Venezuela: Hacia la revolución en la revolución

La verdad es siempre revolucionaria.

Antonio Gramsci



“La revolución es el arte de sumar fuerzas”, fue la admonición que le hizo el líder cubano Fidel Castro Ruz a su compañero presidente Salvador Allende allá para 1971. Se hallaba en visita oficial en Chile y no ocultó su profundo preocupación con la activación de la protesta callejera de la derecha en ese país. Frente a la creciente unidad en la acción de los opositores, le inquietaba cierta sobreestimación de su fuerza que aquejaba a las fuerzas integrantes del gobierno de la Unidad Popular. El país se hallaba crecientemente escindido en dos bandos que prácticamente se igualaban en fuerza, lo que producía un tranque que haría difícil avanzar en lo inmediato por la senda revolucionaria a menos que, claro está, la izquierda no tomase la iniciativa para romper el tranque político. Para ello, no había atajos: solo era posible a partir de la suma de más y más fuerzas al proyecto socialista. Y ello no se podía decretar desde arriba, sino que desde las calles, los barrios, las comunidades, los centros laborales y educacionales, los campos, en fin, donde están aquellos que son, al fin y a la postre, el poder constituyente de cualquier realidad política. Había que salir a la conquista de nuevas voluntades a partir de la constitución de una nueva conciencia acerca de la necesidad, la imperatividad del orden nuevo al que se aspira abrir paso.



Lamentablemente, la Unidad Popular desoyó la sabia advertencia fidelista. Se creyó una excepción a la historia de la lucha de clases. Pensó que a partir de su control del gobierno y el maniobreo político, podría sobrevivir. Dejó de privilegiar la política en la base de la sociedad y, como consecuencia, ésta fue poco a poco tomada por la derecha, eventualmente incluso con toda la violencia propia de un golpe de estado.



La reflexión anterior viene muy a propósito de los recientes desarrollos en la revolución bolivariana de Venezuela y el intenso debate ideológico que se ha desatado al interior de las fuerzas chavistas para identificar las causas de su derrota en el referéndum sobre la reforma constitucional propuesta. Precisamente, entre éstas hay una que en particular ha motivado hondas preocupaciones: la abstención y división del chavismo.



En vez de sumar fuerzas, el chavismo restó durante la coyuntura electoral recién concluida. Ello quedó evidenciado por la reducción en 2,700,000 sufragios en comparación con los resultados obtenidos en la contienda presidencial del año pasado. La abstención, que ascendió de 25 a un 44 por ciento en comparación a los comicios pasados, no pasó a la oposición ya que ésta sólo aumentó su fuerza electoral en un poco más de 200,000 votos. En ese sentido, sólo un 28 por ciento del electorado votó finalmente en contra de los cambios constitucionales propuestos. Indudablemente, la inmensa mayoría de la abstención fue de los chavistas.



Ahora bien, lo que hace aún más preocupante este hecho es que meses antes del referéndum se pasó a la organización del Partido Socialista Unificado de Venezuela (PSUV), con el propósito de agrupar al conjunto de la coalición de fuerzas que apoyan a Chávez bajo una sola sombrilla organizativa. Sin embargo, no todas esas fuerzas estuvieron dispuestas a disolver sus respectivas organizaciones para integrarse en el nuevo Partido. Ello generó conflictos y suspicacias entre aliados. El Partido Comunista de Venezuela (PCV), el Partido Patria para Todos (PPT) y el socialdemócrata PODEMOS decidieron mantener su independencia organizativa y de criterio. Éste último, incluso, se opuso al proyecto de reforma constitucional.



Pero lo más escandaloso es el hecho de que mientras el PSUV tiene inscritos aproximadamente 5,200,000 miembros, sólo votaron por el “Sí” 4,379,392 electores. Si el total de miembros del Partido hubiese votado por el “Sí”, éste hubiese salido triunfante. Sin embargo, peor aún es saber que el PSUV carece a la fecha de programa y estatutos, es decir, no existe una identidad ideológica y política claramente definida. Menos aún parece existir las estructuras organizativas mínimas que puedan coordinar las acciones de sus miembros en aras del fin común.



Sin embargo, como bien asevera Juan Carlos Monedero del Centro Internacional Miranda, en Caracas, no hay mal que por bien no venga: “Chávez trae con su derrota la posibilidad de una victoria de largo aliento. Tanto el 50 % de electores que han apostado por un futuro socialista como los abstencionistas, que ni por asomo han pensado en apoyar a la oposición –esto es, votar NO-, alientan en esa dirección. Conviene notar que el error de la convocatoria a una reforma constitucional en este momento, reconocido con urgencia por el propio Presidente Chávez, ha servido para ver lo mucho que ha crecido la conciencia política en Venezuela. La nueva cultura política ha llegado para quedarse”.



Pero, hay que seguir profundizando el desarrollo de esta nueva cultura política para que pueda apuntalar finalmente el bloque social y político de poder contrahegemónico que, por fin, avance decidida y concientemente en dirección a la construcción de un nuevo orden civilizatorio. La revolución al fin y a la postre no es otra cosa que la construcción de este poder contrahegemónico. Gramsci siempre insistió en ello. Y construir poder contrahegemónico significa construir un nuevo poder emancipador desde abajo, es decir, a partir de la articulación efectiva y sensible de todas las instancias sociales en que existe capacidad constituyente de esa nueva realidad política. Y ello se hace sobre todo con mucha práctica, acción y lucha.



Hay que tomar conciencia de que en las actuales circunstancias el pueblo venezolano, crecientemente reasume su propia representación más allá del gobierno, los partidos e, incluso, los líderes. En ese sentido, hay que entender que el poder constituyente hoy no es homogéneo o monolítico –si es que alguna vez realmente lo fue-, sino que difluente, es decir, se ha desbordado por todas partes, sobre todo a partir de su activación democrática y potenciación revolucionaria luego de 1999.



Ya no vivimos en los tiempos en que, según se sostenía, bastaba una vanguardia para hacer la revolución por el pueblo. Como bien advierte Monedero: “Como recordó Marx, esta fase superior de la historia humana reclama grandes dosis de conciencia y, por tanto, de participación. No vale decir que el socialismo no se decreta y después pretender realmente decretarlo. No en un pueblo que ha llevado durante tanto tiempo la Constitución de 1999 en sus bolsillos”.



Hay quienes en sus críticas sugieren que había que explicarle detalladamente al pueblo en qué consistía ese socialismo hacia el cual se encaminaría. Sin embargo, pienso que si bien se pudo haber hecho mucho más para abrir a discusión los detalles de esa nueva sociedad a la que se aspira, en el fondo el socialismo es mucho más que un ideal o un programa: es el movimiento real, contradictorio, creativo que se expresa cotidianamente por medio de nuestras luchas. El socialismo en ese sentido es una construcción histórico-social más que conceptual o teórica. Así fue, por ejemplo, en Cuba cuando su pueblo, que no sabía mucho de la teoría marxista, decidió que para salvar su revolución debía profundizarla en una dirección tanto antiimperialista como anticapitalista. Así se lo imponía los hechos. La conciencia adquirida fue un fiel reflejo de éstos. En última instancia, Fidel, como líder, tuvo la grandeza de saber interpretar los acontecimientos y encausar la dirección que ya ineludiblemente había tomado el proceso.



En no pocas ocasiones, Chávez declaró en las pasadas semanas que en Venezuela ya había llegado la hora de la “revolución en la revolución”. Debe saber ahora, eso sí, que para seguir sumando fuerzas para la realización del proyecto revolucionario bolivariano, debe atender cuanto antes las fisuras que de repente le han aparecido al bloque de fuerzas que le han apuntalado como líder. La ineficiencia gubernamental, la inflación, el desabastecimiento y el sectarismo, por sólo citar algunos de los asuntos que inquietan a sus seguidores, deben ser superados con la mayor premura pues son los motivos principales para cierto deterioro en la credibilidad de su gobierno. Eso y no menos espera de él su pueblo, ávido de que la revolución bolivariana se traduzca en hechos, más allá de los discursos, y que los nuevos ideales con los que se aspira a fundar un nuevo modo de vida, se traduzcan también en mejoras materiales. Es más, así lo espera también los demás pueblos de Nuestra América, para quienes Chávez ejerce indudablemente una influencia inspiradora para el actual proceso de emancipación política, económica y social que vivimos en estos comienzos del Siglo XXI. Y es que definitivamente nuestro futuro es mucho más esperanzador con él que sin él.

Pero, igualmente, bien haríamos en recordar, como correctamente señala Celia Hart: “Los líderes no son causa, sino consecuencia lógica del enfrentamiento entre las clases”. Y abunda al respecto: “El líder en la Historia, al margen de su talento o su carisma, inevitables siempre; es equivalente a la fuerza externa de una oscilación, inyectada en la misma frecuencia que la natural de un sistema oscilatorio: Eso es Chávez: Entrega al proceso venezolano una fuerza con la frecuencia propia del mismo. Por eso la amplitud de la oscilación crece, y ocurre la resonancia. Como un balancín infantil, cuando tratamos de impulsar a un niño para que llegue más alto. ¡Ojo!....Puede destruirse el sistema si no se anda con cuidado, tal cual el famoso puente de Washington en 1940... Hugo Chávez debe tener en cuenta ahora más que nunca que la resonancia tiene sus límites.”

*Carlos Rivera Lugo es Catedrático de Filosofía y Teoría del Derecho y del Estado en la Facultad de Derecho Eugenio María de Hostos, en Mayagüez, Puerto Rico. Es, además, colaborador permanente del semanario puertorriqueño Claridad.

www.claridadpuertorico.com


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