Democracia y despotismo. ¡Cuidado desatan los demonios!

Nota: este trabajo, por lo largo, no estaba destinado a este espacio, pero por los últimos acontecimientos, creí apropiado que por aquí saliese.

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            “Todo el poder para los soviets”, ese fue el grito del partido bolchevique y los revolucionarios rusos de cuando la revolución de 1917. Se hacían eco del planteamiento marxista de la dictadura del proletariado, en la misma medida que, en el capitalismo, la sociedad la maneja un Estado que impone los valores del capital y empresarios; lo que equivale decir que la democracia burguesa, sostenida por relaciones capitalistas, es una dictadura. Entonces, la sociedad socialista, de acuerdo a definiciones de los clásicos, sería una sujeta a los valores del trabajo, la repartición equitativa de los beneficios, sin acumulación privada y donde los derechos estén de hecho y derecho garantizados a todos. Para esa concepción, la democracia burguesa, es una ficción, donde la mayoría compite en desventaja y queda en el camino atada a la miseria; donde por un lado acumula capital, genera bienestar para unos pocos y miseria generalizada en el otro. En la URRSS estalinista, esa “dictadura del proletariado”, fue una mentira, tuvo una expresión autocrática y hasta despótica y por esto condujo a lo mismo y menos mal que a la inconformidad; lo anterior, hasta el mismo Chávez lo dijo, quien agregó que allí ni siquiera “nunca hubo socialismo; el muro de Berlín, hablando de Alemania, donde se copió el régimen estalinista, no lo tumbaron sólo los capitalistas e imperialistas, sino el propio pueblo de Berlín Este.

           En la catedral de París, se exhiben las cabezas de los reyes y nobles decapitados, por disposición de las leyes de la revolución. Fue aquella una revolución que, pese lo poético y represivo que significó la Comuna de Paris, es el sello que marca, de manera simbólica, la entrada de la sociedad capitalista en Europa, resultado de un largo y lento proceso de casi cuatrocientos años.

           En ambos casos, los revolucionarios franceses y rusos, acceden al poder en sustitución de regímenes despóticos y personalistas. En Francia sustituyen la monarquía y en Rusia al zarismo.

           La herencia inmediata de ambos fenómenos revolucionarios, estaba signada por el despotismo, desconocimiento de los derechos de las mayorías y persistente represión ante cualquier manifestación de inconformidad. El rey o emperador eran las autoridades únicas; de ellos emanaba el poder; de éste gozaban por la disposición “divina de Dios”; el derecho a la vida de los súbditos dependía de la voluntad de ellos. Para decirlo en una expresión que en Venezuela usó Gonzalo Barrios, alto dirigente adeco, los revolucionarios franceses y rusos, usaron aquellos métodos para manejar sus diferencias con el pasado y, sus representantes, de la misma forma como a ellos se les había tratado, “porque no había razones para no hacerlo de aquella manera”. No es extraño, repasemos la historia mundial y hasta la de nuestro propio entorno y podremos comprobar, que los regímenes que sustituyeron a los acusados de despóticos, cayeron en las mismas prácticas, sin negar que hubiesen sido más cuidadosos y hasta contrarios a aquello en el discurso. Era como una pesada herencia, densa, que es indispensable ir disolviendo. Y esta disolución en veces suele ser lenta; siempre quedan los pegotes. No basta la decisión estatal, el futuro viene impregnado del pasado en la mente del colectivo. Aunque el Estado nuevo se defina y proponga actuar de manera distinta al pasado, la herencia cultural hará que de alguna manera ella se exprese, aunque sea por la actitud de funcionarios de distintos niveles.

            Haitianos heroicos, algunos de ellos combatientes de la revolución, regresarán a su tierra a combatir para liberarlo del coloniaje del país donde se hizo una revolución y ellos prestaron a eso sus servicios.

            Francia y Europa toda, verán salir de los hechos de la revolución francesa, el imperio napoleónico con todo lo que aquello significó.

            No pudo extrañar a nadie que el régimen gomecista tuviese aquel rasgo represivo y despótico, si consideramos que los gobiernos anteriores al suyo, a lo largo de la historia nacional, tuvieron la misma conducta. La diferencia quizás estuvo que la lucha anterior, entre la guerra de independencia y el nacido a partir de la invasión de los sesenta, el pueblo estuvo al margen y la diferencia se centraba en los caudillos. Lo que no quiere decir que el pueblo, que a aquellos se acercasen o estuviera sus lados de manera forzada, lo que ya era un irrespeto y abuso, sufriese las arremetidas de los gobernantes o simples rivales. Eran tiempos en los cuales la libertad individual y hasta la vida no valían mucho. Todavía en esa etapa, está viva la cultura derivada del esclavismo dentro de aquellas sociedades que en buena medida estaban sujetas a relaciones capitalistas, sobre todo hacia el mundo exterior.

            Aun el período de gobierno del general Eleazar López Contreras,  se distingue por cierto tendencia al respeto al derecho de las gentes, tanto en lo individual como en lo político; hay un pequeño cambio con respecto a lo anterior, pero los derechos colectivos quedan conculcados, como el sufragio universal. Con Medina, un intento discreto de conceder al nacional todos los derechos insertos en los modernos sistemas, sobreviene un golpe de Estado, que ya de por sí es un desconocimiento de los derechos de las gentes y la continuación de los militares ejerciendo el rol de árbitros y secuestradores de la democracia, vieja palabra y concepto. Pese a la instalación de una Asamblea Nacional Constituyente en el gobierno de la Junta Militar, que se disimula con la presidencia de la misma del civil Rómulo Betancourt, se habló en esos días y con posterioridad de detenciones arbitrarias y hasta torturas en un sitio llamado “El Trocadero”. El gobierno del “maestro” Rómulo Gallegos, un hombre ganado para dirigir un régimen respetuoso, hasta donde ello pudiera ser posible, de los derechos de las gentes, poco duró, pues inmediatamente se sobrevino otro golpe de Estado, dirigido por el mismo grupo de militares, remanentes todavía del gomecismo que en gran medida, habían dado el anterior.

            ¿Cómo pensar que aquellos militares aun habiendo salido de escuelas modernas, pero con el fresco recuerdo y cultura del pasado reciente, hubiesen asimilado profundamente la idea que por encima de la voluntad de ellos estaba la de las mayorías o eso que llamamos la soberanía popular? ¿Cómo borrar de la mente de aquellos hombres, la pesada herencia cultural dejada por la historia reciente? ¿Cómo pensar que ellos, portadores de las armas, símbolo del poder,  renunciasen a éste fácilmente, sin que la sociedad en la cual se desenvolvían sus vidas no hubiera cambiado sustancialmente? Pero agreguémonos a eso, los poderes externos, interesados en nuestras riquezas, que han actuado para garantizarse los mayores beneficios.

            Es pertinente y necesario repetir, como el capital internacional, ya volcado sobre nosotros, sobre todo en el negocio petrolero, se aprovecha de aquella circunstancia y cultura, que se hace más determinante, tomando en cuenta que aún el pueblo no tenía pleno conocimiento de sus derechos, para estimular a los golpistas, ansiosos de poder, para aprovecharse de ellos en función de sus capitales invertidos.

            El gobierno de Pérez Jiménez, el cual surge apenas 10 años muerto Gómez, sin tiempo, oportunidad y voluntad para borrar aquella herencia despótica y represiva, se caracterizó por un irrespeto absoluto de los derechos de las gentes en todo los sentidos. Tanto que la libertad individual y la vida, no tuvieron en ese lapso histórico ningún valor. El sólo hecho de saber que alguien simpatizaba con alguno de los partidos ilegales bastaba para enviarle a la cárcel o campo de concentración. La Constitución no era más que letra muerta o un papel escrito sin valor alguno. Prevaleció la persecución, prisión, tortura y hasta infernales campos de concentración donde los prisioneros eran tratados como bestias.

            En 1958 se produce un hecho insólito en la vida nacional. El pueblo, las masas, salen a la calle por días a protestar y desafiar al régimen y pese las arbitrariedades de éste, aquél termina derrotándole. Ha terminado un largo período, no por los diez años que duró el régimen, sino por la triste historia de muertos, torturados, de cientos enviados al exilio contra su voluntad, lo que era una violación constitucional, familias destruidas y todos los derechos ciudadanos conculcados. Pero hay algo más grave que pocas veces se valora, sobre todo en medio del triunfo y la euforia que este desata, que supone falsamente una ruptura con el pasado. Lo que más cuesta a la condición humana es renunciar a su herencia cultural; los cambios culturales son difíciles y suelen ser muy lentos. Es más, muchas demandan la preexistencia de fundamentos materiales para ellos insertarse. Por ello, el cambio social es una suerte de equilibrio entre la mente humana y sus condiciones materiales de existencia.

            En mi generación, la mayoría de los venezolanos, con la caída de Pérez Jiménez, ingenuamente creímos que los regímenes despóticos, violadores de los derechos de las gentes, habían quedado en el pasado. Nos saltamos que materialmente seguíamos en las mismas condiciones y en nuestra cultura estaba vivo el pasado con todo el peso de su herencia. Aunque si no, que el capital internacional, podía volver a intentar a aquellas experiencias para mejor valerse de nuestros recursos.

            La primera manifestación del regreso del pasado, lo que pocos han valorado, estuvo en el acuerdo puntofijista. En él, los tres partidos que de mala fe se asignaron el derecho a decidir por los venezolanos, excluyeron al PCV, que se había ganado el estar de primer invitado por sus glorias en la lucha contra la dictadura. Es más, fue ese partido, el verdadero artífice de aquellas heroicas jornadas que condujeron a la noche del 23 de enero de 1958 y la huida del dictador. Para abundar en detalles invito a leer, siguiendo el link que acompaño, mí trabajo “Orígenes del bipartidismo en Venezuela”. http://deeligiodamas.blogspot.com/2009/09/origenes-y-destino-del-bipartidismo-en.html.

           Ante aquella decisión sectaria y hasta mezquina, no hubo notables manifestaciones de inconformidad. Sólo el mismo PCV y la izquierda que crecía dentro de AD, desde los tiempos de la lucha clandestina, los mismos que se echaron encima los restos de aquel partido, después de asesinado Leonardo Ruiz Pineda, un revolucionario cabal, manifestaron discretamente su inconformidad. Como que la herencia despótica que llevó a los tres anquilosados partidos, cuyos jefes y altos dirigentes no habían estado en los campos de batalla, sino viviendo tranquilamente en el exterior, a tomar aquella injusta y sectaria decisión, privó para que quienes se sintieron afectados no se consideraran con derecho a estar  de primeros en aquella mesa. Por aquello, en un momento de gran ascenso de masas, en gran medida influidas por quienes dirigieron la lucha que llevó al desenlace del 23 de enero de 1958, estos se limitaron a quejarse y conformarse con lo acontecido. Lo que implicó que el primer gobierno post dictadura, presidido por Larrazábal, se llenó de representantes del capital, de la misma gente que respaldó la dictadura. Es decir, quienes gobernaron con Pérez Jiménez y avalaron su conducta represiva y despótica siguieron gobernando. ¡Nada pareció cambiar! El peligro continuó latente.

            Mientras tanto, allá en Cuba, los gloriosos barbudos de las sierras Maestra y Escambray, bajaron victoriosos. La lucha armada contra la dictadura de Batista, despótica y criminal como las tantas que ha habido en América Latina, se convirtió en un ojo por ojo. Después que el dictador se da a la fuga y los guerrilleros entran victoriosos a La Habana, nuestra sensibilidad de hombre joven y formado en los ideales sucrenses y socialistas del respeto absoluto a los derechos de la gente y sobre todo a la vida, se vio afectada por aquellos juicios sumarísimos y hasta con tinte circense, como en los tiempos de las revoluciones francesa y bolchevique. Claro, nuestra formación nos permitió comprender que los primeros instantes fueron el resultado de las circunstancias en las que se había desenvuelto la guerra y la cultura represiva amasada en la historia cubana; donde los momentos de democracia, en la mejor y más humana concepción de la categoría, habían sido escasos, para no decir estado siempre ausentes. No hay duda, y eso uno lo entiende, sobre todo entre los jóvenes, más adictos a la cultura en la cual se han formado, que muchos de nuestra generación justificaron aquello y hasta lo miraron con beneplácito. Días atrás, el diputado Earle Herrera recordada, con una reprobación, como sus camaradas del ejército revolucionario de El Salvador, optaron por fusilar al poeta Roque Dalton por discrepar de la alta dirigencia.  Aunque de eso poco se dice, se sabe que en Venezuela, el movimiento guerrillero incurrió en conductas como esas. Por eso decimos que por detrás hay toda una carga cultural.

            Todavía, en los tiempos posteriores a la Guerra Federal, específicamente los defensores de los generales Juan Antonio Sotillo y José Eusebio Acosta, acusan a uno y otro de haber cometido actos contrarios a los códigos de guerra y derechos ciudadanos, como contra la vida humana. Para mejor información les invito a leer, siguiendo el link mi trabajo “La Guerra Federal en Oriente”. http://deeligiodamas.blogspot.com/2008/11/venezuela-la-guerra-federal-en-oriente.html

           La verdad es que uno y otro lo hicieron porque era el remanente cultural que portaban. Aquel bello gesto del Mariscal Sucre, de redactar y proponer para la firma entre Bolívar y Morillo, en noviembre de 1820, un “Tratado de Armisticio y Regularización de la Guerra”, que entre otras cosas resguardaba la vida y respeto de la dignidad a los prisioneros de guerra, un trascendente antecedente de la carta de “Derechos Humanos” de la ONU en 1945, todavía en los tiempos de la guerra federal, cerca de 45 años después, los militares y gobernantes no habían internalizado aquel intento de cambio. Más tarde, mucho más tarde, se continuó con la misma práctica represiva y criminal, porque, como dice Pepe Mujica, cuesta mucho cambiar la mentalidad de la gente. Como solemos decir nosotros, primero destruimos un enorme espacio, lo reconstruimos totalmente que cambiar la conducta de un hombre y una comunidad.      

            El triunfo de Betancourt sobre Larrazábal, un carismático y populista militar, fue estrecho. Es más, Caracas la ciudad más grande y poblada de Venezuela, determinante en la caída de la dictadura, votó abrumadoramente en contra del ganador a nivel nacional. Tanto, que los partidos que apoyaron a Larrazábal, ocuparon el primero y segundo lugar en la preferencia electoral. El triunfo del candidato adeco, lo fue de “la provincia” como despectivamente llaman los caraqueños al resto del país. Siempre se ha dicho que “Caracas es Caracas y lo demás monte y culebra”, pese que el país ha cambiado radicalmente y esa expresión ya no tiene fundamento.

            La noche misma que se dieron los resultados, en Caracas se desataron grandes y persistentes manifestaciones contra Betancourt, quien ante aquello, que no dejo de preocuparle y quizás atemorizarle, decía histéricamente, “eso es culpa del “marxismo, leninismo, gumersindismo”. Esto es tan cierto, como que el suscrito, entonces militante adeco y miembro de lo que ya llamábamos la izquierda, siendo ayudante del Dr. Luis Manuel Peñalver, fue testigo presencial. El CEN de AD funcionaba en el edificio Haeick, creo así se escribe, en Quinta Crespo. La expresión que utilizó, hacía referencia a Gumersindo Rodríguez, entonces Secretario Nacional Juvenil de AD, columnista, de los más leídos, en varios diarios caraqueños y entonces de inocultable discurso marxista. Betancourt le acusaba, a su discurso, también a Domingo Alberto Rangel y a toda la izquierda del partido, de ser responsables de aquellos resultados que lo ponían a gobernar un país, donde la Capital, ciudad muy combativa, estaba en gran medida contra él.

          Recuerdo que  aquella noche de los resultados electorales, en momentos que en Catia se manifestaba con mucha frustración por la derrota de Larrazábal, estando el suscrito a su lado, Lino Martínez, entonces locutor de Radio Nacional, dirigente sindical y de la juventud de AD, hizo una llamada haciéndose pasar por otra persona y logró que su interlocutor le comunicase que las fuerzas que apoyaron a Larrazábal no están dispuestas a aceptar tranquilamente aquellos resultados, sobre todo porque “en Caracas” habían ganado ampliamente y hacían los preparativos para manifestar su descontento. Aquella reacción, sin duda, también estaba influida por los hechos recientes que habían derrocado la dictadura.

          Lo inmediatamente anterior viene a cuento, porque además de haber excluido al PCV en el “Pacto de Punto Fijo”, ser repudiado por este partido, las bases del perezjimenismo que eran amplísimas y cuantiosas, las de URD que habían votado por Larrazábal, alcanzado el primer lugar en las elecciones caraqueñas, el segundo a nivel nacional y gran parte del partido del presidente electo, aquella de la izquierda, que no mucho tiempo después estaría en la calle haciéndole dura oposición. Los del partido Copei, que lanzaron su perdedora candidatura, la del Dr. Caldera, en su gran mayoría tampoco querían nada con el nuevo presidente, primero electo en la etapa post dictadura.

            Betancourt, entonces inicia su gobierno, excluyendo a fuerzas entonces de primer orden y bajo el temor del amplio rechazo de la población caraqueña que entonces era una porción muy significativa, mucho más que ahora, del país todo. Es decir, se siente como en un campo minado o cercado por el enemigo.

           Entonces, el gobierno de Betancourt se inicia bajo los “auspicios” de la guerra fría, los dos grandes bloques, el efecto ecuménico de la revolución cubana, una profunda crisis económica y el rechazo de la aplastante mayoría de la población caraqueña, la más activa y politizada de Venezuela.

            Al comenzar, Rómulo Betancourt, el llamado “Brujo” de Guatire, por el pueblo mirandino, cercano a Caracas, donde nació, lanzó sobre los venezolanos un “balde de agua fría”. Propuso lo que los venezolanos llamaron “Ley del hambre”. Un conjunto de disposiciones en materia económica que empezaban con una para entonces severa devaluación de la moneda. Los venezolanos de entonces nada sabían sobre aquellas prácticas. El bolívar se había mantenido inalterable por tantos años que no había nadie vivo para acordarse de experiencia anterior. Como tampoco sabía de los bruscos aumentos de precios que aquella simple medida burocrática desató. Liberó los precios hasta el nivel que los empresarios quisiesen y saciasen y para rematar, algo tampoco nunca visto, redujo todos los salarios, en el sector público y privado en el 10%. De allí aquel mordaz nombre que los caraqueños aplicaron al conjunto de medidas.

            Para el pueblo caraqueño, opuesto radicalmente al gobierno, dominado por las fuerzas perezjimenistas todavía latentes, el PCV, izquierda de AD, que ya se manifestaba opositora y hasta mucha de la gente de URD, pese que este partido formaba parte del gobierno, aquello más que un “balde de agua fría”, fue como si se hubiese desatado uno de los fuertes movimientos telúricos que con frecuencia azotan a la bella ciudad capital de Venezuela.

            Aquellas medidas desataron las protestas populares más grandes, persistentes y combativas que había conocido la historia nacional. A ellas concurrían los obreros, trabajadores públicos y privados, amas de casa, profesionales, pequeños comerciantes, estudiantes de los niveles secundarios y universitarios. Todos los días, las calles de Caracas y las ciudades más importantes del país se veían inundadas por millares de manifestantes solicitando cambio en la política. Sólo faltaban allí militares, quienes desde los cuarteles, en buen número, respaldaban al movimiento popular.

            Ante aquel tsunami popular, humano, que se repetía día a día, Betancourt, apeló a lo único que tenía, las fuerzas represivas. Mientras tanto, la ola de inconformidad y las protestas se extendieron por el país todo. Nunca en la historia nacional se había producido un fenómeno de masas de aquella magnitud, que, como ya dijimos, se daba en todo el territorio nacional.

            Y empezaron a matar gente De los primeros muertos fueron estudiantes y obreros. Pero como aquello no amilanaba a los inconformes, Betancourt hizo un discurso donde lanzó aquella macabra frase, “disparen primero y averigüen después”. Con ella daba la orden a la policía saliese a matar indiscriminadamente. Una brutal orden que condujo a un genocidio todavía sin sanción y sin siquiera una averiguación abierta. Un presidente “democrático”, un poco más allá de la mitad del siglo veinte, da la orden a sus policías para violar el principio más sagrado de la constitución, el derecho a la vida. En nuestras constituciones y en la entonces vigente, ha estado establecido que no habrá pena de muerte y a ninguna autoridad se le autoriza para aplicarla. Betancourt lo hizo. Y los muertos alcanzaron cifras escalofriantes. Las cárceles se llenaron de presos por motivos políticos, como nunca antes. Bastaba que un policía supiese de alguien simpatizante de algún partido opositor para que lo llevase a la cárcel y por la permanente suspensión de garantías, los presos lo estaban hasta que alguna autoridad se le antojase. Un viejo amigo ya muerto, zapatero, nacido en Río Caribe, analfabeta, hallado por la policía observando – dije observando – un letrero recién pintado en una pared, pasó varios años de cárcel. El motivo, mirar un letrero, que no leía y sólo decía, “Renuncia Rómulo”. Al jovencito Enrique Rodríguez, de apenas 16 años, en esta ciudad oriental de Puerto La Cruz, bajo el gobierno de Leoni, por haberle sorprendido pintando,  de la misma consigna, sólo sus iniciales o sea R-R, le ametrallaron por la espalda. Pero no se quedó en eso.

            Bajo el gobierno de Betancourt con el cual empató el de Raúl Leoni, compañero de partido del primero, este sucedió aquel, continuaron las mismas prácticas. El primero gobernó durante cinco años con las garantías suspendidas, pese que el año 1961, el segundo de su gobierno, se aprobó en un cenáculo adeco-copeyano, como en la clandestinidad, nueva constitución. Las cárceles del país estaban llenas, a los prisioneros se les torturaba en muchos casos hasta la muerte y los allanamientos sin orden alguna y mediante los procedimientos más atroces, eran habituales. Miles de venezolanos fueron exiliados, pese que la constitución eso prohibía y prohíbe. No es que ellos se iban a voluntad sino que el gobierno les echaba. Y cosa insólita, el gobierno democrático abrió campos de concentración como los nazis y Pérez Jiménez. Uno de ellos se instaló en la isla del burro, en el centro del lago de Valencia, hecho que hasta está reflejado en la literatura venezolana, como la novela “Los topos” de Eduardo Liendo.

            El efecto ecuménico de la Revolución Cubana, la gesta heroica de los guerrilleros comandados por Fidel Castro, los intereses de Estado, derivados de la guerra fría, las diferencias entre los bloques que dividían el mundo y la feroz represión desatada por Betancourt que cerró todo resquicio legal, estimularon la lucha guerrillera en Venezuela. Esta circunstancia volvió al gobierno más represivo y a la oposición de izquierda a intentar derrocarle por un asunto de subsistencia. Por lo demás, Betancourt intentaba desarrollar nuevas políticas, como aquella de la sustitución de importaciones, que no era sino una nueva manera de atarnos más a la industria del gran capital y para ello, había que tranquilizar a aquel pueblo díscolo. La respuesta absurda de la izquierda, le sirvió la mesa al gobierno. La represión llegó a niveles de tanta crueldad que basta para cerrar esta parte, con recordar el asesinato, en una cárcel a pocos pasos de Miraflores, de Fabricio Ojeda, prisionero del régimen. El de Alberto Lovera, muerto en la cámara de tortura y su cadáver lanzado al mar, atado a una pesada herramienta. El lanzamiento, desde helicópteros en vuelo, de guerrilleros hechos prisioneros como “El mocho” Víctor Soto Rojas y Trino Barrios. Pero no toda la crueldad estaba consumada; bajo el gobierno de Leoni se inició la práctica de “los desaparecidos”. Se detenía a cualquier ciudadano, las causas sobraban, tanto como la capacidad de inventiva y crueldad de la policía gubernamental, se le torturaba salvajemente hasta quitarle la vida y se desaparecía su cadáver, extendiendo la tortura a sus familiares hasta el infinito. De esto, hay un caso que nos toca muy cerca, el de nuestro compañero del MIR y amigo muy personal, abogado brillante, hijo de la ciudad de Puerto Cabello, Bartolomé Vielma Hernández, cuyo cadáver todavía no ha aparecido. Sobre él he escrito varias veces. Pondré este link, para mayor abundancia sobre mi amigo y la villanía de aquellos gobiernos.   http://deeligiodamas.blogspot.com/2011/06/bartolome-vielma-hernandez-o.html

            Toda esa atrocidad, hechos que parecieran configurar una historia de terror, que dejan en pañales y como cuento infantil lo antes conocido en la historia nacional, aconteció en un gobierno que se calificaba de democrático y aún todavía sus dolientes siguen llamándole de esa manera.

            Detrás de Betancourt, aparte de la soberbia del personaje, había una pesada herencia cultural que lo condicionó. Hablando de la soberbia del ex presidente venezolano, como ya dije, tuve la oportunidad de verle de cerca por largos días en aquel viejo edificio de Quinta Crespo, siendo yo apenas un jovencito.

            El pasado, en buena medida, condiciona el presente. Para decirlo de otra manera, este está cargado de mucho de aquel está. De lo bueno y malo. Es difícil pasar de un régimen represivo a uno excepcionalmente democrático. Hay una continuidad y el tiempo y las luchas populares se encargan de producir los cambios que borren todo lo malo de la carga que traemos del pasado.

            Toda esta historia, esa carga cultural oprobiosa, está allí mismo. Como escondida y expectante. El debate lleno de odio que se desarrolla ahora en Venezuela, las expectativas que generan ciertas prácticas políticas que hacen honor a la violencia y ponen en manos de ella la pertinencia para lograr las metas perseguidas, los deseos insatisfechos y hasta la convicción que se lucha por lo justo, bien pudieran de nuevo desatar aquellas fuerzas, prácticas diabólicas, criminales, deseos genocidas y hundir a Venezuela de nuevo en aquellos estados infernales. Sé bien que la sensatez del venezolano nada de eso quiere; pero cuando la irracionalidad se desborda, salta aquella herencia oculta y amarrada y puede hacer que los ángeles se porten como demonios.

            El paramilitarismo, un fenómeno nuevo en Venezuela, es serio peligro y muy malo como compañero. Como también es malo, ya lo hemos dicho, confundir Poder Popular, con negación de derechos. Y lo peor, cuando esas prácticas se desatan empiezan con el objetivo que se tiene enfrente, pero no es nada extraño a ellas perder el sentido y volverse contra quienes, si no las desataron, estuvieron antes con quienes sí. Estudiemos el caso Chile, donde a Eduardo Frei Montalva, jefe del partido socialcristiano, quien apoyó el golpe de Pinochet, terminó siendo asesinado por la dictadura. Ese tema lo toco en el siguiente trabajo. http://deeligiodamas.blogspot.com/2014/09/xiii-el-caso-chileno-de- Salvador.html

            Este trabajo empezó antes se desatasen los últimos sucesos y justamente, por todo lo que ahora sucede, pensando en alguien quien según espera mi opinión, pues me lo ha manifestado después de lo escrito dirigido a Héctor Navarro, sin haberlo planificado, termino diciendo: ¡Cuidado se desatan los demonios!



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Eligio Damas

Militante de la izquierda de toda la vida. Nunca ha sido candidato a nada y menos ser llevado a tribunal alguno. Libre para opinar, sin tapaojos ni ataduras. Maestro de escuela de los de abajo.

 damas.eligio@gmail.com

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