“¡Con ayuda de la Virgen de Chiquinquirá VOLVERÉ A MIRAFLORES!”, exclamó Rosales

Aquella mañana fresca y brillante de abril entró Rosales ufano, sereno, victorioso. Miraflores estaba a reventar, congestionados todos los pasillos, y los estacionamientos habían sido tomados por la gente de Pérez Recao. Llegaba Manuel de un viaje apresurado, y con varias noches sin dormir a cuesta. A él, en los trajines del golpe, se le había encargado un importante papel que cumplió a cabalidad junto con la embajada norteamericana, y venía a entregar cuentas. El país le urgía su presencia en la capital en el momento más crítico de la patria, y así se lo hizo saber a Carmona: “-Pedro, tú me conoces; cuenta conmigo”, le dijo, y se abrazaron. Venía, pues, inspirado en Dios, en la Virgen de Chiquinquirá, en los cuartos bates de la Conferencia Episcopal, en los potentados de Finol, Barboza, Araujo,… y en una Negra que todavía no tenía nombre ni forma en el universo esclarecido de su alma.

Allí estaba Baltazar Porras, sonriente, con su enorme crucifijo en el pecho, la sotana esplendida y recién estrenada, quien al abrazar a Manuel solo atinó a decir: “He aquí una prueba del Señor. Nos costó, pero lo logramos”.

Todos le preguntaban a Monseñor por el Teniente Coronel porque él había sido el último en verlo. Porras respondía: “Le ha tocado el mismo destino que a Noriega. Lástima. Yo hice por él todo lo que pude en nombre de Dios y de los derechos humanos. Qué broma, siempre se negó a escucharnos”. Manuel se abrazó a William Dávila Barrios, quien hacia poco, junto con don Baltazar y una comitiva de veinte personas (que le costó todos los ojos al presupuesto merideño) había hecho un viaje al Vaticano. Nunca podrá saberse cuánto esfuerzo puso don Baltazar por llevar a William ante el Papa. Manuel envidiaba en aquel momento la suerte y la amistad de Baltazar hacia William Dávila. “Si yo hubiese tenido en Maracaibo un obispo como Baltazar –se dijo- otro gallo cantaría. Pero bueno la Chinita no deja de acordarse de mí, y aquí estoy, no puedo quejarme”.

Pero en aquel momento, Manuel escuchaba lo que Porras le decía a Carmona: “¡Cuente Presidente con que yo lo llevo a usted ante el Santo Padre!”

Las sotanas negras aquella mañana le daban una nota sacramental a la liturgia de la proclamación que se acercaba, y Manuel reconfirmaba que sin los curas aquí nada prospera; sin los curas, claro, y sin Dios. Pero primero los curas. Manuel se persignó, no supo por qué: se sentía confundido y mareado, “Si Pedro pudo, por qué no yo, Señor.”

Los olores de aquellas hembras hediondas a perfume caro sustituían el incienso. Aquellos hombres bien trajeados, llegados de las santas mansiones del Country, del Este, y de más allá de todos los charcos atlánticos que van a Florida o a las Europas. “Si mi Chinita me concede el milagro de que el próximo sea yo, le pagaré con una gran promesa…”

Aquellos rozagantes empresarios, victoriosos, plenos de felicidad gritando: “¡Lo logramos, carajo!”, “¡cayó el bicho, nojoda ¡”, “¡Nunca más, un paso atrás, coño!” Manuel Rosales entre Carlos Ortega y Manuel Cova, entre Mikel de Viana y Eduardo Fernández, entre Daniel Comisso Urdaneta y Carlos Fernández, entre Rommel Fuenmayor y Guaicaipuro Lameda, entre María Corina Machado Parísca de Sosa Branger y Carlos Alfonso Martínez, entre Enrique Medina Gómez y Enrique Mendoza… y las llamadas por los celulares que no cesaban, con felicitaciones de todos los calibres: de Pedro León Zapata, de Manuel Caballero, de Elías Pino Iturrieta, de Roberto Giusti, de Rhona Otolina…

En todos resaltaba una definitiva y tajante posición, que a Manuel Rosales le tocó aclarar y resumir en las siguientes palabras: “¡Aquí no habrá elecciones hasta tanto no controlemos de manera absoluta, definitiva y total al Consejo Supremo Electoral! ¿Que nos lleve un año?, ¿que nos lleve dos?, eso no importa, pero aquí no permitiremos que se repita lo del 98! El proceso de transición democrática así lo exige. Y punto.” Lo que fue recibido con un furibundo aplauso. RIP.


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José Sant Roz

Director de Ensartaos.com.ve. Profesor de matemáticas en la Universidad de Los Andes (ULA). autor de más de veinte libros sobre política e historia.

 jsantroz@gmail.com      @jsantroz

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