(Razonando con la clase media a propósito de la estupidez)

El asunto de la verdad

Compañeros de clase:

Seguramente les parecerá una imprudencia meterme, y además con todos ustedes, en ese reino ampuloso y enrevesado de los filósofos. Pero sepan que lo hago gracias a la licencia que nos entregó Feuerbach a todos los humanos. ¿Qué quien era? Nada más y nada menos que aquel aventajado discípulo de Hegel que convirtió en polvo cósmico a su ilustre maestro, y de paso a todos los habitantes del reino, cuando iluminó el mundo con su avasallante: “fuera de la naturaleza y los hombres no existe nada” (y por favor, no metan aquí el rollo de género).

No tienen que ponerse en guardia, no voy a requerir de ampulosidades y enrevesamientos para hurgar en las penurias mentales que castiga a nuestra clase, sobre todo a la que ha sido derechizada, que es, en definitiva, a quien va dirigida esta carta y que forman la mayoría dentro de la clase. (No me meto aquí con los ricos, pues, ser de derecha es parte de su propia naturaleza, por eso son ricos).

De todas maneras absténganse los iniciados. Esta introducción y el tema mismo, les puede sonar fuera de lugar. Ellos saben que luego de 1848, el asunto de la verdad sólo ha sido preocupación de los idealistas que sobrevivieron a ese cataclismo. Pero una cosa es que la discusión quedara filosóficamente liquidada y otra que, debido a la influencia que continúa ejerciendo el conservadurismo sobre el espíritu de nuestra clase, nos encontremos con la perplejidad cuando exclamamos: la verdad no existe, la mentira sí. Pues bien, escuálidos legos, lo lamento pero es así: no hay verdades, sólo hechos, y las interpretaciones y embrollos que de ellos hacemos, los de derecha como ustedes y los de izquierda como yo.

Tienen que saber que los hechos son sucesos que no pueden ser cambiados. Voy a darles un ejemplo (y así dejar el contoneo academicista): es un hecho que aquel once de abril, civiles y militares de la derecha se confabularon para derrocar al Presidente, sin embargo, llevamos nueve años oyendo a esos confabulados y simpatizantes (ustedes entre ellos), decir que lo que hicieron fue llenar el vacío de poder. Y entiendo que eso ocurra, la realidad nos habla de la existencia efectiva de fenómenos o acontecimientos pero no de sus razones. Esta ausencia de linealidad entre fenómeno y valoración, nos lleva a percibirlos de maneras diferentes. Los necios, y los de espíritu sencillo que se mantienen flotando en la superficie, muy rápidamente y sin pruebas objetivas, los transforman en convicciones. Pero es al revés, entender la realidad obliga a un razonamiento profundo confrontado con la práctica social, y eso significa bucear.

Lanzado ya en el vértigo de los ejemplos les cito otro que es muy actual: es un hecho absolutamente real que el 26 de septiembre pasado hubo elecciones para diputados. También lo es que esas elecciones fueron regionales y sus resultados sólo tiene valor regional. Pues bien, la derecha, aviesamente a posteriori, decidió que esos resultados fueron un plebiscito y sumaron los votos de todas las regiones, diferentes a los del partido de gobierno, para anunciar su “verdad”: ¡somos mayoría! Y ustedes se lo creyeron olvidando una vieja lección campesina y también aritmética: cada fruta va en su canasto.

Sé que ustedes aprendieron desde muy jóvenes (la clase media siempre ha ido a la escuela) que peras y manzanas no se suman, y también sé que la efectividad de la televisión para crear opinión pública es mil veces mayor que la escuela. Pero, caramba, no imaginen que la opinión se crea de manera natural y espontánea. Ella se diseña, se construye y se maneja. Lo hace la gente que tiene algún poder, sea político, mediático o religioso, o los tres juntos. Comúnmente ese es el caso de la derecha que, además de partidos y gremios, cuenta con la iglesia y los medios de comunicación.

El poder mediático les ha ofrecido liberarse de la difícil tarea de pensar. Si se olvidaron de aquel viejo eslogan de Ars Publicidad: “déjenos pensar por usted” pregúntele como es la cosa a los muchachos de manos blancas que fueron un día a hablar a la Asamblea Nacional. Y la iglesia, bueno, meterme con el culto es más delicado, la mayoría de ustedes creen en algún dios, y entregados así a una voluntad superior, cualquier fenómeno no fácil de entender tiene origen divino. Solo les digo que no pueden andar por ahí buscando afanosamente milagros que certifiquen la certeza de sus creencias, en ese estado de indefensión cualquier mancha de humedad en una tablita termina siendo una señal del cielo.

Hasta aquí llego con el asunto de la ideología, eso que ustedes imaginan que es una manía de los comunistas (les pasa así porque ustedes creen que hay un mundo real y un mundo de izquierda). Hablemos ahora de la mentira, que no tiene nada que ver con la interpretación sincera, o ingenua, o deliberadamente interesada, de un hecho, sino con el ocultamiento conciente de esos hechos, con el engaño fabricado y con la adulteración aviesa de la información; ella, sólo es utilizada por dos tipos de personas: los estúpidos, que igual pudieran andar por ahí diciendo que la fuerza de gravedad no existe, y los perversos, que conociendo las consecuencias de tal estupidez incitan a la gente a saltar. Cuídense de ambos.

Sé que tenemos mentirosos de este lado, sin duda que los hay, para mi gusto en demasía, pero ustedes tiene a los dos tipos de mentirosos entre sus lideres. En el primer grupo están las nuevas generaciones de políticos, gente como María Corina Machado y Julio Borges, que no han podido entender aún la diferencia entre la televisión y la realidad (no sé si su estupidez se lo permitirá algún día). El segundo grupo es el de los veteranos estafadores que ven el escenario político como si se tratara de un casino en Las Vegas. Aquí Ramos Allup es inigualable. A él no le tiembla la voz para ofrecer convertir los sueños de terciopelos, neón y dorados, en realidades.

Pues bien, luego de hacer todo este esfuerzo discursivo para ustedes, y asumiendo que algo quedará, así sea el aborrecimiento, voy a finalizar pidiéndoles que hagamos un trato: no mande esta carta a la trash, consérvenla en el desktop y en diciembre del 2012, cuando de nuevo se tengan que comer sus hallacas con Chávez, reléanla y puedan así mandarme sus reconocimientos por alertarlos a tiempo (o, en todo caso, sus maldiciones).


jmrr44@hotmail.com


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José Manuel Rodríguez


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