La Erosión del Pacto Social (Reflexiones Éticas sobre la Crisis Venezolana)

La situación venezolana contemporánea ofrece un caso de estudio sobrecogedor sobre cómo las sociedades pueden experimentar no solo crisis políticas o económicas, sino algo más profundo y preocupante: el colapso de sus fundamentos morales. Cuando observamos la traición sistemática de quienes juraron defender instituciones y principios, no estamos ante meros actos de deslealtad política, sino ante la ruptura del tejido ético que hace posible la convivencia civilizada. Esta reflexión nos obliga a preguntarnos: ¿qué sucede cuando los pilares de honestidad y lealtad que sostienen una nación se desmoronan?

El juramento que realiza un funcionario público, particularmente aquellos en posiciones de defensa nacional o justicia, no es una formalidad ceremonial. Es un acto que vincula moralmente al individuo con algo más grande que sus intereses personales: el bien común, la dignidad de los ciudadanos, la continuidad institucional del país. Cuando ese juramento se convierte en palabras huecas, pronunciadas con los dedos cruzados mientras se calcula cuándo y cómo traicionarlo, presenciamos algo más que hipocresía individual. Observamos la manifestación de una enfermedad social donde el cinismo ha reemplazado al compromiso, donde el oportunismo ha desplazado al deber.

Pero hay una traición que supera todas las demás en su profundidad y consecuencias: la traición a Nicolás Maduro por parte de quienes juraron proteger y defender la soberanía nacional. Aquí presenciamos el colapso moral en su forma más descarnada, militares, funcionarios de inteligencia, y estructuras de poder que durante años se beneficiaron del sistema, que construyeron sus carreras y fortunas bajo la protección del gobierno bolivariano, que recibieron ascensos, privilegios y prebendas, han terminado entregándolo en bandeja de plata al imperialismo estadounidense. Esta no es simplemente una transición política; es una capitulación moral que revela hasta qué punto la corrupción ética había penetrado incluso en los círculos más cercanos al poder. ¿Cómo explicar que aquellos que durante décadas se llenaron la boca hablando de anti-imperialismo, soberanía y lealtad revolucionaria, terminen siendo los arquitectos de la entrega más humillante? La respuesta es tan simple como devastadora: nunca creyeron en nada de eso. Sus discursos eran máscaras que ocultaban un oportunismo puro, y cuando el viento político cambió de dirección, simplemente giraron sus velas. Lo que presenciamos no es el fin de un proyecto político sino la revelación de que gran parte de quienes lo defendían públicamente ya lo habían traicionado en privado hace mucho tiempo. La pregunta que queda resonando es: ¿qué valor tienen los juramentos de lealtad cuando quienes los pronuncian están constantemente calculando el momento óptimo para romperlos?

Lo particularmente devastador es que estas traiciones no ocurren en un vacío moral. Son el resultado de sistemas que, gradualmente, han invertido los incentivos naturales de cualquier sociedad funcional. Cuando la honestidad se castiga y la complicidad se premia, cuando la lealtad a principios constitucionales puede costar la carrera o incluso la libertad, mientras que la traición a esos mismos principios garantiza prosperidad y protección, hemos entrado en un territorio ético peligrosísimo. El problema no es solo que individuos malos tomen malas decisiones; es que el sistema mismo ha sido diseñado para producir traición.

Esta inversión moral tiene consecuencias que trascienden lo inmediato. Genera lo que podríamos llamar una "desconfianza estructural": un estado social donde cada ciudadano debe constantemente preguntarse en quién puede confiar realmente. El vecino que es policía, ¿defenderá la ley o los intereses del régimen? El juez que debe impartir justicia, ¿seguirá su conciencia o las órdenes que recibe? El militar que custodia una instalación, ¿protege a la nación o a quienes la oprimen? Esta incertidumbre perpetua es agotadora y corrosiva. Convierte cada interacción social en un ejercicio de cálculo estratégico en lugar de un encuentro humano basado en la buena fe.

Pero quizás el daño más profundo y duradero es el pedagógico. Las sociedades transmiten valores no solo a través de lo que dicen, sino fundamentalmente a través de lo que premian y castigan. Cuando una generación entera crece viendo que quienes prosperan son precisamente aquellos que traicionaron sus principios, que quienes permanecen en la miseria son los que mantuvieron su integridad, ¿qué lección moral pueden extraer? La respuesta es dolorosa: aprenden que la ética es un lujo para los ingenuos, que los principios son obstáculos para el éxito, que la lealtad es una debilidad explotable.

Este cinismo aprendido tiene efectos transgeneracionales. No se trata solo de que los jóvenes adopten conductas deshonestas; es que pierden la capacidad misma de concebir alternativas. Cuando la traición se normaliza completamente, cuando ya no escandaliza ni sorprende, hemos alcanzado un punto de anestesia moral donde lo excepcional se ha vuelto ordinario. La indignación se agota, el asombro ante la deshonestidad desaparece, y con él, la energía necesaria para exigir algo mejor.

Las fallas estructurales en la sociedad venezolana no surgieron de la noche a la mañana. Son el resultado de décadas de erosión gradual, donde cada pequeña transgresión no castigada preparó el terreno para transgresiones mayores. Primero fueron las "pequeñas corrupciones", luego las componendas institucionales, después las persecuciones selectivas, hasta llegar al punto donde jurar defender algo y luego traicionarlo no solo es posible sino esperado. Esta progresión nos enseña algo crucial: las grandes catástrofes morales casi siempre comienzan con compromisos éticos que parecían menores en su momento.

En medio de este colapso moral interno, las recientes declaraciones del presidente estadounidense Donald Trump añaden una capa adicional de humillación a la crisis venezolana. Trump anunció que Venezuela entregará entre 30 y 50 millones de barriles de petróleo a Estados Unidos, que se venderán a precio de mercado, pero cuyo dinero será controlado directamente por él como presidente estadounidense, supuestamente para garantizar que se utilice en beneficio del pueblo venezolano y de Estados Unidos. La cifra podría generar entre 1,650 y 2,750 millones de dólares según los precios actuales del petróleo venezolano.

Esta declaración merece una reflexión ética profunda. Lo que Trump propone no es una venta comercial ordinaria entre naciones soberanas, sino una transacción donde una potencia extranjera se arroga el derecho de administrar los recursos de otro país. El mandatario estadounidense ordenó al secretario de Energía, Chris Wright, ejecutar este plan de inmediato, con el petróleo siendo transportado en buques de almacenamiento directamente a puertos estadounidenses. La pregunta moral es devastadora: ¿en qué momento la soberanía de una nación sobre sus recursos naturales se convirtió en algo negociable por decreto de una potencia extranjera?

Como venezolano, instó al gobierno interino a que aclare de manera transparente y urgente si estas declaraciones reflejan algún tipo de acuerdo real. La ciudadanía venezolana tiene el derecho inalienable de conocer qué está sucediendo con el patrimonio nacional, quién lo está negociando, bajo qué autoridad moral y legal, y con qué garantías de que no será simplemente otro saqueo disfrazado de ayuda humanitaria.

La ironía es amarga: mientras reflexionamos sobre las traiciones internas que han desangrado a Venezuela, nos encontramos ante la posibilidad de una traición aún mayor,la entrega de nuestra principal riqueza a intereses foráneos bajo la promesa paternalista de que "alguien más" administrará mejor nuestro dinero que nosotros mismos. Esta dinámica reproduce exactamente los patrones coloniales que América Latina ha combatido durante siglos: la infantilización de naciones enteras, tratadas como incapaces de gestionar sus propios destinos.

La pregunta que emerge naturalmente es: ¿cómo se reconstruye una sociedad desde estas ruinas morales? La historia ofrece algunos indicios. Sociedades que han atravesado colapsos éticos similares,desde la Alemania posnazi hasta la Sudáfrica post-apartheid,han descubierto que la reconstrucción moral requiere algo más que cambios institucionales. Requiere procesos de verdad, de reconocimiento del daño causado, de justicia restaurativa que permita tanto el castigo de lo imperdonable como la reintegración de quienes pueden redimirse. Requiere, sobre todo, el ejemplo consistente de nuevas generaciones de líderes que demuestran que la integridad no es solo posible sino ventajosa.

Pero este proceso es largo y doloroso. Implica que quienes mantuvieron su decencia en circunstancias imposibles encuentren formas de no convertirse en cínicos resentidos. Implica que las víctimas de traiciones encuentren caminos hacia alguna forma de paz sin olvidar la justicia. Implica crear instituciones suficientemente robustas como para que la tentación de traicionar sea menor que el orgullo de servir honestamente. Y, crucialmente, implica defender la soberanía nacional como principio innegociable, porque una nación que no controla sus propios recursos nunca podrá reconstruir su dignidad moral.

La reflexión sobre Venezuela, entonces, nos habla no solo de ese país sino de la fragilidad de cualquier orden moral. Nos recuerda que la ética social no es un estado natural que se mantiene solo, sino un logro frágil que requiere vigilancia constante, que se construye en cada decisión individual de mantener la palabra dada incluso cuando traicionarla sería más conveniente. La tristeza que expresas es profundamente justificada, pero no debe conducir al fatalismo. Reconocer la magnitud del daño,tanto el interno como el externo,es el primer paso necesario para imaginar la reconstrucción. Y en ese proceso de imaginar y construir alternativas, en la negativa a aceptar ni la traición interna ni el despojo externo como inevitables, reside la única esperanza real de restauración moral y nacional.

NO HAY NADA MÁS EXCLUYENTE QUE SER POBRE.



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Ricardo Abud

Estudios de Pre, Post-Grado. URSS. Ing. Agrónomo, Universidad Patricio Lumumba, Moscú. Estudios en Union County College, NJ, USA.

 chamosaurio@gmail.com

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