Escasez, especulación y leyes de la economía. Un cuento de hadas

Nunca olvidaré aquellas peleas con el padre Jesuita Manuel Pernaut, nuestro profesor de teoría económica en las escuelas de Derecho y Sociología. Mi recuerdo por él es tan afectuoso, pese las discrepancias, que le hice personaje de una de mis novelas, “La Mudanza”, por cierto durmiendo ésta el sueño quizás eterno y sin placer alguno en una incómoda gaveta o estante sucio, a que se somete el trabajo de quienes les da flojera, modorra y hasta somnolencia adular y hacer antesalas; también está el cura en mi cuento titulado “Las verdades son flores”.

Esas peleas, entre unos muchachos que si alguna virtud teníamos era el deseo de aprender y andar entre libros y recogiendo las palabras y conceptos de personajes muy dotados que para fortuna nuestra podíamos hallar y escuchar en cualquier parte en aquella Caracas aún sencilla y donde la palabra era un arma de mucha trascendencia, solían producirse alrededor de “las virtudes” del mercado y las eufemísticamente llamadas “leyes de la economía”, especialmente aquella muchacha hasta inocente, a quien mercaderes manosean a mansalva, que llaman “Ley de oferta y demanda”. No es ella tampoco per se, de mala vida, sino que la jauría que “la adora” la usa cual si fuese mandíbula potente. Mejor para decirlo como la gaita zuliana, ella es mucho de “María la bollera”.

El padre jesuita creía mucho en esos cuentos y nos los contaba con ternura hasta que alguno de nosotros discrepaba y allí terminaba el encanto. Al final de su vida, el cura, al parecer, dejó de creer en esas “pajaritas encintas”.

El cura, hombre de muy malas pulgas, razón fundamental por la cual peleábamos con él, más que por sus discursos de economía liberal y derechista, me enseñó algo que nunca olvidaré y dejaré de resaltar por su enorme contenido pedagógico. De él aprendí, lo que luego me sirvió en mi formación y muy larga carrera de docente, de incalculable utilidad y enorme valor moral, tener respeto por la opinión ajena y evaluar a mis alumnos y contertulios por la forma de presentar sus opiniones y no por el contenido de ellas. Pues el padre sabía respetar, sólo que sucedía que defendía sus “verdades” con tanta vehemencia y hasta “arrechera”, que uno optaba por responderle de la misma forma, lo que para nada le incomodaba luego que las cosas se volvían serenas.

Todo lo anterior viene a cuento porque un apreciado amigo, admirado y agradable amigo, a propósito de mi trabajo que titulé “Colas y desabastecimiento vistos por Isabel Allende. Una revisión del pasado”, tuvo la gentileza de enviarme un correo en el cual, apoyándose en una información de la autora de la “Casa de los Espíritus”, según la cual ante la especulación desmedida “el gobierno fijó los precios” y agregó – tómese en cuenta que la escritora es novelista y no especialista en economía y tampoco como ella se cuidó de aclararlo, ducha en análisis políticos- la crisis, no la medida gubernamental, generó la quiebra de agricultores y pequeños empresarios, habló como quien escribe un bello poema o cuento de hadas que “la economía tiene sus leyes que se cumplen tal cual las otras disciplinas” y agregó mi apreciado amigo, tal que buen seminarista, “como la ley de gravedad”. Es decir, de acuerdo a este juicio el mercado es una santa paloma que se comporta con limpidez, sin argucias, trampas, sin que los empresarios jueguen sucio. La cartelización, ese mecanismo sustituto del monopolio, mediante el cual ellos se ponen de acuerde para imponer ritmo y cantidad de la producción no existe, como tampoco la fijación de precios. Eso es mentira. El único que pone precios es el Estado, cuando no es partidario de los empresarios, una continuación de ellos o intenta jugar el rol de intermediario, de juez para que los tigres no se coman las conejos, gavilanes a palomas o tiburones a las sardinas. No obstante, para mi querido amigo, esa intervención es la que impide que los empresarios nos llenen de felicidad y bienestar. No sé por qué, es tan difícil entender que no son buenos excesos de libertad para el mercado como de intervención estatal. Más, si estamos en una economía capitalista, con toda su negativa carga cultural y no, para volver a Isabel Allende, en un “país inventado”.

Pero la cosa no quedó allí. Todas las argucias, trampas que hicieron en Chile los empresarios para especular y de paso tumbar al gobierno, actitud asumida desde que los gringos otearon que Allende podía ganar las elecciones, que a éste, siendo presidente le llevaron a tomar medidas como esas de intentar proteger a la población de los agiotistas, ladrones y conspiradores, en buena medida no acertadas y eso fue obvio, lo que se tradujo en escasez. Pero no sólo contribuyó con la escasez, sino una mayor disposición de la derecha, respaldada por EEUU a salir del gobierno mediante un golpe de Estado que se trocó, como dijo Isabel Allende y ya mencionado en el artículo nuestro antes señalado, en la aplicación de una salvaje política neoliberal que recompuso la economía chilena en favor de los empresarios y hundió al pueblo en una enorme pobreza. Es decir, se le dio toda la libertad a los empresarios, como dicta la cartilla neoliberal para que se chupase al pueblo chileno. Donde poco faltó que Pinochet, además de asesinar gente en número espeluznante, lanzar a medio pueblo a los calabozos, exilio, prodigar la tortura como el hambre, privatizase el aire.

Este último texto, no va por mi amigo, sino por alguien que se tomó la molestia de escribirme a raíz de ese mismo artículo y sentenció que Pinochet había convertido a Chile “en una potencia”, pasando por alto las razones que, pese a la atroz censura, crueldad y persecución que impuso, perdió las elecciones y terminó como un vulgar delincuente; por las violaciones espeluznantes de los derechos humanos, sin parangón en América Latina y el descarado enriquecimiento ilícito personal y familiar.

Pero no deja de ser bello, sobre todo cuando aún estamos en navidad, escuchar esos infantiles cuentos, como ese de las “leyes de la economía” y de unos comerciantes que, con “Dollar To Day”, por ejemplo, manipulan todo el mercado e imponen sus mañas y vilezas, mientras las leyes que deben transcurrir sin intervención humana que altere sus designios.


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Eligio Damas

Militante de la izquierda de toda la vida. Nunca ha sido candidato a nada y menos ser llevado a tribunal alguno. Libre para opinar, sin tapaojos ni ataduras. Maestro de escuela de los de abajo.

 damas.eligio@gmail.com

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