Dólares, corrupción, mafia y Ley Habilitante

María es una venezolana luchadora, honrada y trabajadora. Como madre soltera de un niño en edad primaria le ha tocado duro salir adelante. Con mucho esfuerzo lo consigue día a día. Incluso, por primera vez en su vida el banco le ha otorgado una tarjeta de crédito y siguiendo los consejos de su comadre se va a Cúcuta a “raspar” su cupo de dólares. Total, esa es su gota de petróleo y de igual forma todo el mundo lo hace.

Así llega a Cúcuta y busca la tienda que le indicó su comadre. Entra a la misma y pregunta por la persona con quien va a hacer la negociación. Este aparece y le hace pasar a una oficina en la trastienda donde hay varios puntos de ventas bancarios sobre un escritorio, detrás del cual se sienta y la invita a ella a tomar asiento también. El individuo en un instante “raspa” la bendita tarjeta y como por arte de magia sale el comprobante de la transacción cuya dirección dice que están en... Panamá. Es entonces cuando hace su aparición una caja mediana que al abrirla deja ver su contenido: varias fajos de billetes de 100 y 50 bolívares además de un buen número de tarjetas de crédito organizadas y separadas por un papel donde se leen diferentes fechas. De uno de los fajos el sujeto le paga su cupo al precio del dólar en el mercado negro y María se va contenta y feliz.

Juan también es un venezolano luchador, honrado y trabajador. Desde que tiene memoria ha trabajado duro, primero con su papá y luego por su propia cuenta. Esto le ha permitido hacer algo de dinero, montar un negocio, comprarse un par de carros, una casa y hasta una pequeña finca. Así que, además de vivir con comodidad él, su esposa y sus hijas, ha podido ahorrar. Por eso siempre anda buscando en que invertir que le pueda producir ganancias. Es entonces cuando uno de sus mejores clientes le ofrece el negocio del siglo: la compra de un container de equipos de computación en Canadá con dólares preferenciales. El cliente le dice que es un contacto que tiene dentro de Cadivi y que el negocio es seguro. Calculadora en mano le demuestra las impresionantes ganancias que va a obtener con un mínimo porcentaje para él. Es más, hasta le consigue los permisos de importación.

Juan se decide a realizar el negocio y como buen comerciante incluso viaja hasta Canadá para realizar la compra del container. Después de revisada la mercancía, efectivamente efectúa la transacción y cumple con todos los trámites pertinentes para su traslado al país. Todo va a pedir de boca hasta que llega al aeropuerto para regresar a Venezuela. Cuando entrega el pasaporte es detenido por unos agentes aduaneros. Inmediatamente es incomunicado y comienza a ser interrogado. Al principio Juan cree que es un error. Sin embargo, pronto se da cuenta de que está metido en un enorme lío. Cuando escucha las palabras “lavado de dólares proveniente del narcotráfico” se convence de ello.

Después de horas de interrogatorio y de percatarse los agentes que este ha sido utilizado, le ofrecen un trato; que denuncie al que le ofreció el negocio y colabore en su captura. Juan pide una llamada a Venezuela. Al comunicarse con su esposa esta le dice que el cliente que lo metió en esto ya había ido a visitarla, le había informado que él estaba detenido en Canadá y le había exigido que mantuvieran la boca cerrada con amenazas disimuladas incluidas. Así que Juan calla, le decomisan la mercancía y paga una condena de cinco años de prisión, dejando a su esposa e hijas solas e indefensas en el país, las cuales tienen que recibir diariamente en el negocio la visita del maravilloso cliente, el cual le manifiesta su preocupación si alguna de ellas le pone una mala cara o le da un mal trato en vista de las circunstancias tan delicadas. Por lo que Juan, su esposa y sus hijas no terminan ni contentos ni felices.

Ana y José igualmente son una pareja de venezolanos luchadores, honrados y trabajadores. Ambos tienen un trabajo estable y con eso les alcanza para mantener su hogar, alimentarse bien, salir de vacaciones, entre otras cosas. Sin embargo, un conocido de José les ofrece comprarles los cupos de dólares Cadivi a muy buen precio y para ganarse un dinero extra, se los venden. Posteriormente, viendo que fue tan sencillo el negocio, comienzan a buscarle clientes al conocido y este les da dinero a ganar por ello. Incluso comienzan a ofertar dólares que el mismo sujeto les distribuye al precio del mercado negro. Se extiende tanto el negocio que empiezan a ofrecerles a sus familiares y amigos hasta viajes al exterior presupuestados en unos mil dólares, con el compromiso de que les vendan el remanente del cupo Cadivi.

De esta manera, Ana y José hasta hacen publicidad al negocio por las redes sociales y los medios de comunicación publicando avisos y enviando mensajes diariamente con las respectivas ofertas de compra de cupos de dolares y el ofrecimiento de “lechugas” al precio del mercado negro. Este lucro les permite remodelar su casa, comprarse un carro, una moto y hasta viajar al exterior con sus hijos, cosas que jamás habían podido hacer antes. Entonces, gracias a las ganancias obtenidas Ana, José y sus hijos viven contentos y felices.

Pedro es un venezolano no tan luchador, ni tan honrado, ni tan trabajador. No obstante, gracias a que es amigo de juventud de un alto funcionario gubernamental a trabajado en cargos de responsabilidad dentro de la administración pública, donde además ha hecho jugosos y sustanciosos negocios que lo han convertido en un hombre adinerado. Por supuesto, todo con la venia y la bendición de su protector, quien además es el que se ha llevado siempre la mayor parte de las ganancias. Sin embargo, nada se puede comparar al lucrativo negocio dentro de Cadivi.

Como directivo de Cadivi -siempre bajo la dirección de su benefactor- otorgó millones de dólares a diestra y siniestra a personas naturales, industriales, artistas, deportistas y empresas de maletín, todo según un plan bien orquestado con jugosas comisiones de por medio que, si bien el grueso iba a parar al bolsillo de su “jefe” y amigo, le deportaban un porcentaje de ganancias nada despreciable. Sin embargo, al gobierno nacional le dio por el tema de la lucha contra la corrupción y se destapó la olla de sus negociaciones. Fue detenido por funcionarios del Sebin, tanto él como sus colaboradores más cercanos y congelados todos sus bienes. De paso su caso fue ventilado en los todos los medios de comunicación y por supuesto que su “jefe” y amigo nada hizo por él, ni mucho menos fue sindicado como autor de los actos ilícitos. De manera que Pedro no terminó ni contento ni feliz.

¿Qué tienen en común María, Juan, Ana, José y Pedro? Además de que son venezolanos y de que sus casos parecen arrancados de la vida real, todos y cada uno de ellos -bien sea de manera consciente o inconsciente, de buena o de mala fe, por ignorancia o con conocimiento de causa- son colaboradores y cómplices del narcotráfico nacional e internacional. En diferentes niveles, se convirtieron en eslabones de una cadena de lavado de dólares que no hace sino desangrar el patrimonio del país.

Tomemos el caso de María. ¿Quién en su sano juicio puede creer que una tienda en Cúcuta sea capaz de emitir un comprobante de pago de un banco en Panamá de manera legal? El cupo de dólares que está ingresando a esa cuenta en el exterior proviene del estado venezolano, es dinero limpio. Pero, ¿de donde sale el dinero para comprar los dólares al precio del mercado negro? En el caso de Juan quedó en evidencia el trasfondo del negocio y pagó muy caro su ambición. Por otro lado, Ana y José deben imaginarse de donde vienen los fondos mas sin embargo, lo que les interesa es su ganancia y lo que pueden comprar con ella. Y finalmente Pedro sabía muy bien lo que estaba haciendo, la clase de negocios de los que se convirtió en cómplice y por qué recibió su merecido.

No obstante, más allá de la inocencia o culpabilidad de nuestros protagonistas y de si fueron castigados o se vieron beneficiados, es importante entender el daño que todos y cada uno de ellos le hacen a Venezuela. Su actitud es como la del adolescente rebelde que saca cosas de su propio hogar para venderlas o le roba parte de los ahorros a sus padres para “rumbear”, comprarse ropa o cosas para equipar su habitación. Muchos de estos compatriotas que incurren en estos hechos tienen el mismo pensamiento egoísta y se justifican con argumentos como “todo el mundo lo hace”, “cada quien debe resolver sus propios problemas como puede y con lo que tiene”, “es mi gota de petróleo” o “es un simple negocio”. Tal y como el adolescente del ejemplo no piensan que ese cupo en dólares que el estado pone a disposición de los venezolanos procede de las reservas que sirven para garantizar las necesidades básicas de la población como alimentos, salud y educación y que al permitir que las mafias internacionales se apropien de los mismos están propiciando una debacle económica en el país de la cual no se van a salvar ni ellos mismos en la seguridad de sus “habitaciones” (léase: entorno familiar y laboral). En ese sentido, el dólar en el mercado paralelo no lo compran los empresarios para adquirir bienes y servicios o producir algún rubro especifico. Si bien estos lo usan como referencia para especular, a los que realmente les conviene pagarlo a ese precio exorbitante es a los narcotraficantes para así blanquear su dinero.

Tanto es así y son tan grandes las ramificaciones de poder que tienen estas mafias que piense en lo siguiente: usted que está leyendo esto y yo que lo estoy escribiendo, como simples mortales casi con absoluta seguridad, no tenemos la posibilidad de tomar el teléfono y llamar a un gobernador o a un ministro. No obstante, los “pranes” dentro de las cárceles venezolanas si tienen esa potestad. ¿Quién les da ese poder? ¿Quiénes les proveen de armas largas, municiones y granadas dentro de los centros de reclusión? ¿Cuál es el supra estado capaz de boicotear al propio estado? No puede ser otro más que el narcotráfico.

Como colofón: hay otra cosa que tienen en común todos los personajes de nuestras historias que bien vale la pena señalar. Y es el hecho que ninguno es realmente un “capo” o un “pez gordo”, todos ellos son intermediarios dentro del negocio ilícito. Los “jefes” son otros. Es ahí donde toma relevancia la Ley Habilitante solicitada por el Presidente de la República para luchar contra la corrupción. Es apremiante e ineludible que a los que dirigen esas mafias les caiga todo el peso de la ley. Sean empresarios, industriales, diputados, gobernadores o ministros. O en palabras del propio Nicolás Maduro: “hay que castigar severamente la delincuencia de cuello blanco, amarillo o rojo rojito”. Tres veces amen.

“La corrupción de los pueblos nace de la indulgencia de los Tribunales y de la impunidad de los delitos. Mirad, que sin fuerza no hay virtud; y sin virtud perece la República”.

Simón Bolívar.

“La corrupción existe, y yo soy el primero en ponerme al frente y llamar al país a batallar contra ella en todos los frentes”.

Hugo Chávez.


oscarg272@hotmail.com


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