Esta guerra también le oprime: Empezó perdiendo una, en el ocaso, en otra, pierde de calle

La guerra es una vaina fea. Uno en ella sólo se ve heridas y por ellas tragedias. Los aviones disparan bombas y metrallas y caen donde sea, porque la guerra es así, "hay que joder a le gente para que se arreche por la haberla metida en eso, así como alegremente, a la carrera, sin pensar bien las cosas y salga a protestar no contras quienes mandan desde lejos los aviones y a quienes estos pilotean y dejan caer todo aquello infernal".

Hasta quienes dejan caer las bombas, sin siquiera enterarse de lo que produjeron, como quien deja caer caramelitos en los desfiles de carnaval, mientras la gente grita ¡aquí es! ¡aquí es¡ y hasta la asesinan en los caminos y pueblos indefensos asaltados, sufren todo aquello, pues luego regresan a New York, Kansas, Detroit o cualquier pequeño pueblo de su enorme país a consumir drogas para aplacar las llagas que todo aquello les dejó; de cuando sintiéndose armados y poderosos hicieron daño, porque estaban drogados para no sentir rencor, remordimiento ni dolor en aquellos momentos infernales y, lo que es más, convencidos que combatían por una causa justa. Porque eso les dijeron los representantes de los magnates, dueños del capital que desatan, arman y deciden las guerras pero en las cuales ellos ni sus hijos participan, ni siquiera apretando los botones de los ordenadores que manejan drones, cuando los pusieron a ejecutar aquellas vilezas, como que combatían por la libertad, la justicia.

Las guerras, todas ellas, las de a caballo y jinetes con lanzas, hombres de a pie, con lo que tuviesen al alcance de la mano, hasta el rastrillo de limpiar el conuco y armas modernas como las de ahora; esas que hasta disparan a kilómetros de distancia, que usan drones encargados de localizar al "enemigo", usualmente inventado por cuadrar un negocio, que en veces no está formado por combatientes y ni siquiera enemigos, solo dejan dolor, sed y hambre.

La guerra de hoy es más fea y cruel que la de antes. Los guerreros de antes se citaban en determinados campos de batallas, peleaban cuerpo a cuerpo y, hasta pudiera el vencedor, terminar por pasar por las armas también a los rendidos y dejar los cuerpos desperdigados en aquellas sabanas o sierras a expensas de las aves de carroña. La de anteayer, con toda su tecnología, va incluso a los hogares de la gente que no está metida en la guerra y para nada la quiere. Las bombas, metralla y los agentes químicos, prefieren las ciudades, donde la gente se amontona, escuela, hospitales y hasta si estos son de niños como mejor.

Y si la guerra es esta de ahora, la moderna, cuando el hombre dispone de mayores recursos tecnológicos, es "más civilizado" y culto, la llamada de IV generación o "no convencional", es mucho más cruel. Se mete en los televisores, en los ordenadores y las infinitas redes para al final llegarle a la gente por sus móviles. De ella, su variante, la llamada guerra económica, puede sin disparar un tiro, corromper, demoler las bases de la sociedad toda. Puede llevar a un pueblo que antes tuvo una vida difícil pero soportable, decente y en veces agradable, a la ruina material y moral, prostitución, decrepitud, lo que es peor que asesinar gente en masa. Pues se mete en la casa, la mesa y hasta en la intimidad de cada quien. Es preferible morir con dignidad que hacerlo sumido en la miseria material moral y espiritual que ella genera. No hay nada más feo que ver demoler la moral, el futuro, la vida de la gente, empezando por los niños que nada saben de la guerra, pues lo suyo debería sólo jugar y reír.

La guerra es en verdad, una cosa muy fea.

Siendo Félix muy joven, apenas estaba por cumplir los veinte años, cuando caído Pérez Jiménez, había logrado entrar a la universidad y obtenido un trabajo que me permitía cubrir sus gastos en Caracas, después de haber esperado tres años en su pueblo, desde que obtuvo el título de bachiller, lo metieron en una guerra forzada; quien le dio aquella noticia y hasta orden que tendría que ir a una guerra para logar sus sueños, que nada pasaban por tener que matar a nadie y menos esconderse para que no le mataran, le dijo, como con placer, "y la guerra será larga", repitiendo un como slogan que había venido desde el Asia, para que se fuera preparando, fue de los primeros en dejarla, apenas se dio cuenta que todo aquello era un disparate, no teniendo como pararla y quizás hasta sintiendo vergüenza por la culpa que en aquello le cabía. Quien aquella "línea" de partido y aviso para lo vendría le dio a Félix, no sólo se fue antes de tiempo sino que se pasó para el lado del enemigo a decir todo lo contrario que le dijo para meterlo en aquella vaina. Ahora mismo le dice a Félix que él nunca le dijo eso, pero lo dejó en el medio y solo.

Félix se fue a la guerra, pero no a las guerrillas. Porque la gente cree que los únicos y más heroicos soldados de eso que llaman revolución, asociada a unos personajes quijotescos en el menos elevado sentido del término, disfrazados de militares, con unas gorritas, en lugar de casco y un fusil siempre guindado a la espalda porque casi nunca lo usaron, son los guerrilleros, que se le pasan en el monte y la montaña, unas veces ocultos y otras hasta caminando, eso sí, incansablemente para no toparse con un enemigo que no les busca sino les espera se equivoquen de ruta. Se suele desconocer que ellos viven del apoyo de abajo, de las ciudades y pueblos, donde combatientes que nadie nombrará ni recordará nunca, pero si es verdad que se topan con la policía, la cárcel y la tortura todos los días y cada momento; por lo que hay que dormir con un ojo cerrado y el otro abierto y una noche aquí y mañana allá y pasar hambre que juega garrote, donde las posibilidades de la cárcel, la tortura son la carta de cada día; separarse de la familia, los amigos y volverse solitario para siempre en medio de la ciudad.

Y así, en esa guerra de la cual pocos hablan, se la pasó Félix, sin que la gente donde durmió o comió varias veces, también abnegados al servicio de aquella guerra que nadie nombra, llegase a saber su nombre verdadero, hasta pasado varios años en los cuales se le fue la vida de joven, de la que nunca supo cómo era esa vaina. Félix entonces no tuvo juventud, ni reconocimientos porque no fue comandante de esos que estaban arriba en el monte y que cuando bajó fue recibido casi como si hubiese ganado una guerra donde no echó un solo tiro, sino todo fue un mirar el paisaje del monte, de la selva, de la montaña.

Félix no estuvo arriba y por eso nada de aquel reconocimiento fue para él. Sólo quedó con su tiempo perdido y la triste historia de los avatares y dificultades que tuvo que vivir y que para más vainas nadie sabe ni le interesa para nada.

Así fue la triste juventud de Félix.

Ahora viejo, cuando habiendo recompuesto su vida, haber aprovechado sus dotes a puro esfuerzo, sin valerse de galones hechos de bambalinas, pues pudo retirarse a tiempo viendo que aquella guerra en la que lo metieron y estando en el frente más duro, el de la ciudad, aunque la gente cree lo contrario por lo que bien que la publicidad inventa sus vainas y hasta sus héroes, cumplida una labor profesional en una de las profesionales más nobles que inventó el proceso de formación humana, en lugar de descansar y llevar una vida decente, le meten en otra guerra que le está arruinando su vejez, como aquella su juventud, porque ve que le están robando el futuro de sus hijos, nietos y su derecho a soñar y vivir en tranquilidad; pues ni lo más elemental, comida, atención para su salud, tiene Félix.

Y es una guerra que quieren los mismos que piensan que el mundo les pertenece, pero sin percatarse que este anda cambiando y unos tontos que la ven como inevitable y hasta como si la pudiesen ganar enfrentando a aquellos en el campo y con los medios que ellos disponen, porque creen, como en el pasado, que esto es como irse de fines de semana al campo, disponer de todo para el tiempo que allá pasen y volver con charreteras nuevas y brillantes, pues están apertrechados de todo, mientras Félix y la gente toda padece por lo más elemental y hasta perece. Pues esta guerra, piensa Félix, digan lo digan, pues habrá otros que la ganen, también como aquella, la perdemos.

 

 

 

 

 

 

 



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Eligio Damas

Militante de la izquierda de toda la vida. Nunca ha sido candidato a nada y menos ser llevado a tribunal alguno. Libre para opinar, sin tapaojos ni ataduras. Maestro de escuela de los de abajo.

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