"Estados Unidos ya no es tan importante como antes. Ahora representa menos del 10% de las exportaciones globales. (…) Los enormes gastos de capital en inteligencia artificial han compensado la debilidad del resto de la economía. Pero, como todas las burbujas, ésta acabará estallando. Nadie sabe con exactitud cuándo, pero considerando que una parte tan grande de la economía depende de un solo sector, el colapso se dejará sentir inevitablemente de forma generalizada."
Joseph Stiglitz, Premio Nobel de Economía
"La ventaja tecnológica que hemos disfrutado históricamente se está erosionando. Estamos presenciando la erosión en el dominio del aire, en el mar, en el espacio, en el ciberespacio y en la industria de la defensa."
General Mark A. Milley, Ex Jefe del Estado Mayor Conjunto
I
Hace un siglo, en 1925, un cabo del ejército alemán, originario de Austria y de ascendencia judía -grupo etno-religioso contra el que, paradójicamente, luego desataría una feroz furia asesina- escribió un libro que se volvería tristemente famoso: "Mi lucha" (Mein Kampf, en alemán). Este personaje, bastante desquiciado en términos psicológicos, impresentable en ciertas circunstancias, de todos modos fue funcional a la por entonces oligarquía alemana, que quería recuperar el terreno perdido en la Primera Guerra Mundial -habiendo llegado tarde al reparto del mundo que ya habían desarrollado otras potencias capitalistas- y recuperar el honor mancillado en su derrota. Por eso ese oscuro hombrecillo, famoso por su peculiar bigote, aunque desquiciado, llevó adelante un proyecto político con el que el capital teutón estuvo de acuerdo. En la obra de marras, Adolf Hitler planteaba la necesidad de conquistar el "espacio vital" (Lebensraum) de la nación germana, asiento de una supuesta "raza superior", por lo que debía expandirse hacia Europa del Este (Polonia, Ucrania, Rusia) para desplazar, esclavizar o exterminar lisa y llanamente a las poblaciones locales, consideradas racialmente inferiores. Ese alocado experimento contó también, en un primer momento de la Segunda Guerra Mundial, con el beneplácito directo de poderosos capitales estadounidenses (Ford, General Motors, Chase National Bank), quienes apoyaron y financiaron el ataque alemán sobre la Unión Soviética, con el objetivo de destruir al primer Estado socialista.
Cien años después pareciera estar repitiéndose la historia: un extravagante personaje ensoberbecido de poder como el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, luego del ataque contra la República Bolivariana de Venezuela donde secuestró al presidente Nicolás Maduro provocando alrededor de un centenar de muertos en el país caribeño (civiles y militares), difundió un mensaje en la red social X donde aparece la leyenda "Este hemisferio es nuestro", refiriéndose al continente americano. ¿Nuevo Lebensraum? Un descendiente de judíos luchando contra el pueblo judío; un hijo y nieto de inmigrantes (madre escocesa, abuelo alemán) luchando y deportando inmigrantes. Un delirante "espacio vital" y otro delirante "hemisferio propio". Por cierto, muchas coincidencias…
La actual principal potencia capitalista del mundo, Estados Unidos, continúa siendo aún el centro hegemónico del planeta, como lo fue durante todo el siglo XX. Eso está fuera de discusión; es el país dominante en todo el ámbito capitalista, lo cual quiere decir: en la prácticamente totalidad del mundo. Pero los tiempos están cambiando. Y cambian muy rápidamente, mucho más de lo que los mismos tomadores de decisiones en el gran imperio se imaginaban. Ese "momento Sputnik" generalizado que están viviendo ha prendido sus luces rojas de alarma.
Después de la caída de la Unión Soviética en 1991 -su otrora gran rival- y la desintegración del campo socialista en el este de Europa, y con las reformas aparentemente capitalistas en la patria de Mao que deshacían el socialismo, Washington pareció quedar en un mundo unipolar dirigiendo todo, donde ponía las reglas de juego a su antojo. Eso fue así por aproximadamente una década, pero duró poco. La República Popular China, con su peculiar modelo de "socialismo de mercado" luego de las reformas y modernización introducidas por Deng Xiaoping, comenzó un despegue económico sin precedentes, disputándole -y superando- la economía del imperio yanki, dejándolo atrás en el avance científico-técnico. Hoy la distancia que tomó el gigante asiático, reconocido ello por la misma derecha gobernante en Washington, parece imposible de remontar. La llamada "deslocalización" de la industria estadounidense, es decir: su reubicación en lugares del planeta donde encontraba mano de obra más barata -junto a beneficios fiscales, falta de control medioambiental y sin la presencia de "molestos" sindicatos- fue vaciando a la gran potencia de su capacidad productiva. Hoy sigue teniendo una economía próspera (al menos en apariencia), pero basada en muy buena medida en la especulación financiera, con un dólar mantenido en forma ficticia. Tiene algunos campos donde su producción industrial sigue siendo de vanguardia (el ámbito informático, con Silicon Valley a la cabeza, y el complejo militar-industrial para su maquinaria de guerra), pero incluso ahí comienza a verse rebasada en el nuevo mapa geopolítico. China ha tomado la delantera en sectores claves como comunicaciones, computación cuántica, robótica, energías renovables, investigación espacial, colosales obras de infraestructura. El imperio norteamericano se ha dormido en sus laureles, y el terreno perdido es demasiado, ya prácticamente irrecuperable.
Por su parte Rusia, saliendo del colapso que significó la desintegración del campo socialista, con un descenso en su producto bruto fenomenal de alrededor del 40% -caso único en la historia-, volvió a mostrarse como una gran superpotencia en lo militar, evidenciando un músculo bélico que le ha permitido salir airosa en todos los conflictos en que participó (Osetia del Sur, Chechenia, Crimea, Siria, ahora Ucrania), volviendo a recuperarse en su economía, estando hoy entre las diez principales del mundo, pese a todas las sanciones occidentales (según las mediciones hechas por los mismos organismos financieros internacionales del capitalismo, considerando su PBI en términos de paridad de poder adquisitivo, hoy es la cuarta economía mundial, tras China, Estados Unidos y la India). Todo ello, el auge chino y ruso y la aparición de un planteo anti-dólar como es la creación de los BRICS+, hoy ya con una veintena de países que los conforman más otros tanto en lista de espera para ingresar al grupo, comenzó a configurar un tablero nuevo en el ámbito geopolítico. El mundo comenzó a pasar de unipolar a multipolar.
Por una suma de causas, como les pasa a todos los imperios a lo largo de la historia (Egipto, Babilonia, China, Grecia, Roma, los mayas, los mongoles, el imperio Otomano, España, Gran Bretaña, etc.), Estados Unidos también llegó a su punto máximo de desarrollo (años 50 y 60 del siglo pasado), y luego comenzó su declive. Luego de la Segunda Guerra Mundial el desarrollo estadounidense no tenía parangón, y su poder parecía imbatible: monopolio del arma nuclear, la mayor economía productora de un tercio del PBI mundial, avance portentoso de su ciencia y tecnología (el país con mayor cantidad de Premios Nobel en ciencias), influencia global con su cultura, consumo interno derrochador y voraz -como ejemplo: automóviles de ocho y doce cilindros haciendo un gasto descomunal (e innecesario) de energéticos, inviable a largo plazo-. Su moneda, el dólar, fue impuesta como divisa universal a la fuerza en estas últimas décadas, y todo su poderío se mantenía custodiado por alrededor de 800 bases militares a lo largo y ancho del plantea. Ahora todo eso está cuestionado por estos nuevos actores (Rusia, China y los BRICS+), quienes buscan una economía global desdolarizada. La ilegal incautación que el gobierno norteamericano ha hecho recientemente de petroleros venezolanos, si bien no se dijo oficialmente, pero sí puede inferirse de declaraciones informales de algunos actores políticos de Washington, indicaría que se realizaron porque ese crudo del país caribeño se iba a pagar no en dólares, sin con otros medios (bitcoin, quizá yuanes o rublos). Lo que sí está claro es que el otrora super poderoso "petrodólar" impuesto a la fuerza por la Casa Blanca, hoy comienza a perder peso. Hasta la medieval monarquía saudita, tradicional aliada de Estados Unidos, está considerando negociar su oro negro en divisas que no necesariamente son el dólar.
Hoy, 80% del petróleo en el mundo todavía se negocia en dólares. Pero eso está cambiando rápidamente, de ahí que Washington está alarmado. La reciente acción bélica que realizó contra Venezuela, como la misma ex vicepresidenta Kamala Harris, lo dijo: "No se trata de drogas ni de democracia. Se trata de petróleo". En otros términos: es una jugada de la derecha más recalcitrante del imperio para no perder algo que aún le permite su hegemonía planetaria: el manejo del oro negro.
Citando a Alonso Romero (2026): la imposición de los petrodólares "le genera demanda artificial y permite que Estados Unidos se financie a tasas muy por debajo de lo que obtendría normalmente. De igual manera, le permite a Estados Unidos tener déficits en el gasto de manera rutinaria e imprimir dinero para después cambiarlo por bienes y servicios alrededor del mundo, sin sufrir las devastadoras consecuencias de la inflación. De acuerdo con el Servicio de Investigación del Congreso de Estados Unidos, este estatus le genera ahorros en intereses de 250 mil millones de dólares anuales".
El economista neokeynesiano y Premio Nobel Joseph Stiglitz, refiriéndose a su país, dijo que "En Estados Unidos, alrededor de 16% (https://bit.ly/4h8JPvB) de los niños crecen en la pobreza, el desempeño (https://bit.ly/3EbKTAt) global en las evaluaciones educativas internacionales es mediocre, la malnutrición (https://bit.ly/42vtD38) y la falta de vivienda se han generalizado y la expectativa de vida (https://bit.ly/3PQcFFe) es la más baja entre las principales economías avanzadas. El único remedio es más y mejor gasto. Sin embargo, Trump y su equipo de oligarcas están empeñados en recortar el presupuesto todo lo que puedan. Hacerlo dejaría a Estados Unidos aún más dependiente de la mano de obra extranjera. Pero los inmigrantes, incluso los altamente calificados, son un anatema (https://bit.ly/4hm7lVM) para los seguidores del MAGA [Make America Great Again] de Trump."
Pero más aún: lo que empezó a provocar su caída como imperio fue su hiperconsumo desbocado, irracional, que generó deudas impagables. Vivir al crédito pasa factura, irremediablemente. Como dijo el economista griego Yanis Varoufakis: "Un país puede ser el imperio más grande del mundo. O un país puede ser el principal deudor del mundo. Pero no puede ser ambas cosas al mismo tiempo". Eso es lo que está ocurriendo con el Tío Sam.
II
El Estado norteamericano tiene una deuda fiscal que representa alrededor del 125% de su producto bruto, y cada familia mantiene una deuda de alrededor de 100,000 dólares en promedio (hipotecas inmobiliarias, tarjetas de crédito, créditos educativos). La única manera de mantenerse fue -y sigue siendo- una economía ficticia, mantenida con una moneda impuesta a la fuerza. Vivir del crédito, en cualquier ámbito (público o privado), representa una artificial burbuja que, tarde o temprano, estalla. Eso le está pasando hoy a la gran superpotencia.
Valga decir que hoy, de los 50 estados que conforman la Unión americana, 47 están técnicamente en recesión. Solo presentan balances positivos el estado de Nueva York -donde está Wall Street, el principal centro de la especulación financiera mundial-, California -en sí misma una muy próspera economía, dando cabida a Silicon Valley, la única avanzada real del país que, sin embargo, va quedado retrasado en su desarrollo científico-técnico, y por tanto industrial- y Texas -gran productor de petróleo-. El salario medio de un trabajador estadounidense ya no da para tanto como daba antes; hay problemas. Según los datos oficiales, 12.9% de su población se encuentra por debajo de la línea de pobreza. Mucha gente necesita bonos federales de alimentos para sobrevivir. Un millón de homeless y la actual -y lamentable- pandemia de uso de drogas son síntomas de su irreversible decadencia. Shannon Monnat, directora del Centro Lerner para la Promoción de la Salud Pública de la Universidad de Siracusa, de Nueva York, dijo que "el aumento de los trastornos por consumo de drogas en los últimos 20 a 30 años es un síntoma de problemas sociales y económicos mucho mayores. (…) Las soluciones para combatir nuestra crisis de sobredosis de drogas solo serán efectivas si abordan los determinantes sociales y económicos a largo plazo que están en la base".
Ante todo ello, para impedir o, al menos, lentificar esa caída, la Casa Blanca está intentando tomar a todos los países latinoamericanos como su "natural" patio trasero (¿"espacio vital" del nazismo alemán?), como un reaseguro donde seguir basando su hegemonía. Así se establece -con palabras diplomáticas, políticamente correctas- en la nueva Estrategia de Seguridad Nacional de Estados Unidos recientemente aparecida.
En comunicación personal un funcionario norteamericano dijo: "Seamos realistas: sabemos que como superpotencia tenemos los días contados. Pero haremos todo lo posible para retrasar al máximo esa caída". Es así que de la enorme región de América Latina continúa el robo impiadoso de materias primas (petróleo, minerales varios, biodiversidad de las selvas tropicales, agua dulce), la mantiene amarrada con las impagables deudas externas (un billón y medio de dólares) y, si bien ahora ha endurecido la situación de los migrantes, sigue aprovechando la mano de obra sobreexplotada que le representa la enorme masa de trabajadores latinoamericanos y caribeños que llega a su tierra. Al igual que lo hizo a principios del siglo XX con su "Corolario Roosevelt" -continuación de la infame Doctrina Monroe ("América para los americanos"….del Norte, por supuesto) generando la noción -abominablemente supremacista- de "repúblicas bananeras" (Guatemala sería el ejemplo icónico, con la empresa bananera United Fruit Company a la cabeza fomentando el sangriento golpe de Estado de 1954 contra el presidente Jacobo Arbenz, acción inaugural de la CIA en estas tierras), ahora, con la presidencia del ultraderechista y visceral anticomunista Donald Trump, retoma esa iniciativa, intentando transformar a todos los países del área en una única "república bananera", que iría desde el sur del Río Bravo hasta la austral Patagonia: "¡Este hemisferio es nuestro!" dice altanero y desafiante su mandatario.
Valga agregar que todo ello no es "locura" de un extravagante presidente sino el sentir de la clase dominante del país, del que Trump, de una manera bastante circense, por cierto, es su expresión mediáticamente teatralizada. Algo así como lo que fue Hitler en su momento en la Alemania nazi. Los histriónicos títeres "locos" -piénsese en Milei en Argentina, por ejemplo- pueden ser útiles al sistema, pese a todas sus insolentes y disparatadas chifladuras. Trump y su equipo -gente de ultraderecha que, si bien no emplea abiertamente el término "raza superior", así parece pensar- amenaza hoy no solo a Latinoamérica, sino al mundo, con una soberbia militarista vergonzosa. De esa cuenta, hasta a Groenlandia -territorio autónomo, perteneciente a Dinamarca, un país supuestamente aliado, miembro de la Unión Europea y de la OTAN- puede caer en ese "espacio vital" que buscan estos halcones embravecidos, sin contemplar que todo eso constituyen flagrantes violaciones al derecho internacional, puras bravuconadas ilegales.
III
Con irreverente insolencia de cowboy matón, el actual presidente -representante de la clase dirigente del imperio, que se siente dueña del mundo por un pretendido "derecho natural", al que llaman "destino manifiesto"- se entromete en los asuntos internos de toda la región, moviendo fichas a su antojo, como si se tratara de una prolongación geográfica de Estados Unidos. Es así que ve con preocupación, y lo expresa altisonante, la condena a Jair Bolsonaro en Brasil por intento de golpe de Estado -poniendo sanciones contra el juez que actuó en ese proceso-, o la de Álvaro Uribe en Colombia por soborno y fraude procesal -amenazando al presidente Gustavo Petro con que "podrá ser el próximo" en ser atacado-, toma partido por el candidato de derecha de Honduras llamando a no votar por candidatos "narco-comunistas", indultando a un delincuente como Juan Orlando Hernández (probado narcotraficante) y promoviendo el abierto fraude electoral para hacer ganar a "su" elegido (Nasry Asfura), apoya sin restricciones a ultraderechistas como Daniel Noboa en Ecuador -acusado de haber robado las recientes elecciones- o a Nayib Bukele en El Salvador -acusado de violación a los derechos humanos-. Chantajea abiertamente a la población argentina ante las recientes elecciones legislativas, prometiendo premios al triunfo de Javier Milei, o castigo -ningún desembolso de ayuda- en caso de derrota-. Del mismo modo, mantiene la figura de un tibio e inoperante presidente en Guatemala como Bernardo Arévalo defendiéndolo de bandas mafiosas locales que lo acosan, porque ese genuflexo mandatario cumple a cabalidad las órdenes dictadas por Washington ("tercer país seguro" para los deportados, por ejemplo. Ahora, podría decirse, la frontera sur del imperio pasa por el país del quetzal). Pero curiosamente no dice nada de Nicaragua, donde tuvo lugar la última revolución socialista al viejo estilo hace ya largos años, en 1979, con población movilizada y una vanguardia armada que dirigió la lucha; ¿será poque el país de Sandino no tiene petróleo, o porque hoy el actual sandinismo/orteguismo no representa ningún peligro "comunista"?
A quien sí sigue amenazando abiertamente, casi con furiosa ira (ahí está Marco Rubio, hijo de cubanos exiliados -igual que Hitler y Trump, alguien a quien le pesa su origen-, como el principal expositor de ese proyecto), intimidando de manera vergonzosa en un acto que representa un delito en términos de derecho internacional, es a la isla revolucionaria de Cuba, al pueblo y, fundamentalmente, a las autoridades de La Habana, nación heroica que sigue levantando las banderas del socialismo pese a décadas de infame bloqueo.
En abierta violación a la autonomía de las naciones, con soberbia descarada Trump declaró "narcoterrorista" al presidente Nicolás Maduro, de Venezuela, a cuya cabeza puso precio (50 millones de dólares, como si fuera una burda película de vaqueros hollywoodense -luego puso precio a la de Diosdado Cabello: 25 millones, y la de Vladimir Padrino: 15 millones-), pergeñando la falsa noticia de ser ese llamado "dictador" el directivo de un inexistente grupo narcotraficante (Cartel de los Soles, desconocido incluso por la DEA, declarado luego inexistente -como las supuestas armas de destrucción masivas de Irak, que nunca existieron pero que sirvieron de justificación para su invasión-). En esa lógica, saltándose todas las normas del derecho internacional y la soberanía de países libres e independientes, violando la Carta de Naciones Unidas, e incluso pasando por sobre la legislación de su propio país cometiendo actos ilegales (una acción militar sin aprobación del legislativo), invadió tierra venezolana, provocando muerte y destrucción, y secuestrando a su mandatario legítimo, junto a su esposa.
Queda más que claro que lo del presidente Maduro no fue una "captura", como si de un delincuente se tratara -narrativa que toda la corporación mediática capitalista del mundo pregona sin cesar- sino de un secuestro. El secuestro de un jefe de Estado crea un precedente explosivo, sumamente peligroso, pues en derecho internacional existe un principio clave que establece la inmunidad de los jefes de Estado en ejercicio. Por tanto, no puede ser capturado por la fuerza por otro Estado sin la autorización expresa del Consejo de Seguridad de la ONU, o dada una situación clara de legítima defensa inmediata (según el artículo 51 de la Carta de Naciones Unidas). Por tanto, lo cometido por el gobierno de Estados Unidos es, descaradamente, una enorme violación de principios básicos de la respetuosa convivencia entre naciones soberanas.
Secuestrado el presidente Maduro -lo que dio lugar a interminables especulaciones sobre qué pasó ahí, si hubo entrega, infiltración, delación, traidores, supremacía militar yanki, combinación de todo lo anterior-, buscando con ello detener el proceso bolivariano en curso, e inundando el espacio mediático con infinidad de noticias falsas y confusas buscando crear desconcierto, tanto en el propio territorio venezolano como en el mundo, en un acto de soberbia imperial sin par Donald Trump anunció que Estados Unidos "administrará" Venezuela, nombrando gestores (el secretario de Estado Marco Rubio, el secretario de Guerra Pete Hegseth y el asesor en temas de seguridad y migración Stephen Miller), con lo que se asegurará el manejo de los inmensos recursos petroleros de la patria de Bolívar. Encima de ello, amenaza a la actual presidenta encargada, Delcy Rodríguez, de tener que seguir los lineamientos que la Casa Blanca indique, so pena de atenerse a las consecuencias de no hacerlo. "Venezuela se compromete a hacer negocios con Estados Unidos como su socio principal (…) y va a comprar únicamente productos fabricados en Estados Unidos", anunció Trump altanero días después de la incursión.
¿Por qué esta descarada, sanguinaria y a todas luces inaceptable medida? Porque el dólar -en otros términos: el imperio yanki- aún se mantiene medianamente a flote a partir de la fijación de precios del petróleo en esa divisa: petrodólares, (ese "privilegio exorbitante", como lo llamó el entonces presidente francés Valéry Giscard d'Estaing), por lo que Washington "necesita" a toda costa contar con esas reservas.
De esa cuenta, Estados Unidos controlará la venta del petróleo venezolano "por tiempo indefinido", anunció el secretario de Energía estadounidense, Chris. Wright, depositando el dinero que resulte de esas transacciones en cuentas controladas por Washington. "Vamos a poner en el mercado el crudo que esté saliendo de Venezuela, primero este petróleo atascado, y entonces, indefinidamente, hacia adelante, nosotros venderemos la producción que salga de Venezuela en el mercado", declaró el funcionario.
Algo que deja un sabor amargo es que el secretario Wright afirmó que está "trabajando directamente en cooperación con los venezolanos" en esta reorganización, lo cual lleva a preguntar: ¿ese es el destino de la Revolución Bolivariana? ¿No hay otra reacción?
IV
Fuera de la espinosa cuestión de respondernos cómo fue posible esa "proeza militar", según la narrativa imperial -cien muertos del lado bolivariano, cero muertos en la incursión invasora, solo un herido-, o la traición de parte de alguna gente cercana a Maduro -lo que no puede descartarse-, lo importante a considerar es ¿qué sigue ahora para Venezuela y la revolución bolivariana? El imperio no optó por poner a la cabeza, como si fuera un típico golpe de Estado de los que siempre propició, a quien se suponía podía ejercer ese papel: la premio Nobel de la ¿Paz?, la multimillonaria de aristocrática y tradicional familia de la alta burguesía caraqueña, María Corina Machado. Ello, por considerar que esta "buena mujer" -Trump dixit- no podría ofrecer "tranquilidad", con unas fuerzas armadas netamente chavistas que, quizá, no la aceptarían como mandataria. Es decir: la "tranquilidad" que ahora busca Washington, una tranquilidad que le permita manejar las cuantiosas reservas petroleras. "Tenemos un embargo total sobre todo su petróleo y su capacidad para comerciar. Así que, para comerciar, necesitan nuestro permiso. Para poder dirigir una economía, necesitan nuestro permiso", expresó sin ambages el subjefe de Gabinete de la Casa Blanca y asesor de Seguridad Nacional, Stephen Miller. Por lo pronto, la compañía petrolera estadounidense Chevron envió una flota de 11 buques petroleros a Venezuela tras el secuestro del presidente Maduro. ¿Quién es el verdadero dueño de ese oro negro entonces? ¿Qué papel va a jugar la petrolera estatal PDVSA?
Ante todo esto, cabe la pregunta: ¿volvemos a los protectorados, a las "repúblicas bananeras" de inicios del siglo XX? "Vivimos en el mundo real, que se rige por la fuerza, que se rige por la violencia, que se rige por el poder. Estas son las leyes de hierro del mundo desde el principio de los tiempos", comentó despectivo Miller, ese funcionario imperial que habla desde una superioridad enervante. ¿Qué papel jugará entonces la actual cúpula chavista, con Delcy Rodríguez a la cabeza? ¿Será esa la garantía de tranquilidad que pide/exige ahora el águila imperial? Esto lleva a la pregunta básica para la izquierda: ¿se termina aquí la Revolución Bolivariana, o es momento de profundizarla? De momento nada hace pensar, más allá de declaraciones antiimperialistas y población en la calle, que se vea una clara intención de radicalizarla. Quizá eso, que no se hizo antes, ahora es imposible, con una tremenda fuerza miliar en las costas, habiendo demostrado que la superioridad militar de Estados Unidos es enorme, abrumadora.
Venezuela disponía de armamento de última generación chino y ruso para detectar la entrada de naves enemigas. ¿Por qué no fueron suficientes para detectar aparatos estadounidenses entrando sobre Caracas? La hipótesis de la traición no se puede descartar de plano. También hay que considerar que las fuerzas armadas del imperio han desarrollado muchísimo el tema de guerra cibernética. Con ello, evidentemente, pueden hacer maravillas en términos militares, situación que no fue igual por el lado venezolano. De hecho, en la incursión utilizaron el avión Boeing EA-18G Growler que, según Thomas Withington, del Royal United Services Institute, "constituye el pilar del componente de guerra electrónica del poder aéreo estadounidense y habría localizado los radares venezolanos, los habría bloqueado y habría realizado una tarea similar con las comunicaciones militares". China dijo que estudiaría lo desarrollado por Washington en esta experiencia que, definitivamente, fue un laboratorio para este tipo de guerras (como lo fue Ucrania para Rusia, donde salió claramente vencedora).
Hoy las guerras se definen no solo por la artillería, ni siquiera por la aviación, sino por estos nuevos ámbitos: guerra electrónica e inteligencia artificial (guerra de sexta generación). Quizá una combinación de ambas cosas -superioridad técnica y entrega de parte de "vendidos"- permitió el éxito de la llamada "Operación Resolución absoluta". Esto lleva a pensar, en el campo de las izquierdas, de los movimientos revolucionarios con ideología socialista, ¿cómo llevar adelante procesos de transformación radical?, sabiendo que hoy estamos controlados por satélites desde las alturas y a merced de poderosísimos elementos electrónicos, con guerra cibernética impensable algunas décadas atrás, cuando los movimientos guerrilleros eran una opción, fusil en mano en las montañas.
Como pregunta colateral, y no por ello menos importante, vale indagar el papel de los organismos internacionales ante toda esta abierta agresión. ¿Dónde están, qué hacen, qué dicen la ONU y la OEA? En estos casos, el silencio termina siendo cómplice de los atropellos. Es evidente que el mundo se sigue dirigiendo a base de fuerza bruta: la ley del más fuerte no ha desaparecido, y con estas políticas que hoy impulsa Washington, ello es más evidente que nunca. Sin justificarlo en lo más mínimo, vemos que cobran sentido las palabras del secretario Miller: "Vivimos en el mundo real, que se rige por la fuerza, que se rige por la violencia, que se rige por el poder". La ley del más fuerte se sigue imponiendo. ¿Dónde queda el derecho internacional entonces? ¿Para qué sirve el sistema de Naciones Unidas?
V
Está más que claro por qué este ataque actual a la República Bolivariana de Venezuela: el imperio necesita ese hidrocarburo, por un lado, para mantener su fabuloso consumo diario de oro negro (20 millones de barriles por día destinados a su inmenso parque vehicular, su maquinaria de guerra, su uso doméstico, teniendo en cuenta que sus propias reservas del subsuelo dan para no más de una década de explotación, quizá menos), pero además -y fundamentalmente- para tener un respaldo material, no ficticio como es su actual economía financiera, con el que seguir manteniendo el dólar. Si el crudo, de Venezuela o de cualquier parte del mundo, se comienza a negociar en otra moneda que no sea el dólar, se termina la hegemonía norteamericana. Por eso esta actual desesperación de la Casa Blanca y esta infame mentira de ir tras un "narcoterrorista" de orientación "castro-comunista" que no para de enviar drogas hacia Estados Unidos. Estamos ante una desesperada medida de fiera herida que da zarpazos estentóreos, lo cual, en definitiva, evidencia su real debilidad. Los países que, algunos años atrás, intentaron desligarse del dólar, fueron condenados como pertenecientes al "eje del mal", y en algunos casos, invadidos: Irak y Libia.
Hoy día el escenario mundial es distinto: la potencia estadounidense, aunque haya realizado esta demostración de poderío en Venezuela, ya ve que crecientemente el petróleo comienza a negociarse en otras monedas. Por tanto, el principio del fin puede estar cerca.
Con esta avanzada de ultraderecha y la búsqueda de control total de la región -bases militares en Argentina, el intento de recolocarlas en Ecuador ahora que hay un mandatario afín a la Casa Blanca, ampliar las de Honduras, apoyo irrestricto a los nuevos presidentes ultraconservadores de Bolivia y de Chile, preparar el terreno para ir por las cabezas de Gustavo Petro en Colombia, Claudia Sheinbaum en México o Lula en Brasil (mandatarios que hoy no se alinean con la Casa Blanca), o las infames amenazas contra la isla socialista de Cuba, Cuarta Flota Naval "custodiando" las aguas del Atlántico Sur- con todo ello lo que busca Washington es desarticular totalmente las propuestas molestas como la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América -ALBA- y la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños -CELAC-, y marcar claramente el que considera territorio propio: "Este hemisferio es nuestro". Es, definitivamente, una estrategia de recolonización tomando a toda la región como virtual "república bananera", donde poder actuar con la más completa impunidad, y con el aval explícito de las autoridades locales, siempre apoyadas -y manejadas- por el amo imperial.
En este proyecto de neo-colonización extrema, nadie queda a salvo. ¿Quién será el próximo? Sin ánimo de llamar a una conflagración mundial ni promover un espíritu revanchista con el presente escrito, parece que tienen sentido las palabras del vicepresidente del Consejo de Seguridad ruso, Dmitri Medvedev, quien dijo que "solo las armas nucleares garantizan la soberanía de un país ¡Que vivan las armas nucleares!" Ahí está Corea del Norte intocable; ¿por qué? Porque dispone de misiles nucleares de largo alcance. Parece que eso de "la fuerza bruta" a la que hacía el funcionario estadounidense es una realidad incuestionable.
La historia no está terminada, porque China y Rusia, ahora tan poderosas como Estados Unidos hablándole de igual a igual, no dejan pasar impune estas acciones, lo que constituye un foco de potencial peligro, dado que podría dispararse un conflicto militar en la región del que no se saben las consecuencias. De todos modos, la respuesta de Rusia y China ante esa invasión del territorio venezolano por parte de Estados Unidos no buscó una salida militar: su estrategia sigue siendo desdolarizar la economía global sin buscar la confrontación bélica. Estamos ante una guerra distinta, no con misiles, sino en el ámbito económico, cosa que le duele mucho, muchísimo más al imperio, porque ve que la está empezando a perder.
Esa igualdad -o superación- en el terreno militar ya fue mencionada reiteradas veces por altos mandos del Pentágono. Baste citar, por ejemplo, lo dicho por el almirante Charles A. Richard (comandante del Comando Estratégico de Estados Unidos -USSTRATCOM-) quien declaró en el 2021 ante el Congreso: "Estamos al borde de una crisis estratégica. Por primera vez en nuestra historia, enfrentamos dos competidores nucleares estratégicos principales (Rusia y China), ambos con capacidades significativas y en rápida modernización... Rusia y China han estudiado nuestra forma de guerra y han desarrollado capacidades específicas para contrarrestar nuestras ventajas".
O lo expresado en diciembre de 2025 por Kenneth Wilsbach, general de la Fuerza Aérea, en relación al Chengdu J-20 Mighty Dragon chino, un caza furtivo de quinta generación con la más moderna tecnología: "El J-20 chino me deja asombrado, pone en jaque la superioridad aérea estadounidense. No esperábamos ese nivel de mando y control".
De hecho, la Estrategia de Defensa Nacional de 2022 establece que: "La campaña más completa y seria para desfasar a Estados Unidos viene de la República Popular China. Mientras tanto, Rusia representa una amenaza aguda... Ambos han amplificado sus fuerzas armadas con nuevas tecnologías para desafiarnos en todos los ámbitos (aire, mar, tierra, espacio y ciberespacio)". Todo ello no significa que las fuerzas armadas estadounidenses quedaron obsoletas y ya no pueden dar batalla; significa que ya no son claramente las superiores. En todo caso, están en paridad.
El mundo ya no es el mismo al de los inicios de siglo. Occidente ya no puede sentirse el centro del mundo, porque ya no lo es. Y Estados Unidos tampoco puede seguir siendo el sheriff planetario, porque no puede. Ha pasado su momento de esplendor, su cenit: el planeta no es (¡felizmente!) una burda película de vaqueros de Hollywood. Es infinitamente más complejo que la maniquea división simplificadora de "buenos" y "malos" (donde siempre, según esa sesgada visión, el "muchachito" ganador era el rubiecito imponente, que sabe todo y puede todo, símbolo de su pretendido destino manifiesto). La consigna trumpiana de "Hacer grande de nuevo a Estados Unidos" -MAGA, en inglés Make America Great Again- es un reconocimiento implícito de que la superpotencia ya no es tan superpotencia como en el pasado, ya no es tan grande. La desventaja económica y el endeudamiento mantenido con China, y la efectiva equiparación, o inferioridad, militar con ambas potencias en muchos campos armamentísticos reconocida por el mismo Pentágono -misiles hipersónicos, guerra electrónica, defensa antiaérea y antimisiles móvil, submarinos de propulsión nuclear, experiencia en conflictos híbridos y cibernéticos, drones de combate y enjambres autónomos, guerra espacial-, fuerzan a la clase dominante de Estados Unidos, representada tan histriónicamente por este Milei yanki -con más motosierras simbólicas que el payasesco bufón argentino- a estos manotazos de ahogado para retrasar lo más posible su caída, inexorable por lo que parece.
Si alguien se beneficia con estas medidas desesperadas son los grandes grupos de poder que siguen dirigiendo el imperio: 1) el complejo militar-industrial, que necesita continuamente guerras para mover sus inventarios -y que tiembla porque "China había tomado control de la extracción de minerales estratégicos (tantalio, cobalto, tierras raras) directamente en las minas del Arco Minero del Orinoco, minerales que alimentan la cadena de producción de armas del propio Pentágono", y porque "Irán había instalado [en Venezuela] fábricas de drones militares con capacidad ofensiva para alcanzar Florida desde el Caribe", poniendo en jaque la seguridad nacional, según informa Carolina Restrepo-; 2) las grandes petroleras, que ahora buscarán hacer un festín con las reservas venezolanas; 3) Wall Street, donde ya subieron las acciones de las empresas energéticas luego del golpe a Caracas; y 4) las tecnológicas (caso Palantir, por ejemplo), que participan indisolublemente de la mano de las fuerzas armadas, proporcionándoles todos los elementos para las actuales guerras cibernéticas.
Con el nuevo tablero geopolítico que se está abriendo, con un Estados Unidos que ve erosionarse su hegemonía, y con un Occidente que va quedando rezagado ante un despertar asiático, ¿se abren también posibilidades para el inmenso campo popular del planeta de marchar hacia el socialismo? Es decir, lo que históricamente entendimos como tal: medios de producción en manos de la clase trabajadora y poder popular con democracia de base, lo que sucedió en varios países en el siglo XX, siendo la Nicaragua sandinista la última expresión de esas experiencias. No está tan claro eso; la Nueva Ruta de la Seda no lleva directamente hacia la revolución; es, en todo caso, una muy afinada estrategia comercial que puede ir sepultando al dólar, pero que no, por fuerza, nos acerca a una sociedad post capitalista. De nosotras y nosotros dependerá, al menos en parte, ver que la revolución socialista pueda concretare. La historia no está terminada; por tanto ¡hay que seguir escribiéndola!
VI
Para dejar claro que el mundo ya no es el mismo de los años 90 del pasado siglo donde Estados Unidos se erigía como única superpotencia sin rivales a la vista, con una Unión Soviética desintegrada y una Rusia, heredera de esa implosión, en caos total, y junto a eso una China que recién estaba poniendo en marcha su plan de reformas, por lo que, en ese entonces, todavía no era un rival económico de igual a igual, la realidad contemporánea nos muestra otra cosa muy distinta.
Como se dijo más arriba: no se puede vivir eternamente al crédito. Los acreedores alguna vez reaccionan y cortan el chorro. Más aún: no se puede vivir con una pesadísima deuda a cuestas pretendiendo ser, al mismo tiempo, el amo imperial que pone las condiciones. ¿Por qué el acreedor soportaría por siempre las bravuconadas militaristas de su deudor? Esa situación de "privilegio exorbitante" -como dijera el mandatario galo- se le está acabando a la sociedad norteamericana. El país sigue siendo muy poderoso, y su caída no se anuncia como un colapso total que lo hundiría dramáticamente, pero sin dudas su poderío científico-técnico ya está horadado, estructuralmente erosionado. Valga como ejemplo que muchos "cerebros" de Silicon Valley -lo que todavía en la nación funciona como su joya máxima- están marchando hacia China y Rusia, "sex warfare" (guerra sexual, estrategia de seducción) mediante. Pero marchan, en buena medida, no solo por esta estrategia de "espionaje" seductor implementada por Pekín y Moscú (eso, finalmente, puede ser risible, casi absurdo), sino porque estos países ofrecen mejores posibilidades de desarrollo, mejores salarios y más libertad investigativo-creativa para esos talentos.
El intento de Trump de hacer retornar la industria deslocalizada es un absoluto fracaso. Los capitales no tienen patria (no tienen sentimientos, corazón sensible ni espíritu nacionalista); por eso, si les resulta más beneficioso en términos económicos operar en el Sur Global con mano de obra más barata, ahí se quedan. Por tanto, el parque industrial de la otrora gran potencia está en decadencia, obsoleto, sin posibilidades reales de ponerse en marcha nuevamente, al menos en el corto y mediano plazo. La ciudad de Detroit es un claro ejemplo emblemático de esto. La que algunas décadas atrás fuera el centro mundial de la producción de automóviles, nucleando a todas las grandes empresas de capital netamente norteamericano (General Motors, Ford Motor Company, Chrysler Corporation -"las tres grandes"- más Packard, Oldsmobile y Cadillac), con casi tres millones de habitantes, ahora es una ciudad fantasma que languidece, con apenas trescientos mil pobladores, fábricas abandonadas, infestada de pandillas y calles sin luz (igual que muchos barrios de alguna ciudad tercermundista, de esas que el supremacismo yanki consideraba "republiquetas bananeras").
Por supuesto que los tiempos cambian. La clase dominante de Estados Unidos lo sabe, por eso está desesperada. China acaba de realizar un cerco militar total a su provincia rebelde de Taiwán (Misión Justicia 2025), reivindicada por Washington como "territorio libre no comunista", y como su propio territorio por Pekín. Eso es una clara demostración de desafío a la Casa Blanca. De esa isla proviene el 90% de la producción mundial de semiconductores avanzados; si eso queda nuevamente bajo control de China -con cerco militar, pero sin hundir ninguna embarcación pesquera, como descaradamente hizo el gobierno norteamericano en el Caribe con su provocación sobre Venezuela, presentando el hecho como ataque a narcotraficantes, asesinando a, por lo menos, 100 personas-, se dejaría a la industria de defensa estadounidense sin suministros tecnológicos básicos. Obviamente: Washington tiembla. Esas cosas eran impensables unos pocos años atrás; ahora son la realidad del mundo.
La situación global actual es sumamente compleja, pues todos estamos sentados sobre un barril de pólvora con un fósforo en la mano; pero dentro de esa complejidad puede verse que el mundo actual definitivamente ya no es más unipolar. Ahora bien: este nuevo mapa global que, todo pareciera indicar, marcha hacia la multipolaridad, donde probablemente Estados Unidos deje de ser el hegemón intocable -más allá de esta acción infame contra la revolución bolivariana mostrando los dientes y el intento, quizá desquiciado, de presentar un "hemisferio propio", un "espacio vital" en versión 2.0-, no augura en lo inmediato un mejoramiento directo para las grandes masas populares. ¿Abre todo esto la vía a una sociedad planetaria post capitalista? ¿Es el camino al socialismo? La lucha de clases sigue estando en el centro de la dinámica global. Pero ¿vamos hacia el socialismo entonces con un mundo multipolar? ¿Cómo construirlo en el complejo y complicadísimo mundo actual? ¿La Revolución Bolivariana nos enseña algo al respecto? El desafío respecto a esa titánica labor está abierto.
Conclusiones
(Hechas desde una lectura de izquierda, pensando en la posibilidad de un paso al socialismo como sociedad de justicia y equidades).
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El ataque de Estados Unidos sobre Venezuela fue un intento de salvataje del petrodólar ante la pérdida de hegemonía global del imperio americano.
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Los BRICS+, con China y Rusia a la cabeza, están buscando desdolarizar la economía planetaria, cosa que enciende las alarmas en Washington, lo que lo llevó a dar este golpe.
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Nada indica que a partir de esta agresión norteamericana la Revolución Bolivariana vaya a radicalizarse. Por el contrario, podría estarse cerca de su lenta declinación, quizá extinción.
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El operativo desarrollado por las fuerzas armadas estadounidenses deja claro que, cada vez más, en el campo bélico cuentan las más refinadas tecnologías cibernéticas, que son quienes definirán las victorias.
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Con esta agresión de Estados Unidos podríamos estar entrando en una fase civilizatoria donde la brutalidad se impone, dejando atrás las normativas internacionales, y donde la guerra entre grandes potencias podría ser la perspectiva futura. Esto abre la pregunta sobre si, finalmente, marcharemos hacia una (probable) Tercera Guerra Mundial.
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Rusia y China, como grandes potencias globales, no buscan la confrontación militar abierta con el hegemón norteamericano, pero tal como están las cosas, ese escenario es posible. Junto a ello, puede pensarse también que hay negociaciones secretas repartiéndose zonas de influencias (una nueva Yalta), aunque no hay pruebas evidentes para poder afirmarlo, por lo que esto no pasa de hipótesis.
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Todo indicaría que estamos marchando hacia un mundo multipolar, donde Estados Unidos lentamente iría perdiendo su hegemonía, y donde la República Popular China pasaría a ser la superpotencia, con su particular "socialismo de mercado", modelo que no propicia para países del Sur Global donde actúa como "hermano mayor", siendo ese modelo quizá irrepetible en los países empobrecidos, por lo que se abre la pregunta de cómo construir entonces alternativas socialistas viables en el antes llamado Tercer Mundo.
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Las luchas populares por un horizonte socialista siguen esperando. La reconfiguración que está tomando la sociedad global, viendo la importancia definitoria de las nuevas tecnologías de control y la guerra cibernética como fundamental en el mantenimiento de las sociedades, abren un interrogante en cómo sería posible hoy una revolución socialista en un solo país, cómo lograrla y, más aún, cómo mantenerla.
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El capitalismo, como sistema, no puede dar soluciones a toda la humanidad, porque su misma esencia se lo impide. De todos modos, parece cada vez más fuerte, más sólido, aunque Estados Unidos pierda cierta hegemonía, y las posibilidades de colapsar ese sistema para ir hacia una sociedad socialista se ven bastante lejanas hoy, complicadas. Las luchas de clases siguen siendo el motor de la historia; la pregunta capital en este momento es cómo hacer para trascender el actual modelo, que se muestra tan cerrado. La acción -a todas luces condenable- de Washington hacia Venezuela muestra que la fuerza bruta -expresión, en definitiva, de esa lucha de clases- sigue siendo "la partera de la historia".