A veces cuesta creer lo que nos dicen

Mi amigo el portugués angoleño se revela

Este primero de enero de 2010, tuve el placer y la buena nueva de verme y compartir con mi amigo el portugués angoleño, unas cuantas horas en Playa Zaragoza, y en un ritual fecundo de codos empinados de amistad brindamos nuestro encuentro con la dicha de estar vivos libando un buen escosés activado con exquisiteces margariteñas sacadas de las profundidad de sus lágrimas marinas y, en esa afinidad de familias, vimos morir el sol entre trago y trago que sin compasión alguna irritó la íntima faena que finalizó en discusión política, para reventar con la vista las olas que el mar nos disparaba con furia de libertad, mientras los ánimos se caldeaban al rojo vivo entre nosotros, lo que no estaba tachado en nuestra agenda de amigos y, como él trabaja a tiempo completo todos los días de la semana como ejecutivo de ventas de albergue para turistas, clase media hacia arriba, se codea a diario con los escuálidos más recalcitrantes que lo visitan para comprar el ocio que ampare sus vacaciones que generalmente sale de las costillas de Gobierno Nacional de los contratos.

Y él como buen alumno asimila sus dádivas venenosas y conciertos de entredichos y acusaciones para después tirárselas al primero que pasa cerca y así la cadena se extiende de eslabones que andan sueltos en el ámbito nacional.

Me vomitó como preámbulo de la cadena de mentiras de su orgullo que este Gobierno no ha hecho nada, pero lo que se dice nada, a no ser regalarle a otros países el dinero de ellos que son los que pagan impuestos y tienen derechos en la industria petrolera. Sobre el particular le enumeré todo lo logrado, sin llegarlo a convencer de la ceguera que carga encima y, sin respirar me barajó la mano con una perla que sacó de su tesoro oculto del silabario vernáculo que lleva en su interior con su carga emocional que reventó como una ola que apuñala por la arena y es que, le oí decir con toda su parsimonia de portugués ya margariteño que: “Sabías que CONVIASA se compró no hace mucho una avioneta que hubo de seleccionar de tres tipos A, B y C en el mercado que estaban en venta en dólares y continuó, La A nueva, 30 millones, la B más o menos, 15 millones y la C destartalada, 10 millones y, sabes lo que pasó papito, oye y te cuento con lujo de detalles, pero primero échate un trago –siguió hablando el portugués-, vino la orden de alguien de que se comprara la tipo C por el precio de A, ¿cómo te quedó el ojo , ah? ¿Sabes cuánto se ganaron esos troncos de revolucionarios que tú apoyas y defiendes –así mismo, me lo cantó? Veinte millones. Oíste bien: Veinte millones y, búscate una calculadora y multiplica 20 millones por el precio actual del dólar que, lo más seguro ellos fueron a parar al mercado negro”. Lo único que acerté a decirle: no sé multiplicar sólo sumar. Y, él muerto de la risa, se atrevió a decirme, “¿quieres que te cuente más? Sigue oyendo, me dijo, los mecánicos se alzaron y dijeron que no la repararían, eso por pocos días, porque bajito les dijeron, o la arreglan o están botados todos y, no te imaginas lo otro, ninguno renunció, demostrando que más puede la autoridad que la razón de la honestidad y por allí se llega a la complicidad y, no se denuncia al corrupto”, me resaltó el angoleño portugués, mi amigo de años que ahora habla buen margariteño y viste a la moda en nuestro país, según él quebrado.

Me contó tres o cuatro casos más que me los tragó en consideración del espacio y del tiempo, pero …, revolotean en mi arrechera oculta

Para cerrar la ronda de la tertulia playera, le pregunté: ¿Y la avioneta portu? Debe de andar volando –me respondió- con una sonrisa angoleña y yo, como buen malcriado me la comí en silencio para referirlo tal me lo informó con varios escoséses entre ola y ola.


estebanrr2008@hotmail.com


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Esteban Rojas


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