y epistémico De ahí que probablemente terminen por replegarse al capitalismo imperial reactivado por las élites trumpistas, ante el avance de las alianzas estratégicas entre China y Rusia. La disputa epistémica está abierta y desde el pensamiento crítico es posible entretejer un amplio abanico de posibilidades de cara al cambio de ciclo histórico para subvertir las significaciones y la lógica conceptual emanadas de Davos y de su pensamiento hegemónico. El trasfondo de estos cambios no es Donald Trump, sino el colapso de la civilización occidental y la crisis de sentido de sus sociedades carentes de proyectos alternativos (veáse https://shre.ink/5mL4).