Conducción revolucionaria es mandar obedeciendo al pueblo

Se habla mucho de revolución bolivariana, de rumbo al socialismo, de estado comunal pero en la práctica, en las actuaciones, en el hacer, poco se ha avanzado en la transformación sustantiva del Estado Venezolano, para realizar efectivamente lo democrático, lo social, de derecho y de justicia. Todavía hay una deuda la concepción ideológica dominante de la Asamblea Constituyente de 1999, tributaria en gran medida de la socialdemocracia. Ni siquiera se ha avanzado radicalmente en esta concepción del Estado prestacional, democrático de derecho y de justicia, y se plantea la tesis del Estado socialista. Pero, ¿Cuál estado socialista? ¿Será posible avanzar hacia un estado socialista como prefiguraba el proyecto de reforma constitucional sin debatir sobre que se entiende por estado socialista? ¿Será posible avanzar y profundizar la democracia participativa y protagónica, ahora adjetivada como democracia revolucionaria?

La tradición socialista revolucionaria ha planteado que la liberación de los grupos, sectores y clases explotados y oprimidos es imposible sin la supresión del aparato del poder de Estado creado por las clases dominantes. El “carácter de clase” del Estado está vinculado de cabo a rabo con la función de mando de las clases explotadoras en las funciones económico-productivas. Existe una coherencia entre los modelos de mando autoritario del Estado Burgués con los modelos de mando autoritario de las unidades económicas o lugares donde se establece la cooperación social y técnica del trabajo social. La llamada organización técnica de la división social del trabajo encubre las relaciones de dominación y mando capitalistas, su jerarquía, su disciplina, su cultura, sus normas, etc. La “administración pública” es una estructura burocrática que reproduce la división del trabajo capitalista, reduciendo al mínimo la implicación activa de los trabajadores en la gestión y organización del trabajo social. No es casual, que en Marx, la burocracia haya sido sometida a críticas demoledoras, al generar “órganos” que presumen que están por encima de la sociedad y que no están sometidas ni al servicio de ella. En palabras sencillas, el Estado se eleva sobre la sociedad, creado una máquina de despotismo político-administrativo sobre las clases subalternas. Allí se enquistan caudillos y jefes, que en vez de ser funcionarios servidores, se convierten en funcionarios-déspotas. La administración pública pasa a ser una pirámide de funcionarios-déspotas hasta llegar al gran déspota del ejecutivo todopoderoso. Algo muy distinto a una República democrática.

El socialismo revolucionario siempre ha planteado ante este problema, tanto la extinción del Estado como su supresión. Imaginar y pensar más allá de la forma-estado es una tarea revolucionaria, para no recaer en la Estadolatria (Gramsci) ni en el Estatismo Autoritario (Poulantzas) Se trata de no confundir el transito hacia el socialismo, con el Capitalismo de Estado ni con el Socialismo burocrático-autoritario. Más importante que el Estado, es la formación de asociaciones intermedias de las clases subalternas, organizaciones y consejos de lucha social, política y cultural, con grados de autonomía variables, que trastocan la forma-.estado capitalista, democratizando y desmantelando al mismo tiempo, a la pesada maquinaria de mando político capitalista. Marx planteó claramente la destrucción del Estado capitalista como "excrecencia parasitaria" de la sociedad, y en ningún lugar justificó la estadolatria.

Para el pensamiento crítico socialista es imposible evadir el debate sobre “las formas políticas" del poder revolucionario. Ni la II Internacional Socialdemócrata ni el estalinismo burocrático, la primera por su aceptación a-critica de las formas burguesas del Estado democrático parlamentario, y el segundo por la construcción de formas estatistas-autoritarias de transición al socialismo, pueden ser modelos a ser copiados como esquemas de transición al nuevo socialismo. Hay que construir salidas al impasse entre el estado socialdemócrata y el estatismo autoritario del estalinismo, a través de una nueva institucionalidad democrática, participativa y protagónica, con pleno control social desde abajo hacia arriba. Para esto, hay que ir más allá de Marx, pero sin desconocer a Marx en sus contribuciones en lo que se refiere a la valorización de la República Democrática como forma de estado indispensable para pensar el socialismo, con todo lo que esta supone. De allí que para Marx, democracia revolucionaria implique mucho más que democracia representativa, es un más allá de la democracia representativa, pero al mismo tiempo, sin la democracia es imposible imaginar y pensar un socialismo superador de la función de mando despótica del capitalismo. Como ha planteado Adam Schaff, Lenin se equivoca al desvincular el proceso revolucionario de transformación del Estado del fortalecimiento de la “República Democrática”.

La República Democrática no es solo "el camino más corto que conduce a la dictadura del proletariado", sino que es el antídoto indispensable contra cualquier forma de estatismo autoritario. La tragedia de la revolución bolchevique y su saldo negativo con el tristemente celebre destino estalinista, fue su negativa a valorizar a las formas políticas de la República Democrática. La vía bolchevique al socialismo todavía hoy, no supera las advertencias de Rosa Luxemburgo sobre el autoritarismo del leninismo. El llamado “Estado burgués sin burguesía” que se mencionaba en los documentos bolcheviques, va a convertirse en el mantillo sobre el que se expanden los peligros profesionales del poder y a cuyo abrigo se desarrolla una nueva forma de excrecencia burocrática parasitaria de la sociedad. Todos sabemos, lo que significa excrecencia: una suerte de protuberancia que altera la textura y superficie natural de los cuerpos vivos. Con esta metáfora, la clave está en comprender que para Marx, toda forma-Estado es una malformación de la sociedad, una deformación del horizonte de la comunidad de hombres y mujeres libres, que es la meta de la utopía concreta.

Para Marx incluso, el Estado es solo necesario para despachar funciones administrativas, pero no para reforzar sistemas de dominación y desigualdad social. Nada de Estadolatrias. Más bien, una nueva imaginación y pensamiento sobre la gestión colectiva de los asuntos públicos. Tales fórmulas recuerdan ciertas páginas en las que Engels sugiere que la extinción del Estado significará una simple "administración de las cosas", cuya idea es tomada prestada de los saintsimonianos; dicho de otra forma, a una simple tecnología de gestión de lo social, donde la abundancia postulada dispensaría de establecer prioridades, de debatir opciones, de hacer vivir la política como espacio de la pluralidad.

Como ocurre a menudo, tal utopía libertaria degeneró en una utopía despótica. Un "Estado proletario", concebido como un "cártel del pueblo entero", puede fácilmente conducir a la confusión totalitaria de la clase, del partido, y del Estado, y a la idea de que, en este cartel del pueblo entero, los trabajadores no tendrían ya que hacer huelgas, puesto que sería hacer huelga contra si mismos. Tratando de sustituir el “cretinismo parlamentario” y el “liberalismo adocenado” de la socialdemocracia, se creo un monstruo peor aún. Lenin llamó a romper con las ilusiones parlamentarias, pero se prohíbe de la misma manera, pensar desde un lugar no despótico, las formas políticas del Estado de transición.

Es en este punto ciego de la tradición socialista revolucionaria, donde aparece descollante la figura de Rosa Luxemburgo. Para ella, la llamada “dictadura del proletariado” no puede ser la de un partido minoritario sustituyendo a la clase y la mayoría del pueblo. Luxemburgo asume la noción de dictadura del proletariado en sentido amplio –"ninguna revolución se ha acabado de otra forma que por la dictadura de una clase"- pero agrega: " (…) la realización del socialismo por una minoría está incondicionalmente excluida, puesto que la idea del socialismo excluye justamente la dominación de una minoría". En un artículo de 1918, titulado "Asamblea nacional o gobierno de los consejos", condena de nuevo el cretinismo parlamentario que ha conducido a la mayoría socialista a la política de unión sagrada en la guerra: "Realizar el socialismo por la vía parlamentaria, por simple decisión mayoritaria, es un proyecto idílico".

No renuncia sin embargo a lo que escribía desde 1904 sobre la necesidad de combinar la acción fuera y dentro de las instituciones, "la necesidad tanto de reforzar la acción extraparlamentaria del proletariado, como de organizar con precisión la acción parlamentaria de nuestros diputados". Pero sus críticas a la revolución rusa no fueron escuchadas con la debida atención: Rosa Luxemburgo critica las medidas bolcheviques sobre la reforma agraria. Creando, no una propiedad social, sino una nueva forma de propiedad privada agraria, la parcelización de los grandes dominios "aumenta las desigualdades sociales en el campo" y genera masivamente una nueva pequeña burguesía agraria cuyos intereses entrarán inevitablemente en contradicción con los del proletariado.

Es en el famoso debate sobre la disolución de la Asamblea Constituyente, constantemente reivindicada por los bolcheviques entre febrero y octubre de 1917, pueden analizar importantes tensiones sobre la democracia. Rosa no es sorda a los argumentos según los cuales había que "romper esta constituyente caducada", por tanto "nacida muerta", que iba con retraso respecto a la dinámica revolucionaria, tanto por sus modalidades electivas como por la imagen deformada que daba del país. Pero entonces, "había que prescribir sin tardar nuevas elecciones para una nueva Constituyente". Sin embargo Lenin y Trotsky (en su folleto de 1923 sobre las Lecciones de Octubre) excluyen por principio toda forma de "democracia mixta" planteada por los austro-marxistas. Rosa vive en Alemania, tiene la experiencia de una vida parlamentaria ya consolidada. Por esto, se inquieta explícitamente por esta confusión entre la excepción y la regla: "El peligro comienza allí donde, haciendo de la necesidad virtud, ellos (los dirigentes bolcheviques) intentan fijar en todos los puntos de la teoría, una táctica que les ha sido impuesta por condiciones fatales y proponérsela al proletariado internacional como modelo de la táctica socialista".

Esta extrapolación de condiciones y modelos debería ser precisamente el punto de mira para no repetir errores de calco y copia de revoluciones anteriores. No pueden trasladarse mecánicamente ni las concepciones ni las instituciones de un modelo de revolución a otro. Lo que está en juego, es la vitalidad y la eficacia de la propia democracia socialista. Luxemburgo subraya la importancia de la opinión pública, que no habría que reducir a un engaño o a un teatro de sombras con medidas de restricción estatal. Toda la experiencia histórica "nos muestra al contrario que la opinión pública irriga constantemente las instituciones representativas, las penetra, las dirige. Es precisamente la revolución la que, con su efervescencia ardiente, crea esta atmósfera política vibrante, receptiva, que permite a las olas de la opinión pública, al pulso de la vida popular actuar instantáneamente, milagrosamente, sobre las instituciones representativas".

En lugar de comprimir este "pulso de la vida popular", los revolucionarios deben dejarle latir pues constituye un poderoso correctivo al pesado mecanismo de las instituciones democráticas. “Ciertamente, dice Rosa, toda institución democrática, como toda institución humana, tiene sus límites y sus lagunas. Pero el remedio que han encontrado Lenin y Trotsky –suprimir directamente la democracia- es peor que el mal que se supone curar: obstruye la fuente viva de donde habrían podido brotar los correctivos a las imperfecciones congénitas de las instituciones sociales, la vida política activa, enérgica, sin trabas de la gran mayoría de las masas populares". En nuestras condiciones, más que restringir los poderes de influencia de la mediática capitalista, habría que ampliar, fortalecer y diversificar los medios de comunicación contra-hegemónicos del bloque nacional-popular, para modificar el cuadro de fuerzas y sentidos de la opinión pública democrática.

Los errores de desmantelar la democracia tendrán su precio. En su Stalin póstumo, Trotsky reconoce hasta qué punto la guerra civil fue una escuela de brutalidad autoritaria y de mando burocrático. Stalin no tendrá ninguna dificultad para reciclar a su servicio estos métodos de mando. Las advertencias de Rosa toman entonces retrospectivamente todo su sentido. Temía en 1918 que medidas de excepción temporalmente justificables se convirtieran en la regla, en nombre de una concepción puramente instrumental del Estado en tanto que aparato de dominación de una clase sobre otra. La revolución consistiría entonces solo en hacerle cambiar de manos: "Lenin dice que el Estado burgués es un instrumento de opresión de la clase obrera, el Estado socialista un instrumento de opresión de la burguesía, que no es de alguna forma más que un Estado capitalista invertido. Esta concepción simplista omite lo esencial: para que la clase burguesa pueda ejercer su dominación, no hay necesidad en absoluto de enseñar y educar políticamente al conjunto de la masa popular, al menos no más allá de ciertos límites estrechamente trazados. Para la dictadura proletaria, es ése el elemento vital, el aliento sin el que no podría existir".


En efecto, la sociedad nueva debe inventarse sin manual, en la experiencia práctica de millones de hombres y mujeres. El programa del partido no ofrece a este propósito más que "grandes paneles que indican la dirección", y además estas indicaciones no tienen un carácter indicativo, más que un carácter prescriptivo. Para resolver estos problemas, la libertad más amplia, la actividad más amplia, la más amplia parte de la población es necesaria. Sin embargo, la libertad, "es siempre al menos la libertad de quien piensa de otra forma". No es ella, sino el terror, quien desmoraliza: "Sin elecciones generales, sin una libertad de prensa y de reunión ilimitada, sin una lucha de opinión libre, la vida se apaga en todas las instituciones públicas, vegeta, y la burocracia se constituye en el único elemento activo".

Desarrollar la democracia hasta el final, buscar las formas de este desarrollo, ponerlas a la prueba de la práctica, es sin embargo una de las tareas esenciales de la lucha por la revolución social. A lo largo de todo el siglo XX, las experiencias sociales y de las investigaciones antropológicas, los enfoques teóricos del Estado se han enriquecido y profundizado, desde Gramsci a Foucault, pasando por Poulantzas, Lefebvre, Alvater, Hirsch y muchos otros. Foucault ha contribuido principalmente a desmitificar un fetichismo del poder analizando la genealogía de las relaciones de poderes, hasta emitir la hipótesis según la cual el Estado no sería sino "un tipo diferente de gubernamentalidad". Si su teoría de las relaciones de poder, como la de los campos de Bourdieu, permite comprender una pluralidad de dominaciones y de contradicciones, no deja de ser cierto que todos los poderes no participan en la reproducción social de las relaciones capitalistas de producción. Hay, en las redes y las relaciones de poderes, nudos más importantes que otros. Las retóricas liberales del Estado mínimo o del repliegue del Estado no hacen sino resaltar con más relieve el núcleo duro de sus funciones represivas y su papel eminente en la puesta en pie de los dispositivos del biopoder. Por tanto, no hay "Estado imparcial". El tejido de las relaciones de dominación, de poder-sobre, hay que deshacerlo a partir del poder-hacer, de la potencia; y si se trata de un proceso a largo plazo, la maquinaria del poder del Estado hay que romperla. Esta es una lección que no puede olvidarse, más cuando se habla mucho de Estado: Estado Socialista, Estado Comunal, Estado Revolucionario.

Tal vez, no hay mayor veneración supersticiosa por el Estado en aquellos que han recibido a-críticamente una socialización de tipo capitalista, con sus jefaturas, jerarquías, rangos y desde el habitus del “fordismo” económico, militar o eclesiástico. El culto a jefes, a funcionarios, a jefaturas, a la división tajante entre posiciones de mando y dirección estratégica frente a la ejecución táctica y operacional es parte no de la solución sino del problema. Ni la forma-partido ni la forma-estado deben prefigurar la naturalización de la división entre gobernantes y gobernados.

Cuando el rumor popular plantea que: “No queremos que nos gobiernen, queremos gobernar”, esto puede dar lugar a reacciones estereotipadas cuyo fondo ideológico es la función de mando burocrática-capitalista. No se trata de simples “consignas anarquistas” sino de demandas populares. Se trata de un problema real que enfrenta toda revolución cuando plantea las formas políticas del poder revolucionario y de la transición al socialismo. Esto ha ocurrido desde la revolución mexicana, pasando por la revolución en Alemania, Rusia, Hungría, Checoslovaquia, Polonia, China, por los eventos insurrecciónales en Francia, en Italia, en Argentina, en Chile y pare de contar. Cualquier revolución es una puesta en cuestión de la lógica de la dominación: económica, política, burocrática, mediática, eclesiástica, familiar, etc. Criminalizar estos acontecimientos, a sus actores y discursos es un síntoma de fascismo en el propio campo de la revolución. Toda posición de derecha se caracteriza por gritar orden, disciplina y jefatura; de manera estridente y permanente. Cuando aparecen estos síntomas de manera ocasional en la dirección revolucionaria o en sus funcionarios del consenso, hay que ponerse en alerta. Hay que decirles, “ni somos tan poquitos porque se preocupan.” El tema de fondo es que en la dirección revolucionaria hay “mala conciencia”. Lo saben pero no lo reconocen. Esta revolución está derivando hacia el cesarismo, el populismo y hacia la derecha. El pueblo organizado y movilizado, no lo duden, corregirá esta situación. No olvidemos nunca que la coherencia estrecha entre explotadores y explotados en el mundo económico, y entre gobernantes y gobernados en el mundo político, es la condición de posibilidad de que la lógica de la dominación. La lógica de la dominación entra en contradicción antagónica con los espacios de libertad, la participación, el protagonismo popular y la liberación social. Por eso en el nuevo socialismo se justifica la función de la dirección revolucionaria, colectiva y colegiada, para mandar obedeciendo al pueblo. Porque democracia socialista es de manera sencilla, precisa, clara y concisa: ¡mandar obedeciendo al pueblo!


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Javier Biardeau R.

Articulista de Opinión. Promotor del Pensamiento Crítico Socialista. Profesor de Estudios Latinoamericanos-Sociología UCV.

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