El Dalai "Lame" y Sai Baba invaden Galipán

La ya requeteconocida escena del gurú solicitándole a un niño que le chupe la lengua, la construcción en una zona que es parque nacional de unas inmensas fortalezas, una de las cuales es un templo de Sai Baba, y el conocimiento de las proporciones de la red de corrupción que ha venido develando el gobierno, son tres situaciones que pueden ser agrupadas bajo un solo concepto: abuso. Un abuso inmenso, espantoso y detestable. Son cosas que igual provocan asco, indignación y rabia. Que reúnen trascendencia y obscenidad, como escenas de un extraño infierno propio de un delirio reseñado por un esquizofrénico.

Eso de chupar lenguas ajenas (o que le chupen a uno ese músculo sensible y húmedo) es una deliciosa práctica entre adultos o adolescentes. Hay que reconocerlo. Hasta hay un verso del inolvidable Oscar D´León que ha eternizado tal placer oral. Canta el sonero: "no me hales la lengua, mamita santa/que me la rompes…" Lo cual sugiere que el chupado de la habladora es ejecutado con fruición y puede llevar hasta la frontera del dolor que, según algunos tratadistas, es el borde óptimo del máximo placer.

Pero lo que para adultos es altamente recomendable para conseguir en esta vida al menos el breve paraíso del feliz masaje mutuo de los dos cuerpos flexibles e impregnados de jugos orales, constituye la evidencia clara de una perversión asquerosa, la pedofilia, cuando un adulto, un anciano en el caso del Dalai Lama, se lo propone a un pequeño de cinco años. Queda entonces sellada la relación inconsciente entre esta práctica abominable y los hombres que pretenden estar cercanos a la Divinidad, como los sacerdotes de la Iglesia Católica, donde los casos de abusos infantiles hacen ya legión. Motivos tiene ese meme que circuló en las redes donde un cura mira con desagrado, no la lascivia con el pequeño, sino la disputa de un espacio de placer prohibido con un budista tibetano.

Del Dalai Lama ya se conocía el ser producto de una sociedad feudal en la cual él era servido por esclavos desde su infancia, donde además las mujeres no tenían ningún derecho; ejercer el nepotismo para imponer familiares en el parlamento tibetano en el exilio indio; sus simpatías hacia políticos europeos ultraderechistas y hasta de tendencias nazis; sus lobbyes con los más frenéticos militaristas anti chinos. Por supuesto, era más conocido por representar un pueblo pequeño avasallado por el poderío de la China comunista, lo cual le granjeó una imagen edulcorada en Hollywood, sus alrededores globales y hasta en una agradable canción del grupo Mecano. Pero esto de gustar de los niños para depararse momentos de placer lascivo, es algo nuevo. Lo coloca al lado de los curas católicos abusivos y esto merece toda la repulsa posible.

Descreo del lado trascendental de los estados místicos. Entiendo que tienen que ver más con la fisiología y ciertas conexiones sinápticas del cerebro que tienen lugar en área septal (justo detrás de la nariz) del cerebro. Posiblemente el gusto de muchas personas por escudriñar esos territorios de las experiencias pseudo trascendentes, sea tan solo una reacción al stress y la mezquindad de su pobre vida cotidiana. Por ejemplo, las personas que, como dice Borges, "viven entregados a la política, en el sentido más suramericano de la palabra; es decir, viven para conspirar, mentir e imponerse", supongo que sienten de vez en cuando, en los momentos de cansancio o contrariedad (¿o de tristeza?), esa necesidad de sentir directamente la Divinidad, palabra que etiqueta esas experiencias de plenitud psicodélica. Nietzsche habló del ascetismo místico como el intento de la voluntad de poder de dominarse a sí misma, con la más abyecta crueldad, con el placer del sádico o del masoquista. También habló de que ese pensamiento aéreo surge en la feria humana cuando está agotado de las batallas y las marchas forzadas. Quizás.

Quizás un psiquiatra inteligente (cosa que le reconozco a Jorge Rodríguez) entienda claramente el arrebato místico que ha conmocionado las cercanías de Nicolás Maduro y su Cilita. Por un lado, vimos a Nicolasito poseído por el Espíritu, dando alaridos de aleluya y adquiriendo los dones de lenguas y de curación, que caracterizan las reuniones de los Pentecostales, secta de origen norteamericano con rasgos apocalípticos, shamánicos y gnósticos por igual. Apocalípticos porque todos esos grupos originados a mediados del siglo XIX en los Estados Unidos, han dado en muchas ocasiones fechas muy concretas de la Segunda Venida de Cristo, con su Armagedon y Juicio Final correspondientes, cuando los elegidos (o sea, ellos) subirán a las nubes con el Señor. Shamánicos porque adquieren superpoderes cósmicos cuando rozan a la Divinidad y entran en una violenta nota de eufóricos y temibles aullidos; lo ya dicho: don de lenguas y de curación. Gnósticos, porque, como explicaba Bloom, las "religiones norteamericanas" creen que los estadounidenses y sus sectarios tienen, en lugar de almas, destellos divinos que los hace tan especiales y "elegidos".

Otro lado de este arrebato místico, es el conocido culto a Sai baba que profesa la pareja presidencial. Es tal su fervor hacia este dios encarnado en el remoto territorio indio, que crea de la nada joyas preciosas y desprende un rico aroma de jazmín cuando se le invoca, aun habiendo muerto ya hace unos años, que han erigido un gigantesco templo en plena Galipán, en una zona que legalmente es un parque nacional. La pequeña comunidad de cultivadores de flores ha visto como trancan las callecitas para permitir el paso de grandes camionetas de vidrios ahumados, para permitir el paso de altos jerarcas del gobierno, para rendir culto al Sai Baba.

Por supuesto, el culto a Sai Baba emana de una cultura religiosa tan tolerante como el budismo, donde no hay prácticamente dioses, al estilo judeo cristiano, sino que todas las personas pueden alcanzar en principio su propia "iluminación" a partir de una intuición extraordinaria, tras meditar abundantemente en las Cuatro Verdades: que la vida es sufrimiento, que la raíz del sufrimiento es el Deseo, que el Deseo debe extinguirse…y me falta una, que se me olvidó…

Por supuesto, en Venezuela, hasta ahora, hay legalmente libertad de cultos. Aquí cualquiera puede creer en cualquier cosa, o no creer, como es mi caso, sin por ello merecer la hoguera. Lo que produce una reacción parecida de asco, indignación y rabia, similares a las provocadas por la lengua del Dalai, la red de corrupción que viene revelando una secreta policía controlada directamente por el presidente dejando de lado mecanismos sin ya ninguna propiedad ontológica como la contraloría, y la pedofilia de los curas de todas las religiones, es la constatación del abuso de utilizar las creencias de las pobres gentes que buscan en una violenta nota mística la salida a los sufrimientos de este mundo, con un abundante financiamiento, así como es abuso acabar con un parque nacional para rendirle culto a Sai Baba.

Digo: ¿y por qué no le prenden velas en algún rincón de la Casona o de Miraflores? Al menos así nos evitamos el calarnos que esta gente nos siga sacando la lengua.



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Jesús Puerta


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