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La vil agresión militar al territorio venezolano, llevada adelante por Estados Unidos, con un sociópata racista y genocida en su jefatura, ocurrió como muchos pensábamos sucedería y ha dejado a nuestra nación gravemente herida, por la muerte de numerosos venezolanos; severamente ultrajada, temerosa y muy triste y desesperanzada, ante el lamentable futuro que se le abre, con las cínicas declaraciones posteriores de Donald Trump, de que nos llevará a la condición de semicolonia, para manejar a su antojo todas nuestras riquezas en función de la avaricia o necesidades del imperialismo norteño. Muy atrás quedaron como motivaciones de estas violentas acciones, la fábula de la lucha contra el narcotráfico y el terrorismo y el mito del rescate de la democracia venezolana.
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El desarrollo mundial actual ha llevado a un cambio cualitativo de la distribución de poderes en el globo terráqueo. La aparición pujante y el desarrollo económico de países como Japón, los tigres asiáticos, Vietnam, India, Rusia, Suráfrica, Arabia Saudí y otros, pero sobre todo China, junto a la existencia de Europa, han significado una pérdida importante de la influencia y dominio estadounidense en el mundo, lo cual lo obliga a tratar de recuperar su señorío en el continente americano, su patio trasero, que había ido perdiendo paulatinamente en las últimas décadas. Ésta es la verdadera razón que impulsa sus acciones hegemónicas actuales, incluso las militares, en América: su interés en la anexión de Groenlandia y Canadá, el control del Canal de Panamá, de México y su golfo, así como de Venezuela y sus grandes riquezas.
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Estamos en una coyuntura importantísima de nuestra existencia como nación independiente, que como todo proceso de cambio rápido se presenta confuso, peligroso y desalentador. Las causas del terrible desenlace reciente, se conocen con relativa certeza, pero la ocurrencia de los hechos concretos, que terminan con el secuestro ignominioso del presidente Maduro, es confusa en relación a sus determinantes inmediatos, las posiciones de sus protagonistas y la valoración de sus decisiones. La dilucidación de todos los interrogantes existentes posiblemente tardará mucho tiempo en producirse y eventualmente seguirá sometida a varias interpretaciones, que en definitiva serán sólo una aproximación a la verdad.
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Esta última realidad, sumada al interés nacional de conjurar las amenazas contra la existencia de la patria, enfrentar los chantajes contra nuestra soberanía, rescatar los valores democráticos constitucionales, garantizar la paz y enrumbar a la nación en una vía de desarrollo, prosperidad y bienestar de sus integrantes, nos obliga a tener que dejar en manos de los historiadores el estudio e investigación de los problemas relativos a lo ocurrido, para ocuparnos de la elaboración audaz de una política nacional, que nos haga salir airosos de la coyuntura actual de la manera más rápida y exitosa posible. No nos podemos quedar atascados en la amargura terrible de los hechos ocurridos, así como no podíamos quedarnos anclados en lo sucedido en las elecciones del 28 de julio de 2024. Son hechos ya sucedidos y punto.
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La Constitución vigente ya ha permitido resolver el reto de lidiar con la ausencia del presidente Maduro, quien es realmente, como él mismo lo ha afirmado enfrentando con valentía a sus secuestradores, un preso de guerra presentado ilegalmente, ante un sistema de justicia claramente incompetente para juzgar ninguna de sus actitudes o acciones. EEUU no ha sido designado por ninguna autoridad mundial supra nacional, como policía o juez de la conducta de los gobernantes de los países del orbe. No hay ninguna legitimidad en sus acciones, claramente basadas en la posesión de una fuerza militar muy poderosa, usada siempre contra los países pequeños y débiles, para arrebatarles sus recursos naturales. Así han actuado desde su fundación como república.
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La realidad es que tenemos la primera presidente mujer de nuestra historia, quien por acción de las leyes sociales o la labor insospechada de la fortuna, tendrá la responsabilidad de llevar este barco al mejor puerto, en el menor tiempo y con los menores costos posibles. Tarea titánica y muy difícil en un país fragmentado por los odios y la miseria existente, en el que los actores principales deben abandonar sus fracasadas conductas aprendidas y mantenidas por mucho tiempo, ojalá no demasiado como para hacer irreversibles sus consecuencias. Delcy Rodríguez ha sido designada presidente encargada, para suplir la ausencia temporal de Nicolás Maduro Moros, tal y como lo ordena la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela. Habemus praesidentum han dicho el Tribunal Supremo de Justicia y la Asamblea Nacional, en una clara acción que, superando el revés recientemente sufrido, se sobrepone y encara el futuro con decisión, para garantizar la permanencia de nuestra nación.
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Pero no basta con la intención, si ésta no va acompañada de las acciones necesarias destinadas a garantizar un respaldo mayoritario del pueblo venezolano, que le dé la fortaleza para lidiar de la forma más inteligente posible, con los peligros derivados de las grotescas ambiciones imperiales. La necesaria unidad nacional para el éxito de esta tarea no simplemente se decreta, ni se construye sólo con arengas y discursos, mientras la realidad que se viva, económica, social o política, no cambie un ápice de la que hemos padecido durante la última década. Hacen falta acciones concretas, hechos prácticos que demuestren la sinceridad del discurso unitario, su efectividad en resolver los problemas más inmediatos de toda la sociedad y su instrumentación a la brevedad posible y en todos los órdenes de la vida nacional. Desprenderse de concepciones erradas en materia económica, que mantienen en la miseria a la mayoría de los venezolanos, es imprescindible.
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Se comprenden las dificultades que significan estabilizar un gobierno, sometido a presiones políticas de todo tipo, por una oposición apátrida e inescrupulosa que no da tregua ninguna, pero las mismas no pueden enfrentarse con una deriva más autoritaria que la habida hasta ahora, que además ya demostró su total fracaso. Es imperativo el cambio radical de la actitud represiva del Estado y su inmediato y estricto ajuste al marco constitucional vigente, sin más excusas ni dilaciones, so pena de fracasar estrepitosamente, como hasta ahora, en la consecución de la paz. La libertad inmediata de la mayoría de los presos políticos, la desaparición de las acciones intimidantes callejeras de grupos parapoliciales, la eliminación del llamado "matraqueo" policial, la liberación del yugo impositivo nacional y municipal de pequeñas y medianas empresas, serían medidas sencillas muy útiles en la coyuntura actual.
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Un gobierno de unidad nacional, capaz de enfrentar los retos de consecución del bienestar de la población y de rechazo de las inaceptables amenazas imperiales, significa que en el mismo deben participar todas las fuerzas democráticas del país. La oposición democrática bien podría asumir la Contraloría General de la Nación y la Defensoría del Pueblo, y ser parte de un nuevo Consejo Nacional Electoral, integrado en tal forma que garantice imparcialidad absoluta de sus juicios y decisiones. Las opciones existentes políticamente son sólo dos: la imposición militar estadounidense, aceptada por quienes carecen de dignidad, patriotismo y humanidad, y el rescate de la soberanía de la nación venezolana, que implica el trabajo conjunto de todos los comprometidos realmente con su país. No hay nada intermedio ni más allá de estas dos opciones. Si la presidente Delcy Rodríguez lo entiende y lo puede llevar adelante, pasará al campo de los verdaderos héroes de la patria, reconocida por todos como la salvadora de la nación.