I. Introducción: La situación actual de España y su potencial geopolítico
En la actualidad, España atraviesa una fase de declive político y económico, que se ha acentuado especialmente desde el atentado contra el Almirante Carrero Blanco en 1973. Este evento marcó un punto de inflexión que redujo al país a un Estado de tercer orden, con una influencia internacional menguante y una soberanía debilitada, comparable a la de las antiguas colonias. El crimen cometido contra la persona de Carrero y sus tres acompañantes, formalmente atribuible a la banda terrorista separatista vasca ETA, siempre ha despertado todo género de dudas y sospechas. Las más moderadas tienden a destacar lo increíble que resulta que la CIA no tuviera conocimientos sobre la preparación del atentado y la extrañeza ante el hecho de que el Almirante no gozara de mayor protección, habida cuenta del alto grado de infiltración y control de que gozaban los norteamericanos –la CIA- en la España de entonces, como en la de ahora. El hecho es que las reticencias soberanistas españolas que pudiera representar la figura de Carrero, quedaron neutralizadas con este magnicidio.
Sin embargo, la posición geográfica de España —ubicada en una región crítica del mundo— le confiere, en sí misma. un potencial geopológico intrínseco que no ha sido aprovechado, debido a este mismo declive. Este artículo sostiene que, a pesar de su decadencia casi crónica desde la época de los Austrias, España posee las condiciones objetivas para recuperar su estatus como potencia media, siempre que cuente con un liderazgo fuerte y una política exterior independiente.
II. Factores históricos del declive español: injerencias externas y debilidades internas
La pérdida del imperio universal que España detentó entre los siglos XVI y XVIII marcó el inicio de un proceso de decadencia que la llevó incluso a convertirse en un Estado-nación fallido durante el siglo XX.
En este punto conviene aclarar que España "no tuvo un Imperio": lo correcto sería decir "España fue un Imperio". La síntesis de los reinos medievales hispánicos, catalizada a partir del Reino Asturiano y germinalmente acaecida en la Gesta de Covadonga (722) fue una transformación de naturaleza aglutinante, no absorbente. El resultado imperial formalmente dado con la Unión lograda por los Reyes Católicos (1479) fue de tipo aglutinante y ello fue así también en lo que respecta a las incorporaciones americanas. En diversos escritos hemos explicado la diferencia entre Imperio absorbente e Imperio aglutinante. Véanoslo ahora de forma apretada.
Absorbente, a la manera anglosajona, por ejemplo, implica que en un imperio se da la reproducción y calco de una plantilla o paradigma inicial impuesta –normalmente de forma violenta, por exterminio pero también por aculturación desigual, a otras realidades étnicas. Yendo a la Antigüedad, el comportamiento de Roma nos parece absorbente con respecto a etnicidades que los romanos percibieron –con razón o sin ella- como inferiores (celtas, iberos, germanos) en sus conquistas europeas, pero los mismos romanos fueron más aglutinantes en las provincias "civilizadas" de Oriente.
La distinción entre imperios que manejó mi profesor, el filósofo español Gustavo Bueno es muy diferente, y en ella se contiene una valoración moral, que es inapropiada para el realismo (geo)político que queremos mantener. El autor riojano se refería a imperios "generadores" (moralmente superiores) para describir estructuras que "generaban civilización" a partir de una matriz previa, como Roma o España, despojando de valor o integrando como meras partes materiales a las culturas vencidas. Los romanos, así, habrían acabado (positivamente, en lo ontológico y en lo moral) con la "barbarie" celta (que incluía escaso desarrollo urbano y escritura, eventuales sacrificios humanos), de un modo análogo a como los españoles eliminaron (positivamente también) el canibalismo y la agrafía de las civilizaciones precolombinas de América, que sí conocieron ciudades y organización estatal pero vivían con una tecnología neolítica y al margen por completo del "área de civilización helénica" [1].
España fue aglutinante en la península durante siglos, hasta la imposición de la ideología liberal en el siglo XIX, con respecto a sus propios territorios y con respecto a sus diversas peculiaridades étnicas, forales, lingüísticas. Aglutinante quiere decir que se crea el Imperio asimilando realidades étnicas y jurídico-políticas muy diversas, integrándolas sin destruir y asumiendo porciones valiosas de ellas para forjar una unidad superior. Así se hizo España en la Reconquista, y así continuó su desarrollo imperial después de 1492, aunque con matices.
El hegemonismo castellano está circunscrito al intervalo entre el siglo XIII y el XVIII, y no es un requisito eterno (aunque sí esencial) para la Hispanidad y la Españolidad. No pudo funcionar como plantilla única para crear realidades superiores, "supra-castellanas", aunque tuvo ese momento dorado entre fines de la Edad Media y la llegada de los Borbones. En cuanto a la España americana, la distancia étnica y cultural con respecto a las culturas y civilizaciones precolombinas era mucho mayor y, de manera análoga a Roma, el comportamiento oficial o formal del Imperio -o Monarquía Hispánica- fue de tipo más absorbente con respecto a las culturas indias: las instituciones administrativas, judiciales, educativas, militares, eclesiales, etc. se "calcaron" de acuerdo con la misma plantilla que en la parte europea, y más concretamente, castellana. No fue así en el orden cultural, informal, en el plano del mestizaje y formación de familias, comunidades, etc., en donde hubo mucho más componente indígena, y la existencia de una América Española fue asimilativa, más que absorbente.
Basten estas líneas para indicar que España fue Imperio, y no se debe decir que "tuvo un Imperio", en el sentido del "imperio" anglo, francés, holandés, es decir un Estado colonial, oficialmente asimétrico, donde los dominios ultramarinos no gozaban del mismo status jurídico, administrativo y económico que la metrópoli. Esto dicho, en descargo de España como entidad histórica y en honor de la verdad, no guarda relación alguna con la "Leyenda Rosa" que algunos escritores (muchos de ellos discípulos del mencionado profesor Bueno) quieren construir contra la –por otra parte- muy inexacta y muy injusta Leyenda Negra. Todas las otras potencias europeas con dominios coloniales son más merecedoras de una Leyenda Negra, si es que España está acreditada para cargar con culpas.. Las características aglutinantes de la Monarquía Hispánica, ya presentes desde sus orígenes en la Reconquista, al menos hasta el advenimiento de los Borbones a España, con la ruptura en sus tradiciones que éste hecho acarreó, hacen de este Imperio una entidad completamente distinta de los demás.
La derrota de los temibles Tercios Españoles en Rocroi (1643), la Paz de Westfalia (1648) y ya, de manera oficial, con el Tratado de Utrecht (1713), a partir del cual ya no había un imperio declinante luchando por conservar algo de su hegemonía, sino un imperio cadavérico, en despojo, sobre cuyas partes podían lanzarse las demás potencias, marcaron un declive nacional del que ya nunca se iba a salir. España ni la América Española (que habría de ir independizándose de la Corona a lo largo del XIX). España y su área de Hispanidad fueron la carnaza de anglos y franceses.
El declive de los Austrias españoles se atenuó con ciertas reformas de los Borbones, llegando a situar a España en un lugar secundario, pero aún notable, en la geopolítica mundial dieciochesca. Como es bien sabido, la invasión napoleónica y el esfuerzo por recuperar la soberanía nacional, fueron un mazazo definitivo.
Los siglos XIX y XX son los del gran oscurecimiento, plagados de guerras civiles, de la cual la última y más sangrienta (1936-1939) fue también la más nítida expresión histórica de cómo una Patria, habiendo perdido su soberanía, y con ella, la fe en su propio ser y tradición, se convierte en juguete de poderes extranjeros. La manipulación de las masas, hecha por vía de ideologías abstractas, no fue un factor ajeno a nuestra tragedia colectiva.
Esto nos lleva a situarnos ya en la última etapa del Régimen de Franco, justo en la época (años 60 y comienzos de los 70) en la cual España había logrado ser una gran potencia industrial, no sin contradicciones y deficiencias, pero todo ello logrado con esfuerzo estatal y popular, tras el terrible subdesarrollo de la posguerra y después del baño de sangre en la contienda y un aislamiento internacional hipócrita y cruel, dado que las mismas potencias occidentales que aislaron a Franco después de 1945, o bien no ayudaron a la II República Española, o bien ayudaron subrepticiamente al Alzamiento. Las mismas potencias occidentales que no tuvieron empacho en ayudar a diversas dictaduras antes, durante y después de la guerra española y la II Guerra Mundial.
Este declive de España se acentuó nuevamente en la llamada "Transición", y no se debió únicamente a factores internos, como la ineptitud de sus élites (inepcia que aumenta cada año que pasa), sino también a las constantes injerencias de potencias extranjeras. Tras la muerte de Franco y especialmente después del asesinato de Carrero Blanco, España quedó expuesta a operaciones de desestabilización y pérdida de soberanía promovidas por actores externos, principalmente angloamericanos. Mientras que la izquierda española actual se esfuerza en teorizar sobre los derechos de los animales o de los trans, habla de huelgas de juguetes o garantías para los "okupas" y "saltavallas", hace unos años había buenos investigadores (véanse los libros de Grimaldos o Garcés) que se preocupaban de otras cosas, y señalaron documentadamente estas injerencias, sobre todo yanquis, en nuestra soberanía política, económica y militar. Señalar esto nos parece importante.
El régimen franquista y, en particular, bajo el mandato de Carrero Blanco, acariciaba un plan para convertir a España en una potencia industrial y militar autónoma (que en parte ya lo era), similar a la Francia gaullista, un plan que en gran medida se llevó a cabo aunque la oficialía uniformada y el resto de las estructuras del Estado estaban infecatdas por los americanos. Ellos tenían lacayos y oídos por doquier, en el Régimen y en la "Oposición". Este proyecto neo-soberanista incluía el aumento significativo de la clase media, un PIB nominal muy alto (el décimo del mundo en 1974), el desarrollo nuclear, la modernización de la Armada y una política exterior independiente dentro del bloque occidental (que nunca se cuestionó por su decidido anti-comunismo), pero sin subordinación a los Estados Unidos o a la OTAN. La eliminación de Carrero truncó esta vía y abrió paso al llamado "Régimen del 78" (R78), un sistema partitocrático y descentralizado que, sin duda, ha acelerado la desintegración nacional y la pérdida de soberanía.
III. La vocación atlántica de España: una visión geopolítica alternativa
Frente a la narrativa mediterránea o "africanista" de España, aquí se propone recuperar su vocación atlántica, acorde con la Larga Duración (Braudel) del ciclo histórico de la Hispanidad. Históricamente, el poder marítimo de España se forjó en el Cantábrico y el Atlántico, gracias a pueblos como gallegos, asturianos, cántabros y vascos, que no solo repoblaron Castilla durante la Reconquista, sino que también proporcionaron la base humana y técnica (marinería) para la conquista de América. Sin este sustrato norteño, España no habría podido proyectar su influencia ultramarina.
La España atlántica no debe confundirse con el "atlantismo" (anglosajón) contemporáneo, que equivale a la subordinación a la OTAN y a los intereses estadounidenses. Por el contrario, se trata de reconstruir una marina militar y mercante fuerte, capaz de operar con autonomía en el océano y de servir como puente con Iberoamérica. En este sentido, la unión con Portugal —el llamado iberismo— no es solo una cuestión sentimental (el hecho de que nos sentimos hermanos por encima de los encontronazos históricos) o una empresa cultural, sino una necesidad geopolítica. Juntos, España y Portugal formarían una potencia marítima con proyección atlántica, una "cuña" entre Europa y América que podría desafiar la hegemonía angloamericana.
IV. El papel de España en un mundo multipolar
Este artículo defiende la realidad de una emergencia de un orden multipolar, en el que bloques como los BRICS desafíen la unipolaridad estadounidense. Esta realidad se impone, y es momento de celebrarla y aprovechar la ocasión. En este contexto, España debe redefinir su política exterior: alejarse del atlantismo y la OTAN, fortalecer sus lazos con Iberoamérica y establecer relaciones de cooperación con potencias eurasiáticas como Rusia y China. La multipolaridad no es solo una opción política, sino una necesidad histórica, y oponerse a ella equivaldría a "ir contra el destino".
Todas las potencias del mundo que emergen o renacen aprovechándose del declinar de la Anglosfera apelan a la Historia para recordar quiénes son, a qué pasado y a qué muertos se deben. El progresismo –precisamente impulsado desde la Anglosfera para que ningún poder ajeno se les enfrente- insiste en que no hay deberes hacia los muertos. Esta es una gran mendacidad. Una Patria la hacen los coterráneos y los contemporáneos (Adam Müller). Que una nación sea libre, soberana, goce de ciertas cotas de bienestar o se reconozca a sí misma como una comunidad continua, no es cosa únicamente de cuántos hombres pisamos un mismo suelo, a veces coyunturalmente o por medio de un papel sellado que garantiza una "ciudadanía". Es algo más. Que esa nación sea libre y sea como ella misma es, se debe a una serie interminable luchas que se dieron en el pasado, ríos de sangre que recuerdan sobradamente que la Historia posee unas ondas de larga duración (F. Braudel), que nadie en su sano juicio –por muy iletrado que éste sea- puede olvidar.
Los musulmanes, con el papelito de la ciudadanía española o sin él, emigrantes económicos o meros turistas, legalmente establecidos o no en España, poseen una memoria colectiva y un tacto interno que los españoles de raíz ya no poseen, un tacto hacia esa Historia de larga duración braudeliana. Si habitan o visitan Córdoba o Granada, en ellos late la idea al-Ándalus y la potencialidad de "su" reconquista, siempre factible. Los que una vez vinieron como amos, pueden volver otra vez como amos. Un pueblo fuerte posee memoria.
Por el contrario, en cada español o hispanohablante a quien se le escapa de su boca la pronunciación "Maiami" o "Tecsas" para referirse a Miami o Tejas, hay evidencia sangrante de un olvido, un sometimiento colectivo inconsciente, un fracaso de la españolidad y la hispanidad. Cuando en las sudaderas y demás ropas de moda, los españoles lucen banderas británicas y yanquis, dejando a un lado (ignorando incluso) las muertes y males que tales potencias extranjeras causaron a su Patria (y a las patrias de la América hispánica), la voluntad y la bota del vencedor se reafirma, fortalece y eterniza. La visión geopolítica de la incompatibilidad estructural entre Anglosfera e Hispanidad debe tocar de lleno estos estratos subconscientes, educativos y de Historia braudeliana de "larga duración".
España, incluyendo Portugal, es una entidad que está situada en el mapa donde está, no hay elección. Su posición geográfica no hay quien la cambie. Sería deseable que se ensanchase el brazo de mar que hay entre Europa y África, pero aún así las invasiones e influencias de esa Otredad islámica y africana no cesarían, España debe asumir su destino. De igual modo, sería deseable que el Reino Unido dejara de estar unido, para que los pueblos –en parte celtas- que los componen vieran y vivieran su proximidad étnica para con gran parte de España en todos los aspectos, o sería ideal que los yanquis se curaran de su soberbia ante la gran masa territorial que ocupan en Norteamérica, de hispano linaje y substrato, y la supremacía intolerable ante la gran masa humana hispana que dominan y ante la que siguen ciegos. Mas la Geopolítica poco tiene que ver con el ámbito del deseo: poco que ver, a corto plazo, porque en la "larga duración" se observan movimientos pendulares. Lo vencido vuelve a ser vencedor, a veces, y tras siglos-
Arrighi subrayó que China fue "el primer mundo" hasta el siglo XIX, justa hasta que ese Imperio asiático se mostró ineficaz e ingenuo ante las injerencias occidentales y japonesas. Ahora el péndulo, tras un siglo largo de infamia, vuelve a beneficiar al Imperio-Nación-Civilización que es China.
España podría desempeñar de nuevo un papel clave en la nueva conectividad global, que incluye rutas árticas navegables debido al cambio climático, y el reforzamiento de las rutas marítimas entre Europa y América. La posición geográfica de la península ibérica la convierte en un nodo estratégico para estas nuevas vías de comunicación, siempre que recupere su capacidad naval y su independencia política. Este sería, por ejemplo, un primer paso, siempre dado con la certeza de que es indisociable hablar de "España" e "Hispanidad". Como dice el filósofo Dugin a propósito de su patria, Rusia: ella no es solo una nación (todo lo grande que se quiera) sino una Civilización; y como sostiene el propio Partido Comunista Chino (y no solo Xi): que China es más que un Estado: es Imperio y es Civilización…nosotros debemos sostener lo propio con respecto a la Hispanidad. La onda de larga duración obliga a que nuestro país sea visto más que un país (de segunda fila y en gran medida fracasado), sino un polo civilizacional y geopolítico, cuya masa humana y territorial más grande está, por cierto en América, no en la Península.
V. Crítica a la izquierda occidental y al liberalismo
Se debe realizar una crítica profunda a la izquierda contemporánea por haber abandonado la lucha contra el capitalismo neoliberal para abrazar agendas identitarias y progresistas que, en realidad, refuerzan el sistema liberal. El capitalismo actual es intrínsecamente ateo, anti-tradicional y destructor de los lazos comunitarios, como la familia, la patria y la religión. La izquierda, al combatir estos pilares, estaría haciendo el "trabajo sucio" del capitalismo.
Frente a esto, se propone una izquierda nacional que priorice la soberanía, la justicia social y la defensa de la identidad española. Esta izquierda debería aliarse con fuerzas patrióticas de diverso signo para recuperar el control del Estado y oponerse a la oligarquía globalista. Autores como Costanzo Preve, Diego Fusaro, Manuel Monereo y Alexandr Dugin deben ser citados como referentes de un pensamiento anti-liberal y comunitarista que podría inspirar esta renovación.
Son muchos los pensadores que han detectado cómo el capitalismo neoliberal ha comprado el discurso "izquierdista", pero en absoluto revolucionario, procedente del Mayo del 68 francés. La agenda "identitaria" del feminismo, el ecologismo, el animalismo, los "derechos" LGTBIQ+, etc. solo está sirviendo para fragmentar la lucha de los pueblos soberanos en pro de la justicia social. A través de numerosas fundaciones y ONGs extranjeras, entre otros instrumentos de poder blando, el Gran Capital angloamericano y sionista ha conseguido desviar los discursos potencialmente revolucionarios que, siendo anti-imperialistas podrían, por eso mismo, soberanistas. En España la izquierda ha ido abandonado cualquier planteamiento nacional. Está totalmente plegada al modo de hablar de los separatistas y de otros colectivos "identitarios" (en términos de identidad sexual, sobre todo) a los que no se quieren ofender, perdiendo con ello el afecto de una gran masa del pueblo. Masa que ya no ve en esos partidos y sindicatos unos instrumentos cercanos y que les defiendan. El campesino, el trabajador autónomo, el profesional de clase media descendente, el pequeño comerciante, el socio de una PYME, etc. pueden tener intereses comunes con la clase trabajadora "clásica" ("proletariado" en retirada ante una economía cada vez menos industrial y productivo).
Podrían todos estos sectores, como perjudicados que son en el proceso neoliberal y globalizador, unirse con una perspectiva nacional, viendo en el Estado no un enemigo sino precisamente un instrumento a conquistar y a utilizar como arma defensiva y ofensiva ante unas instituciones supranacionales (como la Unión Europea, en primer lugar) cada vez más arrogantes y succionadoras de soberanía. Pero esta nueva izquierda "identitaria" monta guardia y hace de fiel sabuesa del Gran Capital, procurando la desunión del Pueblo, otorgando sambenitos ("populismo", "fascismo", "nacionalismo español") a cualquier persona o movimiento que hable en términos de Soberanía.
El siniestro engaño consiste en seguir presentando como "Internacionalismo" lo que en realidad es Globalismo. Al Pueblo Español no le interesa una Internacional de LGTBIS millonarios, o una Internacional de Veganos y Animalistas neoliberales y privilegiados cuando ve que la cesta de la compra del ciudadano medio se le pone cada día más cara y los recortes sociales van en aumento. Una visión nacional y soberana es la que debe unir a los descontentos. Las pequeñas sectas y capillas benefician al Gran Capital Global, el cual es, principalmente, angloamericano y sionista. Deben caer las caretas.
VI. La cuestión migratoria y la relación con el mundo árabe
El soberanismo y la defensa del Estado nacional aborda la inmigración masiva como un instrumento geopolítico utilizado por Estados Unidos y algunas monarquías árabes para debilitar a Europa. Frente a esto, se propone una política de firme defensa de las fronteras, el cierre de mezquitas radicales y la prohibición del proselitismo islámico en territorio español.
Las relaciones con el mundo árabe deben basarse en el respeto mutuo y la no injerencia: el islam en los países islámicos, el cristianismo en los países cristianos. España debe recuperar su tradición diplomática con los países árabes, hoy casi perdida y caricaturesca, sin caer en la influencia de Israel o Estados Unidos.
VII. La amenaza marroquí y la defensa del sur
Marruecos debe ser señalado como una amenaza constante para la integridad territorial española, especialmente tras la Marcha Verde de 1975 y las incursiones en Ceuta y Melilla. Es absolutamente necio para un país soberano que éste envíe tropas a lejanas misiones de la OTAN en el Báltico o Europa del Este mientras descuida su flanco sur. La verdadera vocación de España no está en el Mediterráneo —que solo requiere una labor de contención—, sino en el Atlántico. Esta geopolítica atlántica debe enlazar con esa onda de "larga duración" iniciada en la Baja Edad Media por medio de la cual los puertos cantábricos se convirtieron en la mejor defensa de la Península por el sector norte (una vez desaparecido el peligro de los "lordomanos", vikingos y normandos) y una oportunidad para someter a la Pérfida Albión. De allí, de las Asturias de Santillana y de Vizcaya, salieron los mejores marinos y las mejores naves del momento. España habría cobrado fuerza como potencia atlántica de no haber creado en Sevilla y Cádiz unas nefastas casas de contratación y unos emporios meramente succionadores de las riquezas americanas, ya en la Edad Moderna.
VIII. Conclusión: Hacia una España soberana y atlántica
Este ensayo concluye con un llamamiento a recuperar la soberanía nacional y la potencia marítima de España. Esto implica:
1. Romper con la OTAN y el atlantismo.
2. Reforzar la armada y la marina mercante.
3. Promover la unión con Portugal (iberismo).
4. Establecer alianzas con bloques multipolares (BRICS, Eurasia).
5. Defender las fronteras y la identidad cultural española.
6. Promover un polo hispanista, geopolítico y no solo cultural, que puede encontrar en la parte austral de América su centro de gravedad.
El lema "Plus Ultra" —"más allá"— simboliza esta vocación de proyectarse hacia el océano y el mundo, recuperando el espíritu que hizo de España un imperio, entendido ahora como confederación de naciones soberanas que hablan la misma lengua o lenguas hermanas, y comparten tradiciones, entre ellas la de la Justicia Social (imposible en un régimen neoliberal de origen anglosajón y protestante). Lo que buscamos ya no es un renacido imperio español sino algo más humilde (para los peninsulares) a la vez que más ambicioso (para todo el mundo iberófono): la creación de un polo hispánico que, en contra de la estulticia de nuestras derechas e izquierdas liberales, ha de ser un polo anti-estadounidense. Solo así España podrá escapar de su condición actual de colonia y volver a ser un actor relevante en el tablero global. Tenemos que hacer síntesis de todos los elementos de geopolítica, historia, crítica ideológica y propuestas políticas, todo ello articulado en torno a una visión regeneracionista y soberanista de España.
Artículo publicado originalmente en:
https://sovereignty.com.br/security-defense/the-atlantic-geopolitics-of-spain/
[1] Este es un asunto en el cual el parangón con los celtas falla, pues los celtas (y también los íberos) sí estaban afectados en parte por el helenismo antes de la conquista romana.