De la realidad al socialismo. Cosas que algunos creen mantequilla (II)

¿El Partido y Polo Patriótico qué?



La cuarta república formalizó y extendió la práctica de la dádiva, lanzar mendrugos a los menesterosos, mientras la clase dominante, incluyendo en ella a los políticos inescrupulosos, como forma de comprar votos y hasta “la voluntad” de gente que se distribuía entre marginados, excluidos y algún otro pequeño “vivo” que hizo de ese esperar o medrar una profesión u ocupación habitual.

Parte de la gran tajada, porque decir la mejor es inadecuado, de la renta petrolera iba a manos de los poderosos de este país, quienes para mantenerse en la jugada debían dejar que el capital externo, primero que ella tomase la mayor parte. Sólo una migaja iba al presupuesto para repartir de manera humillante a los humildes.

Pero esa desigual y hasta asquerosa repartición, aunada a una distribución de la población que condujo al abandono del campo y al apretujamiento en ciertos enclaves como Caracas, resultado de una política rentista que todo el mundo ha condenado, hecho discursos contra ella, hizo de buena parte del venezolano un tipo “vivo”, “despierto” y ganado para hacerle jugadas a aquel repartidor rapaz o aquellos repartidores rapaces. Casi se convirtió en una expresión extendida y tomada como sabia, aquella de “agárrales lo que te tiren pero cuando vayas a votar, hazlo contra ellos”.

¡Claro! Había razón en ella. La dádiva no te hace persona, ni te convierte en propulsor de cambio alguno, tampoco te conduce al empoderamiento de nada porque no te hace creador de la riqueza de la cual sólo recibes migajas; menos te hace sentir responsable de lo que se produce, consciente de dónde y cómo se producen los beneficios, menos de la gran tarea de generar todo aquello. Como tampoco te hace crecer internamente, al contrario, te humilla y hace sentir, porque eso busca, dependiente del gran repartidor. Es más, ni siquiera se logra amor por lo que se obtiene sin haberlo construido.

Fue Marx, en Crítica al programa de Ghota, quien utilizó aquella frase, muy usada por políticos de diferente pelaje, “A cada quien de acuerdo con sus necesidades”. Pero no llegó hasta allí, pese a que la mayoría de la gente que la utiliza la corta de acuerdo a su conveniencia o necesidad de moralizarse. Continúa la frase diciendo “De cada quien de acuerdo a sus capacidades”. Supone que el hombre, la familia, al momento de repartir los beneficios “del proceso productivo”, en la cual están insertos a menos que se trate de casos excepcionales, como la incapacidad, recibirán atendiendo a los requerimientos del grupo. Pero también supone, que los individuos todos de acuerdo a sus conocimientos, adiestramientos, experiencias, se entregarán con intensidad al proceso productivo, es decir, “De cada quien de acuerdo a sus capacidades”.

Marx no asumió la idea de repartir, dar indiscriminadamente o sólo porque estés necesitado, como fundamento del proceso destinado a cambiar la sociedad. Al contrario, la definición envuelta en esa frase que todo el mundo usa a su conveniencia, está destinada según su autor y dicho de manera expresa, cuando la sociedad socialista alcance un instante de inmensa capacidad productiva y el hombre niveles de igualdad tales como para que aquella forma de repartir, dar y recibir, sea asimilable para él. Cuando el “egoísmo” no exista porque “todos somos iguales”, en la medida de lo posible. Se trata no de resolverle los problemas a nadie en particular, sino de generar el equilibrio de la sociedad.

En un país rentista, capitalista como el nuestro, que ha acumulado eso que Chávez llamó pasivos sociales, es natural la implementación de programas que ayuden al hombre salir de la pobreza material inmediata que le embarga. Sobre todo cuando uno observa las enormes desigualdades que nos rodean. Son como soluciones de emergencia. Por eso, en lugar de repartir migajas, las misiones creadas tienen como fin devolverle al pueblo excluido los bienes que le habían sido negados, pese a que el petróleo le pertenece a todos. En eso estamos de acuerdo porque es justo.

Pero en eso no estriba el socialismo. Las misiones que, en gran medida han sido exitosas, no están diseñadas para cambiar las relaciones de producción; o lo que es lo mismo, hacer que esta sociedad transite al socialismo, donde podría aplicarse efectivamente el principio marxista de la repartición igualitaria. Para ello habría que hacer que las relaciones de producción socialista sean mayoritarias o dominantes por lo menos y el hombre “colectivo nuevo” en capacidad de contribuir igualmente eficaz en el proceso productivo.

En este asunto se plantea un conflicto, no sólo entre el pueblo productor y los capitalistas, sino también entre el Estado Burgués que maneja y distribuye la renta. Creo que fue Arnold Toynbee, quien escribió algo que leí en mis mocedades, según lo cual el presente está lleno del pasado. Por eso, quienes gobiernan en procesos como el nuestro, los manejadores del aparato del Estado, sin percatarse, por falta de aliento o claridad, tienden a volver al pasado y repetir las viejas prácticas. En este caso, así como los capitalistas se apropian de los beneficios del trabajo y acumulan de manera desmedida, el Estado o gobierno que intenta a aquellos desalojar, incurre en la misma práctica. Eso conduce a lo que suelen llamar para molestia de muchos, “capitalismo de Estado”. Y este capitalismo de Estado no deja de ser burgués y repetir muchas, por no decir casi todas, de las prácticas anteriores.

Lo anterior explica la expresión al parecer iracunda de “acabemos con el Estado Burgués” para que la sociedad avance. Expresión que uno hasta escucha de labios de quienes gobiernan no exentos de buena fe. El asunto es más el cómo que el cuándo y que la buena intención o deseo. Porque uno cree entender que el cuándo no es para mañana, sino que se trata de un proceso largo, hasta lento en veces que debe avanzar, detenerse para evaluar y volver a avanzar. Todo depende de la capacidad que el pueblo alcance para dirigir, cambiar las relaciones hasta volver dominantes las socialistas y el Estado la de admitir el cambio.

El meollo es el cómo. Acabar con el “Estado Burgués”, no es sólo cumplir a cabalidad con esa tarea gigantesca que le han echado encima a Dante Rivas, que sabemos ejecutará con éxito; pero tampoco aumentar la ansiedad y velocidad repartidora del Estado. Hay un viejo dicho, que pese el tiempo sigue siendo sabio, “no se puede matar la gallina de los huevos de oro”. No podemos pensar que la renta petrolera es la panacea porque ella pudiera dar, por decir algo, mucho más de lo que ha dado, pero no hará, con su sola presencia y disponibilidad para repartir, el socialismo en Venezuela. El asunto es pues, convertir al venezolano en productor en todos los niveles. Lograr “De cada quien de acuerdo a sus capacidades” y dentro de unas relaciones materiales de igualdad, sólo posible en socialismo, para que más allá del petróleo se produzca la riqueza o beneficios que haya que repartir.

Para ello, el Estado debe renunciar a ser el eterno sustituto de las viejas clases dominantes. Pero hay muchas dudas, ¿cómo se logra eso en una sociedad inmadura, donde los hombres estamos sumergidos en la vieja cultura de la trampa, la llamada “viveza criolla”, del “Dame pa´ matala”, ¿cuánto hay pa´eso”, que los demás trabajen por nosotros?

Se dice que “el movimiento se demuestra andando” (Diógenes) o “Caminante no hay camino” (Machado). Eso significa que el “Estado Burgués”, acicateado por el pueblo, montado encima, debe cambiar de actitud e iniciar el proceso, que será lento y cuidadoso, de impulsar la creación, a partir de esa enorme palanca que es la renta petrolera, de las “empresas de producción socialistas”, no del Estado, poniendo cuidado que ellas avancen a su objetivo y procurando no ponerles trabas ni trampas para terminar quebrándolas. A la cultura que ese cambio va imponiendo debemos agregar la educación formal de la escuela en absoluta sintonía con ese proceso.

Claro, el “Estado Burgués”, en manos de revolucionarios no está exento por razones materiales y la vieja cultura, de quedarse en la cuneta o tirar hacia ella; por eso, el pueblo con el partido o los partidos revolucionarios al frente deben, lejos de ponerse al servicio de aquél, empujarle con fuerza para que no atienda a sus derrotes ancestrales.

De donde debe quedar claro algo que ahora poco se discute, cuando Chávez, curiosamente se hacía, ahora muy poco, que el partido y el Polo Patriótico, no pueden ser dependencias del Estado Burgués, como los miembros de éste no deben, bajo ninguna circunstancia, determinar el hacer de aquellas organizaciones. Porque ellas, sólo pueden y deben ser las intermediarias entre el pueblo y la clase gobernante. Además, es necesario cambiar al Estado y éste no va a hacerlo por su expresa voluntad. ¡Hay qué empujarle!


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Eligio Damas

Militante de la izquierda de toda la vida. Nunca ha sido candidato a nada y menos ser llevado a tribunal alguno. Libre para opinar, sin tapaojos ni ataduras. Maestro de escuela de los de abajo.

 damas.eligio@gmail.com

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