
En plena víspera de Navidad, cuando Francia se disponía a bajar la guardia de cara a las fiestas, ocurrió algo que me sacó de golpe del letargo festivo. La revista satírica Charlie Hebdo, conocida mundial y trágicamente por haber sido víctima de un ataque islamista en 2015, publicó una caricatura… de mi persona. Una caricatura espantosamente racista. Con una ancha sonrisa dentuda y una boca enorme, el dibujo me muestra bailando sobre un estrado ante un público de hombres blancos partiéndose de risa, adornada con un cinturón de plátanos sobre un cuerpo en gran parte desnudo. El título: "El Show de Rokhaya Diallo: ridiculizando el laicismo en todo el mundo".
Pasmada ante la violencia de esta grotesca viñeta, la compartí en redes sociales junto con un breve análisis: "Al reproducir imágenes propias de la era esclavista y colonial, Charlie Hebdo vuelve a mostrarse incapaz de interactuar con las ideas de una mujer negra sin rebajarla a un cuerpo bailando ‒exotizada, supuestamente salvaje– adornado con los mismos plátanos que se arrojan a las personas negras que se atreven a entrar en la esfera pública."
La referencia a Josephine Baker era tan obvia como irrespetuosa e incomprensible. Una de las representaciones más icónicas de esta bailarina, actriz y activista nacida en EE UU, mostraba a Baker, en la década de 1920, con una falda (de goma) formada por una ristra de plátanos, en una época en que Francia se mostraba orgullosa mostrando lo que consideraba su superioridad sobre los territorios de su imperio colonial. Sin embargo, Baker era mucho más que el acto cuya carga erótica ella eligió deliberadamente para subvertir esas ideas mediante posturas exageradas y grotescas. Formó parte de la Resistencia francesa, galardonada con los máximos honores militares de Francia, la única mujer que habló ante la Marcha sobre Washington en 1963 encabezada por Martin Luther King y la única mujer negra enterrada en Le Panthéon, el mausoleo nacional reservado a las grandes figuras francesas. Por eso me consternó ver la leyenda Baker rebajada a una mueca grotesca, propia de un espectáculo ridículamente exótico.
Apenas publiqué mi reacción, se disparó la controversia. Millones y millones de comentarios en mis redes, reacciones de indignación y contenidos analíticos escritos en varios idiomas para denunciar la inspiración colonial de la imagen. Recibí un grado de atención y apoyo que no podía imaginar cuando manifesté mi disgusto por primera vez.
Sin embargo, en lugar de reconocer el racismo evidente, Charlie Hebdo recurrió a la forma más torpe de descalificación. La revista respondió a la ola de protestas acusándome de "manipulación" –algo con lo que supuestamente estoy familiarizada– y afirmando que yo había "distorsionado" la imagen al presentarla "separada del texto" que la acompaña. Como si cualquier artículo adjunto pudiera justificar el uso de semejantes imágenes despreciables.
El artículo en cuestión me acusa de ser la "princesita de América" que opera desde plataformas extranjeras como The Guardian para ensuciar lo que llaman "mi país de nacimiento", una fórmula que en mi opinión insinúa que no soy plenamente francesa. Como mujer negra musulmana soy muy consciente de que cualquier crítica pública a Francia se considera rutinariamente una traición de la hija desagradecida de inmigrantes. Sin embargo, incluso dejando de lado esta contextualización tóxica de mis posiciones, el artículo no demuestra ninguna relación coherente –sea política, histórica o simbólica– con Josephine Baker. Está claro que no tiene absolutamente nada que ver con Josephine Baker, ni con plátanos.
El elemento más absurdo se encuentra en la conclusión de Charlie Hebdo, donde la revista afirma que es una "publicación antirracista, feminista y universalista" que, desde su punto de vista, es de lo que le "culpo". En una jugada que Francia ha perfeccionado, un equipo editorial compuesto exclusivamente por personas blancas defiende una viñeta racista dibujada por un hombre blanco y vuelve la acusación contra la víctima negra –autora de una veintena de libros y documentales sobre raza y género–, tachándola de persona hostil al antirracismo y al feminismo. Sería gracioso si no fuera tan patético.
En el mensaje en que denuncié esta viñeta, también escribí que "este espantoso dibujo pretende recordarme cuál es mi sitio en la jerarquía racial y machista", porque comprendía plenamente qué subyace a a esta divisa. Desnudándome y presentándose en una postura humillante de manera que me desacredita como interlocutora legítima, me recuerda el destino impuesto a mis ancestros, cuya humanidad les fue negada.
Josephine Baker debutó como bailarina en París a los 19 años de edad. Antes de su muerte en 1975, fue actriz de cine, la mujer más fotografiada del mundo, pilota, espía para Francia –la nación que hizo suya– y activista antirracista, entre otras muchas cosas. No obstante, Charlie Hebdo se ha mostrado incapaz de invocarla de una manera que no sea rebajarla a un cuerpo desnudo adornada con prendas coloniales.
Y lo que aquí importa es que nuestras trayectorias tienen poca cosa en común. La decisión de relacionarme con una mujer de 19 años (yo tengo 47) que alcanzó la fama hace un siglo en una actividad que no tiene nada que ver conmigo, revela hasta qué punto la supremacía blanca hace que las mujeres negras sean intercambiables.
En esta controversia, la cuestión no solo se circunscribe a mi persona, sino a todas nosotras que día tras día nos enfrentamos a la misoginegra –la combinación de violencia machista y antinegra teorizada por la académica Moya Bailey– que afecta a cualquier mujer negra que se atreva a abandonar el papel secundario al que las sociedades poscoloniales persisten en tratar de confinar.
Charlie Hebdo trató de castigar a una mujer que ellos consideran demasiado audaz y a una persona negra que no recurre a medios franceses para hacer que se oiga su voz. No es casualidad que entre los miles de mensajes de apoyo que he recibido –incluida una declaración de la histórica Ligue des Droits de l’Homme– había uno de la exministra de Justicia francesa Christiane Taubira, la primera mujer negra en ejercer este cargo en 2012.
La propia Taubira sufrió algunos de los ataques racistas más feroces, incluida una infame viñeta de Charlie Hebdo. Con su aplaudido dominio excepcional de la lengua, Taubira tachó el dibujo de "intelectualmente empobrecido, visualmente soso, estilísticamente anodino, semánticamente mediocre y sicológicamente obsesivo".
Al tratar de desacreditarme como partícipe legítima del debate público, Charlie Hebdo también ha puesto de manifiesto su deseo de no discutir en pie de igualdad. Al intentar humillarme, la revista se ha pringado a sí misma y ha envilecido la libertad de expresión misma de la que se había convertido en símbolo.