¿Sólo a Carlos Andrés Pérez, le ha faltado "un poco de ignorancia"?

Nadie sabe si el tipo era así desde chiquito o en el camino, mientras le fueron alargando los pantalones, comenzó con aquello. Lo cierto es que desde que comenzamos a verle por televisión y a escucharle, sin uno saber la dimensión de sus ideas, conceptos e inventario de palabras, tal como este debe ser, cada una de ellas en su sitio, en la casilla adecuada y no dispersas por allí para aparecer donde no deben, le percibimos como quien sabe de todo pero no halla como convencernos de eso.

No olvidaré nunca, cuando frente a un grupo de periodistas, intentando responder dijo aquella frase que me dejó petrificado, pero no por asombrarme, sino por descubrir mi incompetencia para llegar al fondo de aquello tan lujoso:

-"Eso fue un auto suicidio" y repitió "Eso fue un auto suicidio". Como igualmente hubiese dicho, como han dicho ahora, "Cuando pienso con mi mente". Repitiendo también esto como si estuviese allí anclado o se hubiese pegado la aguja del viejo tocadiscos.

En principio pensé en algo mal dicho, pero al repetir me di cuenta que sólo sé que no sé nada y me quedé, como antes dije, petrificado y con la boca abierta.

Se dice que la calidad suele esconderse tras la abundancia o que esta sirve para distraer por falta de aquella. Quizás por eso mismo, por su irrefrenable deseo de hablar, no de lo humano y lo divino, sino simplemente bastante, largo, repetitivo, uno nunca supo dónde hallar lo sustancioso. Era como buscar una aguja en un pajar o desgajar una fruta podrida intentando encontrar algo jugoso y aprovechable hasta quedar con las manos empegostadas y los deseos insatisfechos. Pero quizás por lo tedioso del trabajo uno dudaba. ¡Quizás entre lo desechado se nos había colado la sustancia!

Cuando un periodista preguntaba sobre algo concreto, como qué haría para reducir la inflación, inflaba el pecho, tomaba como presión y largaba palabras, tras palabras como quien dispara con una ametralladora y pierde el control de la misma, tanto que los proyectiles salen sin orden ni concierto, sin atender la dirección en que se halla el objetivo. Es más, en aquel desconcierto, al tratar de ordenarse y explicar, dejaba en los oyentes que ponían empeño en poner cada palabra en su sitio, que haría lo contrario que cualquier simple pulpero, nada de economistas y académicos que suelen enredar todo, recomendaría guiado por el simple sentido común y hasta experiencia existencial de un simple ciudadano que hace mercado para la casa.

Estaba obsesionado por la paz. Su mórbida elocuencia o irrefrenable deseo de hablar, más interesado en esto que en el decir, al tratar el asunto de la paz y la convivencia, como el diálogo necesario, le hacía perder la cuenta de las palabras y el sentido que estas debían darle a la oración. Por esa torrentera que disparaba o se le salía, solía como confundir la paz con la guerra y al aspirado contertulio como un gladiador armado como mandan las reglas en medio del circo y hasta escuchaba los gritos de las graderías alentándole al combate. Claro, es justo decirlo, muchos de quienes solían plantársele por delante, tenían el mismo talante y poca disposición a conversar y si mucha a dejar que la lengua se soltase y dijese lo menos conveniente para lo que decían buscar. Pero estos además de la lengua, que de por sí suele o puede ser arma filosa, cargaba siempre y en acción toda una artillería pesada con armas de verdad que vomitaban fuego. Y lo que es peor, estaban siempre ansiosos de ponerlas en uso.

Parecía más interesado en la cantidad de palabras pronunciadas, como si por la elevada cifra de ellas le premiasen, que en lo que debía decir y la gente esperaba para entender y por lo menos sentirse consolada. Por esa debilidad suya, la misma de sus enemigos, que son muchos, tantos que las palabras de estos igualan a las suyas, el deseo de paz de él, de algunos de ellos y de la gente toda, se frustraba y posponía para la próxima temporada o contienda.

En su arsenal de palabras amontonadas, hasta montadas unas sobre otras, de la misma forma como salían por la punta del cañón de su arma de repetición, de no sé cuántas por segundos, pero si unas cuantas, abundaban en el mismo desorden, aquellas insultantes. Eso sí, pese el desorden habitual, estas las insultantes, estaban en un lote apretujado, enredado como un ovillo, pero aparte. De manera que al apelar a ellas no se confundiesen con la suaves, las del lenguaje diplomático o edulcorado. Era necesario eso para que saliesen en el momento preciso y hacia donde se había pensado de antemano que saliesen. No importaba si una palabra salía enredada, en ovillo con otras, lo importante es que fuesen de la misma calidad y calibre. Porque la paz es una vaina que se conquista sometiendo al fuego de las palabras hirientes al enemigo, según su vieja escuela. No le bastaba con demostrar que aquel personaje había actuado de mala fe y hasta como por encargo de alguien que "prestó su generosidad" y le garantizó los mejores beneficios y más lujosas prendas, sino que hacía falta zaherirlo con las palabras más gruesas. Eso siempre creyó e hizo. Desdeñaba al escucha que pudiera compartir sus opiniones pero repudiaba su precario y descalificado estilo. Conducta que en éste escucha aunque creyese haber ganado, le empataba el juego.

Todo parecía enredarlo y cuando uno creía que las cosas se aclaraban, se largaba su retahíla de palabras que en veces hasta ignoraban lo que la gente esperaba o los periodistas preguntaban. Y ese empeño en meter cosas donde no cabían o debían estar por alguna circunstancia o proceder como quien pretende meter a juro en la fiesta alguien que no está invitado y hasta no es bien recibido.

Todo creía saberlo y nada dejaba para que quienes de verdad conocían del asunto lo explicasen debidamente. Estaba convencido que liderar era mandar y significaba saberlo todo y no permitir que nadie explicase o aclarase algo que él, humano al fin, no bien conocía. Era para él ofensivo que hubiese alguien que pudiera explicar lo que el bien no manejaba. Era humillante. ¡Eso no lo permite un jefe! Quienes le rodeaban, muchos que debían explicar aquello, quizás en otra oportunidad para no quitar el protagonismo al jefe, callaban, bajaban la cabeza y hasta celebraban el enredo de palabras del orador irrefrenable.

Por todo eso, un viejo compañero suyo, que bien le conocía, hablando una vez en una rueda de periodistas, dijo de él:

-"Lo único que le falta al compañero para ser el divino dirigente es un poco de ignorancia".

Lector, observe que hablé en pasado, no confunda los tiempos, el personaje no es quien usted piensa. Por el comentario del viejo compañero pudiera haber sido Carlos Andrés Pérez. ¡Quién sabe!



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Eligio Damas

Militante de la izquierda de toda la vida. Nunca ha sido candidato a nada y menos ser llevado a tribunal alguno. Libre para opinar, sin tapaojos ni ataduras. Maestro de escuela de los de abajo.

 damas.eligio@gmail.com

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