¿Usura o conspiración?

Es poco consistente y hasta resulta una impostura señalar a cualquier proceso de incremento acelerado de precios, en una sociedad circunscrita, como uno originado en el deseo desenfrenado de obtener el mayor margen de ganancias por parte de sus ofertantes, que es lo que algunos desde el gobierno llaman equívocamente usura. La usura en realidad es un acto particular, estadísticamente despreciable dentro del funcionamiento del intercambio, nacido de ciertas condiciones especiales, con un alto ingrediente subjetivo, que no se presenta como un fenómeno masivo capaz de convertirse en causa de procesos inflacionarios como el que padece en la actualidad el país.

Observar a la usura o especulación como el origen de la variación de precios al alza es desconocer el carácter no subjetivo de estos procesos dentro de la dinámica del llamado “mercado” ya sea este capitalista o no. A este respecto habrá que preguntarse si puede concretarse la usura a voluntad cuando los precios interpuestos en el mercado, dada la índole exagerada de los mismos, hacen imposible en la práctica la propia transacción expuesta. ¿Quienes y cuantos se atreverían a comprar una mercancía con un costo que rebasa los limites de su propia capacidad de compra? ¿Quiénes sin una necesidad imperiosa lo harían? ¿Por tanto, y al contrario de la usura que es un acto individual, no se estar en presencia de una acción concertada, habida cuenta de su carácter colectivo?

Ello es exactamente lo que ocurre con el fenómeno inflacionario actual que sin mayores fundamentos económicos se ha desatado en el país en ciertos rubros; por lo que en rigor no podemos hablar de usura, puesto que los precios de las ofertas expuestas en los grandes almacenes hacen imposible que se consume el intercambio en grados apreciables. Al contrario, tal cual está planteada la cuestión pareciera ser que de lo que se trata es de despreciar la consumación de una probable ganancia por la vía de una imposible venta que el propio precio impone. Esto es más evidente de advertir cuando se trata de artículos que se supone elevaban su demanda por parte del consumidor en esta época como los electrodomésticos o ferreteros cuya necesidad de compra no es imperiosa por parte del consumidor por lo que puede racionalmente ser postergada, haciéndose por ello mas irracional económicamente hablando tal situación.

Sin tener que escarbar demasiado en los intríngulis del tema resulta obvio detectar que se trata de una manera indirecta de sacar del mercado estos productos, un avezada variable del acaparamiento, puesto que definitivamente la grosera oferta- que en alguno casos alcanza hasta el 1000% de promedio- congela ostensiblemente cualquier demanda, siendo que las probables transacciones que pudieran presentarse, en número, han de resultar irrelevantes o sospechosas. Por ello es innegable que estamos en presencia de un lance anómalo y perturbador que supera el mero interés económico de corto plazo y que se ubica dentro de una estrategia de corte general, evidentemente impuesta desde el exterior de la mecánica del mercado y que tiene como objetivo alcanzar un tipo de ganancia no directamente pecuniaria sino, ¡Que duda cabe! de orden política, dado que cualquier razón de tipo económica, de “mercado”, se encuentra apriorísticamente execrada desde el momento en que se decreta oblicuamente la inviabilidad del intercambio.

En todo caso resulta incontrovertible afirmar que no nos encontramos en presencia de una inflación de tipo especulativa como erróneamente (Ideológicamente diría un althusseriano) se quiere hacer ver desde el propio gobierno por razones pragmáticas o electorales, sino ante una de carácter unívocamente político y de prominentes rasgos conspirativos dada las predecibles consecuencias que en el plano de la opinión pública se pueden detectar y la evidente prevaricación al orden jurídico constitucional que supone su implementación. En tal sentido no es difícil adivinar, dada las situación de elevada tensión política del país, que se encuentra originada en instancias de planificación política recurrentemente dispuestas a intentar la puesta en escena de las más inverosímiles prácticas de lucha contrarrevolucionaria tendentes a dar al traste con el proceso político que invoca en el país, al menos principistamente, una revolución anticapitalista.

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Cobra sentido político esta operación aparentemente económica, cuando se revisa que uno de sus efectos primarios genera colateralmente un contagio inflacionario – de orden psicológico- en otros rubros ofertados en el mercado nacional, trayendo esto consigo consecuencias directas sobre el estado de la llamada opinión publica, que por su naturaleza y por su nivel de vacuidad es incapaz en estos casos de precisar una responsabilidad que no sea la del gobierno, generando a este respecto, como en la actualidad esta ocurriendo, un malestar de elevada temperatura que a buen seguro podría ser expresado electoralmente en la venideras elecciones locales o a propósito de eventos de fuerza que eventualmente redundarían en una disminución de la capacidad de maniobra del gobierno para llevar a cabo sus ejecutorias y lograr sus objetivos.

Pero por otra parte esta inflación planificada, acordada entre grandes distribuidores y productores a instancias de sus representantes y ascendentes políticos, tiene como propósito, dada la enorme masa monetaria que en esta época esta a disposición del consumo, orientar el intercambio de esta (parcialmente ociosa por la imposible oferta) hacia productos de primera necesidad y de consumo masivo que no son de elusiva compra como el caso los alimentos, esto a los fines de propiciar un incremento mayúsculo en la demanda de estos que obviamente no podrá ser satisfecha y que incrementaría de manera alarmante la animadversión social hasta limites francamente impredecibles.

El objetivo que alienta esta estratagema es, cartesianamente hablando, claro y distinto: si se hace muy difícil gastar el dinero de las utilidades en electrodomésticos, en materiales de construcción, en tecnología comunicacional, juguetes o en los llamados estrenos, como tradicionalmente ocurre en la época de fin de año, resulta muy plausible que este dinero sea orientado, por parte del demandante o consumidor, hacia el gasto alimentario, sector altamente vulnerable y sensible que ha devenido en los últimos años sistemáticamente atacado por los sectores económicos adversos, habiéndose incrementado con creces a partir de la muerte de Chávez, para con ello intentar superar las previsiones que el gobierno ha tomado sobre este asunto y simultáneamente propiciar condiciones favorables para sus objetivos conspirativos.

Más allá de cualquier engañosa apariencia la acertadamente llamada guerra económica se encuentra orientada casi exclusivamente a tocar el tema alimentario, el de la reproducción de la vida, el del miedo gástrico, tal cual ha motivado su implementación por parte de los imperios a lo largo del tiempo histórico, desde la paradigmática Numancia por la Roma de la arrogancia eterna hasta la presente Cuba por el pecuniario imperio norteamericano. Todo, todo en la estrategia opositora de guerra económica, se encuentra orientado hacia el objetivo de crear una crisis alimentaria, que es una crisis por la vida y que expone como ninguna otra los horrores de la muerte, para así desatar las pulsiones primitivas de la lucha por supervivencia con la imprevisibles consecuencias que en el orden de la paz social y el respeto a la leyes ello supone: Responsabilidad que con elaborada hipocresía eluden ante la conciencia publica y que la llevan a cabo prevalidos desde el aparato económico, lugar donde aun a estos sectores contrarrevolucionarios le sobra poder de influencia y capacidad para manipular a discreción los procesos productivos.

El gobierno nunca debería olvidarlo ni restarle importancia so pena de tener que sucumbir al favoritismo de las grandes mayorías, ese con el que ha contado por ya bastante tiempo y que da la impresión temprana que puede peligrosamente declinar.

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Es muy grave el problema de opinión que se ha suscitado para el proyecto revolucionario generado por el problema de escases de alimentos y la inflación observada a lo largo de los últimos años, y que se ha incrementado a partir de la muerte de Chávez por evidentes razones estratégicas. Todas aquellas precauciones tomadas para anular sus efectos y para crear una capacidad productiva paralela han sido insuficientes y el fenómeno parece ser querer perpetuar, ocurriendo, en las largas y morosas colas que se forman en los supermercados y en los operativos especiales, que el gobierno pierde raudamente su prestigio popular, teniendo en contrapartida la oposición, con habilidad y apreciable dedicación, una ganancia.

Tal vez por ello y prisionero de la angustia electoral que le acogota ante las cercanías de las elecciones locales, el gobierno ha reaccionado sonoramente y con una energía tal que sus efectos parecen dar señales de cierta mejoría de imagen pública, a la vez que de una moderada activación del apagado entusiasmo de sus militantes. Reacción que consideramos tardía y también insuficiente pero que puede ser el indicio promisor de que el gobierno ha comprendido la magnitud considerable del berenjenal económico y político en que se dejó meter casi sin percatarse. (Muy a pesar de que fue reiteradamente advertido)

Sobre este asunto el gobierno no debería actuar solo compelido por el prurito del pragmatismo electoral o por las pautas generales de la opinión publica. Antes bien una buena dosis de compromiso con los primados de la propuesta política revolucionaria deberían agregarse a sus actuaciones y a las medidas a tomar para solventar o paliar la delicada situación. Por ejemplo, y allí creemos debe “agarrase el toro por los cachos”, aquellos visibles responsables de los desafueros inflacionarios no solo deberían responder por los obvios ilícitos de tipo económico en los que sin duda incurrieron, sino también deberían ser impuestos de la verdadera y profunda responsabilidad que tienen como ejecutores de un plan con carácter conspirativo cuyas consecuencias no son difíciles de precisar y que sin duda se encuentran ancladas en territorios lindantes con el terror colectivo y la angustia social. TIldarlos de usureros y codiciosos en rigor no es justo ni corresponde a una comprensión revolucionaria de los hechos, aunque pudiéramos comprender el interés electoral de así presentarlos ante la opinión publica.

Para nosotros de lo que se trata es de dejar claro, tanto ante la inteligencia social como ante la llamada opinión publica, que se esta en presencia de un elaborado plan, de un sofisticado y paciente plan, orientado a debilitar La paz social y con ello iniciar una escalada que posibilite la salida extra constitucional del gobierno. Para ello el gobierno y las instancias que le compete el tema deberían iniciar un proceso de investigación de amplio espectro y de profundas consecuencias que conlleve sin miramientos y sin retrasos al procesamiento de los verdaderos responsables sin excluir a quienes para la llamada guerra económica se prestaron como ejecutores. No hacerlo y seguir cediendo a la fácil tentación que impone el llamado electoral o de la opinión publica, es condenar el futuro del proceso de transformación al vicio del reaccionario pragmatismo, a la pereza que reclama la lógica de ganar tiempo, ese que al final solo se contenta con detentar el poder y luego ver.

Por ultimo deberíamos subrayar una cita-concepto de Marx que tal vez por la velocidad vertiginosa con la que están ocurriendo los hechos suele parecernos ya extraña y poco actual, cuando es realidad es inherente a todo accionar revolucionario, a todo intento por validar un mundo mas allá de las premuras de la codicia, del interés y de la explotación, y que probablemente serviría de pivote para mejor comprender que el problema económico que enfrentamos sigue siendo un verdadero problema político, de lucha de tensiones. No es una guerra económica es una forma mas con la que la política se manifiesta; no olvidemos al viejo Marx, a pesar de todo la Historia sigue siendo la historia de la lucha de clases.

Posdata;
Didalco Bolívar, muy a propósito de su agenciado poder económico y político, obtenido por inconfesables medios, y de la influencia lograda desde tiempos del Chávez temprano por ser uno de los favoritos del ínclito Doctor Rangel, persiste en una vetusta persecución que ya va para mas de quince años, con la que intenta aniquilar mi condición de militante político y agente de elaboración de opinión política. Con una pasmosa impunidad y en contubernio con sectores de la inteligencia del Estado y de la militancia oficialista, en estos últimos años me han impedido de mi desenvolvimiento económico por múltiples vías (¿Guerra económica al detal?), han desatado un acoso psicológico de proporciones grotescas y de canallesca factura -para lo cual han incorporado a amigos y familiares y así intentar mayor fuerza del mismo-, han atentado contra mis exiguas propiedades hurtándomelas o dañándolas, insisten en la amenaza callejera y en la intimidación velada, me aíslan a propósito de infames especies y no desisten de acosos intelectuales de cualquier ralea. Han violentado con fruición mis derecho al trabajo por disimiles vías y por intermedio del enorme poder que le da el Estado para lograrlo, igual atentan contra mi derecho a la privacidad manteniéndome perpetuamente fisgoneado, tanto en la calle como en mis incursiones en internet. Etc. Etc. Etc.

A este respecto quiero dejar claro, ante quienes me leen y ante la inteligencia del Estado, que a pesar de la índole extrema de la persecución en mi contra desatada en estos últimos quince años sigo indemne a sus efectos y no he cambiado para nada mi opinión sobre lo que concibo como política y sobre la naturaleza radicalmente contrarrevolucionaria de mi particular y pervertido acosador, quien ahora intenta la amenaza de muerte para amedrentarme.


munditown@yahoo.com


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