La batalla contra la colonia petrolera de Trump

Con el secuestro de Maduro, Trump incorporó a dos novedades a la brutalidad imperial. Explicitó su propósito de robar el petróleo y su pretensión de instaurar un dominio colonial.

Su disparatado argumento para hurtar el petróleo, es la pertenencia de ese recurso a Estados Unidos por alguna inversión realizada en el pasado. Con ese criterio, Texas, California y Arizona deberían ser inmediatamente devueltas a México, pero el magnate es un matón que no razona. Proclama una apropiación que comenzó con sanciones, bloqueos y la confiscación de la filial externa Citgo.

Propicia ahora el despojo total, para impedir la creciente exportación de crudo a China. Exige la disolución de la empresa estatal PDVSA y su inmediato reparto entre las grandes compañías estadounidenses. Motoriza esa captura con urgencia, porque en Venezuela se localizan las mayores reservas del mundo. El expropiador diseña también una base militar para custodiar su ansiada colonia petrolera.

FALACIAS, PRETEXTOS Y BRAVUCONADAS

El ocupante de la Casa Blanca anunció que gobernará directamente en Caracas, con un modelo semejante al diagramado para Gaza. Pretende asumir la dirección personal de ambos protectorados con el simple fundamento de la coerción. Anticipó esa dominación con actos de piratería, presencia de una gran armada y operaciones confesas de la CIA.

Ya comienza a conocerse que su rapto de Maduro, no fue el operativo quirúrgico que relataron los difusores hollywoodenses. Entre los defensores del presidente hubo por lo menos 80 caídos y entre ellos 32 militares cubanos. Tarde o temprano se sabrá cuántas bajas tuvo el bando de los asaltantes.

El pretexto del narcotráfico apenas reaparece, desde que Trump indultó por ese delito a un condenado ex presidente de Honduras. Suele coordinar, además, todo tipo de acciones con sus narco-aliados de Colombia y Ecuador, sabiendo que Venezuela no figura como productora, vía de tránsito o partícipe de la provisión de drogas. Nadie aportó indicios de conexiones del gobierno chavista con el extinto Tren de Aragua y tuvieron que desechar la acusación de vínculos con el mítico cártel de Los Soles.

Esa carencia de pruebas transforma el juicio a Maduro en Nueva York en un disparate procesal. La demonización mediática ha sido complementada con la presentación del presidente venezolano como un delincuente común. Pero el debut de esa infamia, ya chocó con un sobrio mandatario que se declaró "prisionero de guerra".

En otra secuencia de sus inconexas bravuconadas, Trump acusó a Maduro de vaciar las prisiones de su país, para enviar asaltantes a Estados Unidos. Utiliza ese dislate para justificar la cacería interna de inmigrantes, afectando en gran medida a la propia comunidad de indocumentados venezolanos.

En una trágica paradoja del escenario actual, quiénes más festejan la agresión yanqui son víctimas directas del imperio. En varias ciudades de América Latina, también celebraron el secuestro de Maduro, sin notar que el fin del chavismo acentuaría la presión para quitarles su condición de residentes.

La prensa hegemónica antepone el adjetivo "dictador" a cualquier mención de Maduro, olvidando que su captor es un impune golpista, que comandó el frustrado asalto a la Casa Blanca. Trump acaba de consumar, además, el fraude presidencial de su servidor en Honduras e instauró el chantaje electoral, para forzar el triunfo en las urnas de su lacayo Milei. La doble vara con Maduro es particularmente escandalosa, cuándo se presenta al corrupto genocida de Netanyahu como un "demócrata" y al criminal monarca saudita Bin Salman, como un "príncipe heredero".

HIPOCRESIAS, AMENAZAS Y DECLIVE

Las hipocresías para diabolizar a Maduro y enaltecer a los verdaderos tiranos pierden gravitación, en este período de burda preeminencia del más fuerte. En una era de garrote y Corolario Trump de la Doctrina Monroe, cualquier argumento pasa a segundo plano. El magnate ha reemplazado los artilugios institucionales del Lawfare por el expeditivo uso del terrorismo.

Salta a la vista que el secuestro de un mandatario es un acto de ese tipo, amoldado al método israelí de capturar o asesinar adversarios políticos, en cualquier parte del mundo. Con el asalto en Caracas, Trump destruyó lo poco que quedaba del derecho internacional basado en reglas. Sin declarar la guerra a Venezuela, secuestró a su presidente.

Con ese acto de arrogancia, el criminal de la Casa Blanca busca recuperar fuerza interna. Espera irrumpir victorioso ante el Congreso, luego de convalidar la presión belicista de Marco Rubio, en un escenario adverso. Está muy afectado por las denuncias de tráfico de influencias en el caso Epstein, sufrió severas derrotas electorales en varios distritos, afrontó manifestaciones masivas contra su figura ("No Kings") y se arriesgaba al veto legislativo de su propio partido ante el ataque contra Venezuela. Por eso, a diferencia de Bush I con Panamá y Bush II con Irak, soslayó esa instancia.

Esa omisión ilustra la desesperación de Trump por mostrar algún éxito de su política exterior, al cabo de un año de continuos traspiés. Disimuló esa adversidad con su habitual fanfarronería ("nos ahorramos 50 millones de dólares de recompensa"), buscando contraponer su perfil pendenciero con la impotencia de Biden.

Esa exhibición guerrera es un mensaje al exterior, para recrear la leyenda de un poder invencible. Trump intenta revertir las humillaciones de los últimos años, que reaparecieron en la conmemoración del 50 aniversario de la derrota yanqui en Vietnam. Allí se rememoró el bochorno de Irak y la deshorna de Afganistán. El magnate espera asustar ahora al resto del mundo, para conseguir con tiros, lo que no obtiene con aranceles, proteccionismo y amenazas económicas.

Si sigue envalentonado ampliará sus ataques a Venezuela. Como una invasión en regla es desaconsejada por sus asesores (debido al alto número de efectivos y bajas), podría capturar alguna zona petrolera para balcanizar el país. Ya anunció que tiene en la mira a Colombia y México y exige a Dinamarca la rápida entrega de Groenlandia.

Trump intenta emular a sus antecesores de principio del siglo XX, que invadían Centroamérica, tomaban islas del Caribe y bombardeaban las costas de Venezuela. Pero

pronto notará que Estados Unidos ya no es lo que era y que, en su declive carece del soporte económico requerido, para consumar aventuras militares exitosas.

REPROBACIÓN, ADVERSIDADES Y FRACASOS

En los hechos, la erosión de Trump aumenta al mismo ritmo que sus amenazas. Se presentó como el hombre fuerte, que lograría rehuir las guerras con la sola exhibición de su figura y ante el fracaso de esa pose, recurre a la fuerza. No logró amedrentar a Rusia y a China y se pelea sin ningún beneficio con India. El secuestro de Maduro deslegitima cualquier iniciativa suya y habilita eventuales acciones del mismo tipo por parte de sus rivales.

Su operativo en Caracas ya generó rechazos en la ONU y un mayor distanciamiento con Europa. Ni siquiera logró el aval de la ultraderecha trumpista del Viejo Continente. Con excepción de sus irrelevantes lacayos de Sudamérica, el grueso del mundo condenó su agresión.

Rusia y China fueron contundentes en esa reprobación y exigieron la restitución de Maduro en su cargo. Muchos analistas interpretan en forma equivocada, que predomina una complicidad de esas potencias con su par estadounidense, a través de un reparto tripartito del planeta. Pero omiten que el Pentágono erosionó cualquier posibilidad de esa convivencia, mediante la agresión de la OTAN en Ucrania y el cerco naval de China.

El ataque a Venezuela no es un gesto de repliegue al propio vecindario, sino un mensaje dominación regional para escalar la confrontación global. China y Rusia conocen esa amenaza y acrecientan la defensa de su propio entorno.

Hasta ahora, el secuestro de Maduro ha sido un éxito militar estadounidense sin réditos políticos. Se asemeja más a las fallidas provocaciones de Israel contra Irán, que al triunfante aplastamiento de Siria. En el primer caso, el asesinato de figuras de alto nivel no tumbó al gobierno y en el segundo logró esa caída, luego de una sistemática andanada de bombas y devastaciones.

En Venezuela, el proceso bolivariano sigue en pie. Trump no tiene el control político, militar o territorial de ese país. El núcleo del poder estatal chavista persiste y esa cohesión se mantiene como el principal obstáculo a la desestabilización externa. Si la captura de Maduro pretendía inducir una rebelión militar, esa asonada no se consumó. Tampoco desencadenó una acción política equivalente. No hubo "guarimbas" (como en 2014 o el 2017) y las únicas movilizaciones fueron protagonizadas por el chavismo.

En el bando opuesto reina un inmovilismo congruente con el debilitamiento de la derecha. Los festejos en el exterior no tienen contrapartida interna y luego del fracaso de Guaidó y González Urrutia, Trump carece de una fuerza vasalla para apuntalar su coloniaje. Por eso ninguneó a Corina Machado, reforzando el patetismo de una Premio Nobel de la Paz que alaba la guerra y pondera la invasión de su país.

La expectativa en una dominación estadounidense positiva, es una ilusión preeminente entre el grueso de los emigrados. En sus fantasías, identifican el protectorado yanqui, con la transformación de Venezuela en un Estado más de la Unión que regentea Washington. Han quedado tan enceguecidos por la propaganda gringa, que ni siquiera registran el despojo que prepara su tutor. No escuchan a Trump cuando afirma que el control de Venezuela "no nos costará nada", porque será un redituable negocio "reembolsado con petróleo".

EL LIBRETO IMPERIAL DE LA TRAICIÓN

La confrontación en Venezuela recién comienza y ha transcurrido tan sólo el primer acto de un escenario abierto. Esa irresolución es desconocida por quiénes ya diagnostican un triunfo imperialista, asentado en la traición interna del chavismo. Repiten a Marco Rubio, que se jacta de haber conseguido la entrega de Maduro por sus pares del ejército. Aunque no brinda ningún dato de esa vileza, su tesis es reproducida y presentada como una explicación de la fulminante captura del presidente.

Pero esas potenciales complicidades, no prueban la existencia de una traición de envergadura en el alto mando. Es una posibilidad, pero no hay indicios que ratifiquen la eventualidad que varios pensadores de izquierda dan por cierta.

A esta altura debería resultar evidente, que cualquier afirmación de Trump (o de su entorno) tiene credibilidad nula. Los hechos sugieren un desenlace distinto. Se sabe que hubo muchos muertos, en una confrontación con el aparato militar más poderoso y sofisticado del planeta.

Como nadie ofrece pruebas de traición en el plano militar, circulan tesis de su equivalente político. Se afirma que Delcy Rodríguez encabeza un "gobierno de transición", afectado por la parálisis y el vacío de poder. La nueva presidenta es presentada como una dirigente marginal, totalmente divorciada de la base chavista.

Esa descalificación de un gobierno sometido al ataque militar estadounidense, ilustra más la ubicación política de sus enunciadores, que el escenario a clarificar. En los pocos días que han transcurrido desde el secuestro, Delcy ratificó su lealtad a Maduro, exigiendo su liberación y restitución en el cargo. Esa actitud es congruente con su trayectoria.

Se especula que negocia con Trump algún compromiso de venta del petróleo. Pero incluso esa opción podría interpretarse como un recurso para lidiar con la adversidad. Durante décadas Irán aceptó las inspecciones occidentales de su actividad atómica, reforzando al mismo tiempo su defensa militar. El desenlace que afrontan los países acosados no se dirime en cinco minutos.

Los perceptores de la traición sugieren la existencia de una cadena de pactos para sepultar a Maduro. Pero si ese contubernio existe, no ha logrado hasta ahora los frutos esperados. Desde hace décadas, la CIA, la DEA, el Pentágono y la Casa Blanca motorizan campañas para quebrar el proceso bolivariano y destruir la alianza cívico-militar que lo sostiene.

Ninguna de esas operaciones psicológicas, mediáticas y monetarias debería ser reproducida por analistas serios y menos aún, si se auto perciben de izquierda. Las acciones imperiales están obviamente destinadas a sembrar la desconfianza popular, fragmentar los liderazgos antiimperialistas y erosionar la moral de la militancia.

Una eventual traición constituye, en todo caso, un tema secundario, frente a la prioridad de apuntalar la resistencia. Ya habrá respuestas a los interrogantes de la defensa antiaérea fallida o a los desaciertos en la protección de Maduro. En lugar de distraer los temas del momento con esas preguntas, corresponde concentrar las acusaciones en el enemigo yanqui.

Hay que pedirle rendición de cuentas a la Casa Blanca y no a Miraflores y en vez de objetar la insuficiencia del dispositivo defensivo, se debe enaltecer la memoria de los compañeros abatidos en el operativo terrorista. Es más valedero honrar a esos militares, que especular con el libreto de Marco Rubio y es más alentador observar cómo Delcy afronta la tempestad, que sentenciar una derrota que no ha ocurrido.

Los intérpretes de la traición dan por hecho que la batalla de Venezuela está perdida. Por eso se adentran en los detalles de una regresión, consumada a su juicio con deslealtades de todo tipo. También dictaminan la inexistencia de movilizaciones populares, cuando esas manifestaciones comienzan a despuntar.

En el mejor de los casos describen un drama invariablemente negativo, soslayando la toma de partido. Denuncian a Trump atacando al mismo tiempo a Maduro, sin notar la inconsistencia de esa dualidad. Esa postura les permite justificar su propia inacción, mientras se congratulan por el fracaso del chavismo que tantas veces previeron y no han podido constatar. En medio de la batalla, conviene archivar esos presagios, recordar quién es el enemigo y reforzar la lucha para derrotarlo.

URGENCIAS, AGENDAS Y DISYUNTIVAS

Frenar los ataques a Venezuela es la prioridad del momento. Es imprescindible contener a Trump, porque puede repetir la captura de otros mandatarios, para apropiarse de los recursos de esos países. Hoy es Maduro y mañana será el presidente que disguste a la Casa Blanca. Las amenazas a Colombia, México y Dinamarca no son mera retórica.

Cuando Hitler invadió Austria en 1938 o Polonia en 1939, el cataclismo ya era inevitable. Pero algunos años antes, una decidida respuesta a su expansionismo podría haberlo contenido. Trump enuncia sin ningún disimulo sus propósitos imperiales y Venezuela es un caso testigo. Resulta posible doblegarlo, si se actúa a tiempo.

Ese freno debe ser interpuesto en América Latina, porque es el área de agresión inmediata del magnate. Trump ha comenzado a implementar operativos bélicos convencionales, para complementar las guerras híbridas de última generación. El estatus de la región, como zona de paz, puede extinguirse en un plazo muy breve. México, Colombia y Brasil han alzado la voz, subrayando la violación del derecho internacional, pero corresponde exigir con nitidez la liberación de Maduro y su restitución a la presidencia.

Esa demanda confronta con la presión mediática para diluir el tema, en los próximos escenarios electorales de la región. Pero está probado que la contemporización del adversario, envalentona a Trump y lo impulsa a escalar las agresiones. Para neutralizar su andanada hay que responder con la misma contundencia.

En Argentina, la defensa de Venezuela es un eje central de la lucha contra Milei. El lamebotas de Trump celebra el secuestro de Maduro y refuerza el rearme del ejército, con la mira puesta en algún acto de servilismo militar. Cuenta con el respaldo de la derecha convencional, los medios hegemónicos y las clases dominantes.

En el polo opuesto, se han situado los organizadores de las marchas de protesta frente a la embajada de Estados Unidos. Un amplio espectro de agrupaciones políticas, sindicales y sociales de la izquierda y el peronismo han confluido en esa convocatoria En la segunda manifestación se logró un nivel de concurrencia muy superior al primer mitin.

Venezuela es la batalla del momento. Allí se juega el futuro de toda la región. Si Trump logra su propósito, impondrá en América Latina una regresión histórica de todos los anhelos populares. Si por el contrario ese derrotado, quedará abierto el sendero para lograr conquistas de toda índole. En esa lucha se dirime el porvenir de la región.

7-1-2026

RESUMEN

Trump explicita su propósito de robar el petróleo e instaurar un dominio colonial, porque los pretextos del narcotráfico y de un régimen tiránico son insostenibles. Recurre a un acto de terrorismo para lidiar con el deterioro interno y los fracasos en el exterior. En lugar de replegarse a su propio vecindario, pretende escalar la confrontación global. Logró un éxito militar sin réditos políticos. Resulta posible doblegarlo si se actúa a tiempo, sin repetir un libreto de la traición, que debilita la resistencia.



Esta nota ha sido leída aproximadamente 605 veces.



Claudio Katz

Economista, Investigador del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas, CONICET (Argentina), Profesor. Miembro del EDI (Economistas de Izquierda).

Sitio web personal: www.lahaine.org/katz


Visite el perfil de Claudio Katz para ver el listado de todos sus artículos en Aporrea.


Noticias Recientes:


Notas relacionadas

Revise artículos similares en la sección:
Por los Derechos Humanos contra la Impunidad