¿Qué herencia de Chávez debemos cuidar?

¿Cuál es la herencia que nos dejó Chávez? ¿Qué es lo que debemos defender, proteger y desarrollar de su legado? ¿Hasta dónde llega esa valiosa herencia?

            Si uno, con lo que quiero decir, quien esto escribe, para no comprometer a nadie y reclamarlo como nuestra muy personal labor, se atreve a inventariar, para decirlo con una palabra que pareciera tener un significado puramente cuantitativo, empezaría por la política unitaria; lo demás lo dejaremos para otras oportunidades. Chávez, a lo largo de su vida política, desde que se lanzó como candidato presidencial, puso empeño en buscar los puntos de encuentro de las torrenteras que bajaban del cielo, de las montañas, recorrían las sabanas, atravesaban los centro urbanos e iban a buscar en el mar, no el morir como dijese Jorge Manrique, sino la vida. Chávez, quiso ser eso, el mar, el sitio, la figura, referencia, donde las aguas todas concurren. Los revolucionarios anteriores a él, si partimos de la década del cincuenta, para no perdernos o abrirle espacios a discusiones innecesarias,  parecieron haberse enfrascado en priorizar las diferencias y en torno a ellas empatarse en debates interminables, que aderezados con un lenguaje las más de las veces inadecuado, solo conducían a cosechar rencores y producir divisiones que luego se justificaban en razones “ideológicas, filosóficas y sobre asuntos estratégicos”. Muchas veces, diferencias personales entre figuras dirigentes, desconfianzas mutuas, motivaban separaciones que se disimulaban tras opiniones que aunque fuesen ciertas, tampoco justificaban rompimiento entre quienes coincidían en lo estratégico y mucho de lo táctico.

            Chávez fue un imán que atrajo con sus propuestas de proyecto constituyente, democracia protagónica y popular, descentralización que era para él empoderar al pueblo, hasta sus últimas instancias, aplanar el aparato del Estado, antimperialismo, unidad de los pueblos de América Latina y luego, después de un relativo largo proceso de maduración, discusión y trabajo pedagógico, ganarse a las mayorías del pueblo para el socialismo. Quiso incluso que todas las corrientes revolucionarias, adherentes de eso que hemos esbozado como su programa, se incorporasen en una sola fuerza, sin renunciar a sus ancestrales tendencias y relaciones de grupo, a la organización que terminó llamándose Psuv.

             Todo lo alcanzado hasta ahora por lo que solemos llamar “Revolución Bolivariana”, ha sido posible por esa política de unidad que, para el hijo de Sabaneta, fue la piedra angular. Nunca antes, quien esto escribe, había tenido tanta seguridad que esa expresión está bien utilizada. Es valedero decirlo así, a nivel interno y el de América Latina en relación con las luchas contra el imperialismo.

            Ese sueño unitario de Chávez,  que exige una organización de nuevo tipo – el viejo término me parece muy adecuado para usarlo en este momento – pareciera tener inconveniente o se viera entorpecido por la práctica derivada de un partido construido para que la discusión de abajo hacia arriba y viceversa no se produzca; entorpecido está por unas relaciones partidistas determinadas por lo electoral y contingente; donde el vínculo entre los cuadros dirigentes y las bases normalmente se establecen a través de mensajes digitales, asambleas o marchas multitudinarias que no permiten verdadero intercambio. Pienso que el Psuv, como organización política, responde en buena medida a una organización para la clandestinidad, donde los cuadros, dirigentes y dirigidos, sólo se ven en esas contingencias de las cuales hemos hablado y sólo para ejecutar una tarea ya decidida y programada en un lugar inaccesible y por figuras sin rostro. Ese partido pareciera un cuadro kafkiano, por lo difuso, impersonal e inaccesible. Es en síntesis, una organización demasiado horizontalizada e impersonal

            Ese sueño de Chávez, requiere un partido donde quienes gobiernan lo hagan en representación del pueblo y la organización que debe responder ante éste por las ejecutorias. Si el partido lo manejan los gobernantes, como se ha impuesto en el Psuv, por las responsabilidades que tienen, la disponibilidad de recursos, la atracción que de ellos emerge por el rol que juegan, se ven como obligados, aunque no lo quieran, a evadir el contacto directo con la militancia, las organizaciones inferiores y hasta con los cuadros intermedios. Por eso surge esa conducta que hemos calificado de kafkiana.

             La casa de partido, como punto o espacio, donde los cuadros dirigentes, los militantes y el pueblo todo pueden encontrarse, no existe. Ella ha sido sustituida por el palacio de gobierno o el despacho del gobernante y dirigente partidista y popular, a donde llegar el simple compañero lo hace muy difícil el aparataje estatal, los despachos, oficinas, escritorios y hasta la policía o personal dispuesto para que nadie “haga perder tiempo” al gobernante y dirigente. Es decir, el Estado se sobrepone o interfiere las relaciones entre militantes. Ese enjambre es una figura, repito, kafkiana, como copiada de “El Proceso”.

            La herencia relacionada con la unidad pareciera que la estuviésemos dilapidando, porque ella requiere que la gente esté en permanente discusión, intercambio de opiniones, emisión de crítica constructiva, que deja de serla si le cierran los espacios o taponean las salidas. Y eso pudiera estar sucediendo si continuamos con esa extraña práctica que pareciera sólo concebir como derecho del militante a depositar su voto las tantas veces que demanda la constitución y los estatutos del partido.

           Pero también contribuimos a diluir la herencia del compañero Chávez, si no abordamos como demandan las circunstancias, los  reclamos por la democratización del partido, relaciones diferentes hasta las ahora practicadas que pudieron prevalecer en la vida de aquél por su enorme capital político, el haber sido, al estilo de la historia romántica, en este caso muy realista, el creador de todo eso proceso. La herencia de Chávez, en lo relacionado con la unidad del movimiento revolucionario está allí, pero amenazada por unas prácticas que no le son compatibles.

          Si fragmentamos el movimiento popular, acicateados por expresiones como esas de muy vieja data, “quien se sienta inconforme que se vaya”, o “quienes critican son unos habladores de paja” y “vámonos de aquí porque no nos escuchan o dejan hablar”, estaríamos contribuyendo a la larga en la demolición con la obra creada, fraguada por aquel grande hombre y que sigue siendo arma sustantiva y vital para el combate por una Venezuela mejor.

         ¿Qué hacer? No tenemos que acudir a Lenin, autor de un libro titulado con esa interrogante, para intentar despejar la interrogante derivada de la tragedia que ahora abraza al chavismo. No creo que sea indispensable, obligatorio, menos fatal que la respuesta se corresponda con salir del Psuv. No percibo agotadas las posibilidades, menos cuando las elecciones internas recientes, cuyas cifras, con todo el mensaje que deba contener, no han sido analizadas debidamente, resultaron abrumadoras; tres millones trescientos mil votantes, con una alta cifra de abstencionistas obligados por la lentitud del proceso, cantidad que comparada con las relativas a elecciones presidenciales en Colombia y Chile, por sólo tomar esa dos referencias, resulta bastante alta y significativa.

            Entonces, de lo que se trata es de hilvanar una lucha, desde abajo y abarcando todos los espacios horizontales, que incluya al Polo Patriótico, para reclamar  los derechos a opinar, ser oído, no de manera formal o convencional, sino al momento de las grandes decisiones. Convertir al Psuv y Polo Patriótico en los dirigentes del proceso y que los integrantes del gobierno estén sujetos a la dirección y control de aquellos y no como ahora sucede, causal importante de muchas deficiencias, corruptelas, desviaciones, vacilaciones y descuidos de distinta naturaleza o calificación. Para lograr eso, se necesita unir y dentro del chavismo hay mucho espacio que reclama achicamiento.

             Todavía queda mucho por hacer y reclamar. Es bueno abrir la discusión sobre esto y no descalificarnos procediendo más o menos de la manera que quieren y hacen quienes son objeto de nuestras críticas.



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Eligio Damas

Militante de la izquierda de toda la vida. Nunca ha sido candidato a nada y menos ser llevado a tribunal alguno. Libre para opinar, sin tapaojos ni ataduras. Maestro de escuela de los de abajo.

 damas.eligio@gmail.com

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