EL Táchira asediado por el contrabando

No toda la línea de frontera entre Venezuela y Colombia es uniforme en la forma como se aborda la vida y las inter-relaciones sociales, económicas y políticas. Y uno de los principales descuidos venezolanos es formar gente que comprenda estas realidades, que piense en concreto sobre los temas de integración fronteriza, pero también en los temas que generan tensión permanente.

Muchos embajadores nuestros en Bogotá cargan la vergüenza de ser unos perfectos ignorantes en el tema fronterizo, aunque para optar al cargo se han labrado unos dominios teóricos sobre los temas de diferencias limítrofes, caletres de última hora, dejando de lado todo lo sensible del día a día. También, pocos políticos se forman para comprender la naturaleza de ese conjunto de procesos que se dan en la frontera, unos de manera espontánea y otros con la direccionalidad que le da la política y también las mafias. Una diputación por la frontera se gana pasando agachado, como en el dominó, frente a la claridad que debe exhibir un político sobre temas cruciales; lo importante es que la gente con cédula chimba o bien lograda del otro lado, venga a votar por él o ella. Nada de lo sensible es tema político para deliberar o presentar las aspiraciones de uno u otro bando, ni siquiera el doloroso tema de la penetración paramilitar. En este caso el miedo y la ambición andan juntos.

El Táchira es un caso particular de relaciones fronterizas con Colombia. En Cúcuta, Bolívar aguantó las conspiraciones que le impedían avanzar con la Campaña Admirable, y finalmente cuando los neogranadinos entendieron esta necesidad histórica, esa línea fronteriza se disolvió en la aguas del Rio Táchira, y por allí pasaron todos, hermanados en busca de libertad; pero, muchos años antes, en 1781, los comuneros hicieron de esa frontera un espacio perfecto de conspiración política contra el mal gobierno español. En síntesis, esa parte de la frontera tiene unos lazos históricos muy estrechos. Y en adicional, las tierras que dieron origen a San Antonio fueron donadas por un hombre de negocios, para que sirvieran para sustentar una economía de ir y venir, en una ruta que era común entre la Grita y Pamplona, con mercaderes que arriesgaban mucho en esas largas caminatas para llevar productos de un lado a otro de la frontera. En ese ir y venir, los abuelos de muchos tachirenses de la historia inicial del siglo 20 fueron nacidos en Colombia; pero también, en el lado colombiano se quedaron nuestros coterráneos, fundando haciendas y acumulando fortuna económica.

Estos y otros puntos son parte de la historia bonita de una hermandad binacional, aunque ahora las cosas han tomado otro rumbo. Desde los años setenta del pasado siglo, Las relaciones económicas tomaban ciclos dramáticos según fuere el diferencial cambiario entre las monedas de ambos países, siempre referenciados al dólar de los Estados Unidos, dándole ventajas de comprar barato a un país u otro, según la paridad. En la frontera nos acostumbramos a ver como el comercio de movía con dos formas, la aduanal que mostraba sin temores que cargaba cada camión que hacia uno u otro lado transportaba algo negociado con información para ambos gobiernos. Vi pasar formalmente para Colombia cantidades enormes de tubos, cabillas, laminados y otros bienes de nuestra economía; y en reversa venía papa y otros bienes agrícolas, carbón mineral y textiles, entre otros.

La otra forma ha sido históricamente la que se mueve en la sombra, la que compra la bajada de las cadenas por quienes deben resguardar la salida de los bienes sensibles de uno u otro país, o proteger la sensible economía a la entrada de productos que afecta la industria nacional. Esta aberración se hizo costumbre, y bajo el paragua del contrabando, la corrupción avanzó en ambos lados de la frontera, hasta los límites inhumanos de llegar a traficar con drogas como si esta fuera un producto imprescindible. La frontera andina entre Colombia y Venezuela pasó de ser un ícono de hermandad, a un espacio de movilización de mafias con motivos disímiles, aunque a la final, todas en sus variantes se han lucrado del uso ilegal del espacio fronterizo para acumular grandes riqueza.

No creo que nuestro gobierno revolucionario hubiera reaccionado frente a este fenómeno. Las denuncias se desvanecían en las hojas de la prensa. A no ser porque la estabilidad de la revolución pasa por restituir la sensación de inseguridad alimentaria, en salud, y en equipamiento automotor e industrial, que se ha resquebrado por el contrabando. Muchas denuncias, antes de esta guerra al contrabando se hicieron públicas, responsabilizando incluso a militares de alta jerarquía. La gente que asumía responsabilidades en la frontera, prontamente se contaminaba con el fenómeno de la extracción. Los cuentos del Pueblo llano no tienen límites a la información y a la creatividad. En una de esas tantas veces, en medio de esas historias de mala vida me puse las manos en la cabeza y dije, ¡En mierda hemos convertido nuestro terruño!

La conclusión que algunos coterráneos y contemporáneos tenían era terrible, en menos de un mes la nueva oficialidad, en esas rotaciones programadas, ya estaba corrompida. No hay nada que no se pueda permitir en esas alcabalas, toda cadena tiene un precio. ¡Qué vergüenza!

Pero ahora mi asombro es mayor. En medio de una gran escalada contra el contrabando, nuestro gobernador Vielma Mora ha dicho que el Táchira requiere de 21.000 toneladas de alimentos por mes. Si hacemos seguimiento a este último mes las capturas en alimentos que se aproximaron a la línea fronteriza andina, para fugarlos a Colombia, suman unos con otros productos, unas 400 toneladas, algo así como 1,97 % de los bienes. Si las estimaciones de fuga de alimentos están sobre el 20 % ¿Dónde están esos productos? ¿Se detuvo el contrabando? ¿Se incrementó la disponibilidad en los anaqueles de la frontera? O … ¿estamos frente a una gran farsa en la lucha contra la fuga fronteriza de alimentos?

El tema da para muchas especulaciones, pero también da para la realidad política. Los güarimberos están preparando sus acciones para desestabilizar al Táchira por las deficiencias en los anaqueles de alimentos y medicinas. En este momento no bastan las explicaciones casi mágicas de la guerra frontal al contrabando, hacen falta productos de primera necesidad. Y además hace falta una política más allá del contrabando de extracción, que acompañe esta guerra con la certeza que el aparato productivo nacional, el nuevo modelo económico socialista, va a mostrar sus capacidades para salir del marasmo del desabastecimiento.

Mientras esto no pase, todos los tachirenses tendremos cara o somos contrabandistas.


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Miguel Mora Alviárez

Profesor Titular Jubilado de la UNESR, Asesor Agrícola, ex-asesor de la UBV. Durante más de 15 años estuvo encargado de la Cátedra de Geopolítica Alimentaria, en la UNESR.

 mmora170@yahoo.com

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