Desde la ocupación de la Isla de Granada en 1983 y la captura de Manuel Antonio Noriega en 1989, no había acontecido en nuestra región un despliegue militar como el vivido este 3 de enero de 2026. Para entender este atentado contra la ley y la humanidad, debemos proponer un concepto clave: US INC. Bajo esta óptica, Estados Unidos ya no opera como una democracia republicana, sino como una corporación global. Así como Rusia y China son manejadas por oligarquías que se apropiaron de ideas políticas, lo que vemos hoy es el inicio del fin de EE. UU. como "policía mundial" para dar paso a su evolución final: la política autoritaria del capital.
Los críticos de ultraderecha harán "la fácil": dirán que se acabó una dictadura y usarán el dolor de los venezolanos en éxodo como justificación moral. Sin embargo, los objetivos lejos de ser humanitarios apuntan a aumentar la tasa de mercado del imperio en el mercado del oro negro y garantizar que el dólar recupere su hegemonía. Si el fin fuera realmente el bienestar del pueblo, la operación no se habría diseñado como una adquisición hostil de recursos energéticos, sino como un rescate social. Sin embargo, en la doctrina militar de US INC., la libertad es solo un subproducto del control de inventarios.
El fin de una dictadura debería ser una celebración, pero lo de hoy no es una victoria popular; es la imposición de la fuerza como estándar cohesivo. Se nos recuerda a los latinos que "al son que nos toquen bailamos". Lo complejo es que la soberanía que intentamos construir en los últimos 35 años se desmorona ante la certeza de que el capital estadounidense es nuestro único maestro: nuestro pasado, nuestro presente y, sobre todo, nuestro futuro.
Venezuela no es un frente de liberación; es un centro de experimentación internacional. Es el lugar donde se le "mide el aceite" al mundo, no desde el frente ucraniano, sino abriendo una brecha en la única región global que carecía de conflictos internacionales reales. Este es el primer paso para abrir el frente que realmente le interesa a Washington: la columna vertebral de Sudamérica.
La verdadera seguridad nacional de EE. UU. no se juega en el Estrecho de Formosa defendiendo una fábrica ajena, ni en Europa sosteniendo al museo del mundo. Su supervivencia depende del control de los Andes. Sin el litio, el cobre y las tierras raras de la cordillera, la transición energética de US INC. es imposible. Capturar Venezuela hoy es asegurar la energía barata necesaria para extraer los minerales de mañana en el resto de la región.
Mientras la migración ha sido usada como un arma política interna, tras la intervención de hoy el capital estadounidense buscará convertirnos en su gran fábrica de bajo costo, una nueva "Pax Americana" donde las cadenas de suministro no dependan de cruzar océanos, sino de administrar nuestras aduanas por la fuerza.
Para Washington, la logística es el nuevo Destino Manifiesto (Manifest Destiny). Mientras China construye puertos, EE. UU. ha decidido que prefiere administrar los recursos desde la raíz. Los Andes son el búnker de recursos más grande del planeta; intervenir en ellos no es un acto de guerra ideológica, es asegurar el inventario de su propio futuro.
Si el fin fuera detener el éxodo y sanar las heridas del pueblo venezolano, la escala y los objetivos de esta operación habrían sido otros, muy distintos a restaurar por la fuerza la soberanía de los dividendos sobre el crudo. Lo que vivimos hoy es el bautismo de fuego de una nueva era (en la que se retrae la globalización). Bienvenidos al inicio del mundo sin mapa; ese lugar donde la guerra entre conglomerados comerciales, por fin, deja de estar obligada a ilustrar nuestra periferia para simplemente devorarla.
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