Cuando en la historia de Europa se pasó de la llamada "Edad Media" al "Renacimiento", nadie se dio cuenta. En todo caso, había un sentimiento generalizado de que las cosas estaban cambiando, y rápido, pero nadie (o muy pocos sabios) se imaginaban hacia dónde iban los tiros. En la historia de Venezuela, de apenas unos dos siglos, la cosa se facilita porque, como lo presentaron los historiadores Francisco Herrera Luque y Roberto López, hay unos "reyes de la baraja", unos personajes notables, caudillos, líderes, que señalizan el cambio de época. López en su libro agrega a Chávez en la cuenta de figuras resaltantes. Por eso en varias partes he explicado que el "chavismo" puede interpretarse como tres cosas distintas: como movimiento político (con su "ideología" heterogénea y cambiante), como gobiernos con sus ejecutorias y como etapa histórica.
Como señaló otro historiador notable, Manuel Caballero, Venezuela ha atravesado varias crisis históricas. Como tales cuentan el conflicto por la independencia, la Guerra Federal, el guzmanato, Castro y Gómez, el perezjimenismo, la democracia representativa, hasta culminar en el chavismo (o "chavecismo" como dice malhumorado el Dr. Fuenmayor). Es interesante este enfoque porque los "reyes de la baraja" son solo los símbolos de una resolución temporal de una crisis histórica. Como se sabe, Chávez y todo lo que ha representado como movimiento político y gobiernos, resultaron de la crisis política, social y económica del bipartidismo, que, además, coincide con un ciclo de auge y caída de una bonanza petrolera. Esto último es una constante de la historia venezolana desde las primeras décadas del siglo XX, ciclos petroleros que corresponden a desarrollos sociales y económicos, cada uno con su correspondiente clase dominante que se aprovecha de la renta petrolera, raíz del "rentismo", círculo vicioso de nuestra historia.
Mi tesis es que, con la intervención norteamericana del 3 de enero de 2026, entramos en el ocaso del período chavista, declinación compleja y conflictiva, pero irreversible. Esta es profunda. No se puede reducir a un nuevo ciclo de caída del rentismo, porque hay una descomposición social importante (casi el 60% de la fuerza laboral se ubica en la informalidad, la miseria), un quiebre de la legitimidad, una descomposición político-institucional (violación sistemática de la Constitución, control arbitrario de todos los poderes públicos, colapso de instituciones como el sistema educativo, salud, universidades), económico (estado ruinoso de toda la industria, empezando por el petróleo, las industrias básicas, etc.), penetración del crimen organizado y elementos extranacionales (no solo la intervención norteamericana, sino la presencia cubana y del ELN, además de la influencia china, rusa e iraní, etc.).
Ya se ha demostrado que, aunque el chavismo es una estructura de poder legal y extralegal, jerárquica, piramidal, autoritaria, tiene la capacidad de sobrevivir incluso en situación de decapitación. Se evidenció con la muerte de Chávez en 2013 y, ahora, con la captura de Maduro y Flores. Pero estas decapitaciones significan cambios importantes, más allá de los giros tácticos que se produjeron desde 2006 ("socialismo del siglo XX", propuesta de reforma constitucional). No es casualidad el cambio en el elenco de la camarilla en el poder, luego de la desaparición del caudillo, que ha justificado la observación de que, a partir de entonces, salió su círculo más cercano de colaboradores (Giordani, Navarro, Ramírez, etc), para ascender otras figuras, que se condensaron en el grupo de los seis (Maduro, Flores, Cabello, Padrino y los hermanos Rodríguez, aparte de "estrellas caídas" como Tarek El Aissami). Pero los cambios fundamental se expresaron con la violación sistemática de la Constitución desde 2017, y el viraje hacia medidas económicas neoliberales en 2019: dolarización, eliminación de los derechos laborales, ZEE, medidas de mercado, inicio de la privatización. Incluso, los contratos secretos que validó la Ley Anti bloqueo, que se saltaban normas legales, y la explotación del arco minero del Orinoco.
El hecho de que el aparato de poder chavista- madurista continúe activo aun decapitado, se debe a varios factores: a) la inercia ideológica y psicológica de su base social, de sus seguidores en la población, b) el hecho de que es una especie de federación de grupos de poder, más o menos especializados: los políticos profesionales, la burocracia incrustada en el Estado, los directivos de orientación más o menos técnica, los militares, los policías, etc., c) la presencia de varias tendencias político- ideológicas en el seno del movimiento. El chavismo como movimiento político inicialmente fue aluvional y heterogéneo. Albergó a diferentes corrientes de izquierda, de derecha, arribistas y oportunistas; pero una vez adentro, fueron perdiendo mucha de su identidad ideológica, en medio de un ambiente de caudillismo, de culto al "Comandante". Por eso, no hubo divisiones de izquierda o de derecha, sino desprendimientos de grupos e individualidades en el tiempo (los ex ministros, Marea Socialista, movimientos consejistas, intelectuales y líderes populares) que, luego de ser identificados como "chavismo crítico", no lograron nuclearse en una sola fuerza.
De modo que el chavismo sí mutó a madurismo. La aparición de un "chavismo crítico" lo atestigua. Incluso la persecución contra grupos de izquierda lo confirman. Se configuró un autoritarismo con políticas neoliberales (un neoliberalismo de conveniencia, no de doctrina), con claros rasgos fascistas: discurso nacionalista, control partidista sobre todas las instituciones y organizaciones de base social, imposición del terror estatal, óptica corporativista (evidente en la estructura de la "Constituyente" de 2017), etc. Todo eso resumido en una fórmula reñida con cualquier teoría revolucionaria o de izquierda: la unidad policial-militar. La tradición marxista se refería a alianzas de clase entre la obrera y los campesinos o la burguesía nacional, por ejemplo. Douglas Bravo, de quien el chavismo se robó la fórmula del "árbol de las tres raíces", habada de una unidad cívico- militar- religiosa, pero dentro de un planteamiento insurreccional.
Tal vez esa mutación del chavismo- madurismo, de un movimiento aluvional popular reivindicativo, de democracia participativa, a unos gobiernos autoritarios neoliberales corrompidos, tenga que ver con una constante histórica observable en los regímenes socialistas del siglo XX, de una degeneración burocrática que llevó al surgimiento de una nueva clase opresora, como lo han analizado teóricos tan diferentes como Trotsky, Mao y Djilas. Pero hay un detalle importante que nos indica que debemos orientar la reflexión hacia otro lado: los gobiernos chavistas nunca fueron socialistas. No se avanzó un paso hacia el socialismo, ni siquiera en su versión degenerada del siglo XX.
La propuesta de nueva Constitución, ya esbozada en 2006, y retomada en el discurso de Maduro desde 2024, luego del fraude electoral que violó el principio de la soberanía popular, más bien era un proyecto de Estado Totalitario, ultracentralizado, que respondía únicamente a la necesidad de aferrarse al poder "por las buenas o por las malas", dispuestos a entregar todas las riquezas del país a cambio de reconocimiento, como se evidenció por las conversaciones de Maduro con Trum (informadas por este último), y ahora la opinión que ciertos comentaristas maduristas esbozan, de que el nuevo plan de los virreyes del imperialismo norteamericano ya estaba en la intención del acusado en Nueva York. Cuántas maromas retóricas, saltos mortales lógicos, contradicciones y enredos argumentales, se han visto forzados a ejecutar estos propagandistas, para terminar adecuándose al ánime donde Cilia Flores aparece con la cara de "Candy Candy" entregándose a u marine para acompañar a su amado bigotudo, cuyos superpoderes demostraron una ineficacia terrible, lubricada con una sospechosa inefectividad militar, en la derrota más espectacular de la habladera de guevonadas de los jefes militares y políticos.
De modo que estamos en el ocaso de una etapa histórica. Entre todos debemos contribuir a que se abra otra época, donde sea posible la reconstrucción nacional, la democracia e, incluso, la recuperación de la soberanía nacional y popular, hasta ahora tan pisoteada por los imperialismos (norteamericano, chino, ruso) y los esbirros de la dictadura. Hay que levantar las banderas de la restitución de la Constitución como programa mínimo para nuclear lo que podría ser la nueva Venezuela.