De mis odios por Maduro y los cazadores armados la “Ley del Odio”

Decidí, desde el mismo momento que leí el artículo en donde alguien, sin duda insensato, tanto que ni tiene idea de lo que podría desatar, más que una "cacería de brujas", donde aquellos cazadores de Salem se quedarían pendejos, no hacer mención del asunto, es decir ignorarlo, pero dado que los demás colegas que fueron aludidos se han referido al asunto, opté por abordarlo para evitar cualquiera mala interpretación.

Quien aquello escribió que, más parece un arrume de infundios, brebaje de brujo, diagnóstico de alquimista y nada de politólogo, pareciera no haber asimilado lo que emana alrededor de Carlos Lanz, un anciano, a quien, de manera determinante llamaría un inocente, y contra quien, en medio de lo que en Venezuela se debate, alguien tomó la decisión de desaparecerlo. Todas las hipótesis son válidas en cualquier caso no aclarado y, cuando se trata de delitos como ese, el Ministerio público, hasta no tener los pelos en las manos, no da nada por descartado.

¿Por qué desaparecieron a Carlos Lanz y quién o quiénes?

Para esas interrogantes no tengo respuestas, pues mi formación académica y profesional, maestro de escuela, humilde docente de aula, no de oficina, en el área de historia , pero por encima de todo hombre honesto, de lo que de manera arrogante me precio, para lo que pongo por delante mi larga vida y el reto que se me investigue centímetro a centímetro, con la certeza hallarán siempre la huella de "un pendejo" que, nunca se asoció políticamente con nadie en busca de nada, porque, como suelo decir, "nunca he sido candidato a nada" y, sólo he sido "¡maestro de escuela, de los de abajo", me impone no dar por verdad lo que deseo o imagino. Porque, como pudiera decir el Ministerio Público, para mí, en ese sonado caso, hasta que no se aclare satisfactoria y definitivamente, también "todas las hipótesis son válidas". Y si con algo estoy casado, es el empeño de buscar la verdad y en esto no asumo lo que nadie me diga, me convenga y menos por obligaciones grupales y de partido. Quienes me conocen personalmente saben que soy un animal de monte, poco dado a acordarme con alguien en algo que no creo.

Y una de las hipótesis, en el caso de Lanz, pudiera ser que alguien, pública o privadamente, de manera discreta y hasta inocentemente, pese el autor haga ostentación de tantos títulos, pero puntual, pudo ponerlo en la mira de quienes se sienten obligados a hacer la función del vengador errante, castigar los pecados y hasta como Caronte, llevar en su barca a los pecadores al infierno. Y pudo hacerlo alguien quien supo que el viejo docente e investigador tenía los pelos en las manos de una piel gruesa y de animal feroz.

Soy un anciano, como Carlos Lanz, ya el 28 de este mes, cumplo 83 años, fácil de secuestrar cuando me aleje un tanto de mi casa, que por ahora no suele ser muy lejos por la pandemia y conocido en la ciudad donde vivo, tanto como para que un infeliz, inyectado de odio, por alguien que calculo con odio, sólo o encompinchado con otros, me secuestre y castigue, sintiéndose todos ellos como contentos de cumplir la función de aquellos justicieros que se sentían obligados y con derecho a llevar a los brujos a la hoguera en la localidad de Salem. Hasta pudiera estar incitando que a quienes critiquen al gobierno, hasta los bajos salarios, se les aplique la "Ley contra el odio", lo que no sería estalinismo sino fascismo puro o como decimos los cumaneses, "en cepa".

Si hay algunos en la izquierda, porque eso soy, lo he sido toda la vida y no tengo motivos a esta edad para dejar de serlo y Maduro y los suyos no son el límite, referencia y menos tienen la medida para decidir quién es o no, que no tiene motivos para odiar al presidente es este ciudadano. Quien nunca ha dejado de reconocer la legalidad del cargo que él ostenta, ni ha hecho causa común con quienes han intentado derrocarlo y hasta asesinarlo.

Da la casualidad que, su padre, también llamado Nicolás Maduro, fue mi amigo. Tanto que juntos militamos en AD y vivimos casi 3 años en la misma pensión. Y, como antes he contado, estuve al lado de él, empujando a Miraflores el carro que llevaba a Betancourt cuando asumió la presidencia en 1959. Además, cuando me fui a la fundación del MIR, su padre estuvo con nosotros. Luego dejé verle por un tiempo cuando entramos nosotros en la etapa clandestina y volví a verle, ya viviendo él, si mal no recuerdo, en la Avenida Victoria o Presidente Medina, con su esposa y sus hijos; seguía trabajando en el Banco Obrero y más tarde supe se había ido al MEP, siguiendo al Dr. Prieto.

Durante el tiempo que Nicolás Maduro, padre y yo, convivimos en la misma pensión, en la del sr Atilio, un italiano, en la esquina de Balconcito, parroquia caraqueña de Altagracia, tuvimos una relación de hermandad, entre otras cosas, porque él, mayor que yo, era una persona amable, generosa, humilde, hermosa y de una sonrisa encantadora. Y después nos vimos por ocasiones y en cada oportunidad, de ambos, emergía el viejo cariño de compañeros y amigos. Por aquel Nicolás Maduro, nacido en tierra falconiana, guardo un hermoso recuerdo y esto me inhabilita para que pueda albergar odio contra su hijo.

Sucede, además, tengo un amigo en el Psuv, pese los distanciamientos políticos, ahora es diputado, mediante el cual pude, siendo Maduro presidente y hasta antes de serlo, de llegarle cerca y sacarle partido a aquella vieja amistad y cariño mutuo entre su pare y yo. No lo hice, porque esa no es mi escuela, sino la que ya describí arriba y lo que sigue.

No nací y menos me formé, hasta mucho más allá de adolescencia, en una ciudad enorme y en consecuencia tampoco en una de esas barriadas donde el individualismo y las usuales carencias generan mucha competitividad y serios traumas. Lo hice en un humilde barrio, casi aldea de pescadores, muy cerca de la orilla del mar, de uno abundante y donde nadie competía con nadie por las carencias. Al contrario, el generoso mar que tenía de sobra para todos, nos imponía ser unidos, participativos y generosos. Todos concurríamos a las tareas del traer el tren hasta la orilla y recibir parte de la pesca abundante y hasta llevarle a la familia del compañero que cualquier día faltó por razones justificadas y conocidas. No me formé compitiendo con nadie, entre envidiosos, egoístas y menos adulantes.

Además, soy en buena medida, un romántico, que tomó como ejemplo a seguir la trayectoria de su padre y por nada del mundo dejaría de seguir sus pasos. Y joven, me sentí orgulloso de ser hijo del hombre de quien tengo pruebas fue el más honesto de quien tuve noticias y pruebas de ello y al final de mi vida, insisto en parecerme bastante a él.

Más tarde, compartí mi vida, eso cualquiera lo puede averiguar, con hombres estudiosos, cultos e insobornables, como Moisés Moleiro, Rómulo Henríquez Navarrete, Julio Escalona, David Nieves, Bartolomé Vielma Hernández, Vladimir Acosta, Jorge Rodríguez (padre) y una lista larga que fueron mis compañeros de la lucha cotidiana, en la legalidad, clandestinidad y de quienes se me pegó más aun lo que ya traía de mi pueblo natal y mi familia, eso de guardar veneración por la verdad, por lo menos esa que me he formado, emanada de la realidad y percibo con disposición de hombre honesto y los instrumentos que manejo. Y en todo eso, no cuenta el odio y menos los intereses materiales.

Por último, soy docente, lo fui desde que me inicié en la militancia en AD y luego en el MIR; pues una de las cosas que más me atrajo y ha atraído hasta hoy, era y es intentar transmitir a los compañeros necesitados lo poco que yo iba aprendiendo. Y como suelo decir, a lo largo de esa militancia, "nunca fui candidato a nada", porque eso nunca estuvo en el campo de mi interés. Un verdadero maestro y alguien que pretenda acercarse a los hechos históricos y comprenderlos, en la medida de lo posible, para luego contribuir que otros lleguen a lo mismo, no puede dejarse embargar por el odio y tampoco decir lo que no es, porque eso le convenga a él o a su grupo.

Es decir, a mi como maestro, nacido y criado entre gente pescadora, llena de generosidad y solidaridad, esposo, padre y abuelo, lleno de felicidad en lo que a esto concierne, militante junto a gente tan lúcida como los nombrados antes y los que no nombré, porque la lista es muy larga y entre los cuales está mi inolvidable maestro y amigo Carmelo Laborit, no me está permitido y, menos me sale odiar a nadie.

Mi escuela, en el sentido más amplio de la palabra, no me enseñó a odiar y menos a señalar a nadie para que, sobre él, quien ejerce todos sus derechos con propiedad, caigan los demonios, por el sólo interés de ganar indulgencias para el infierno.



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Eligio Damas

Militante de la izquierda de toda la vida. Nunca ha sido candidato a nada y menos ser llevado a tribunal alguno. Libre para opinar, sin tapaojos ni ataduras. Maestro de escuela de los de abajo.

 damas.eligio@gmail.com

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