Salarios, productividad y deflación

Básicamente, el grueso de los trabajadores lo representan personas de menor calificación técnica[1]. Sobre esa base, el fenómeno de los incrementos oficiales anuales de los salarios básicos, es decir, para la adecuación del poder adquisitivo de los trabajadores a las alzas crónicas de precios  debe desaparecer con las innovadoras y flamantes medidas económicas productivas y comerciales que en Venezuela se hallan en pleno proceso de implementación a fin de sincerar los costos de producción, tolerar una ganancia racional[2] para el fabricante y el intermediario, para arribar finalmente  a los precios “justos”, eso es lo que se desprende de las Primeras leyes habilitantes que conocemos “por ahora”.

En particular, la tasa de ganancia debería determinarse en estricta armonía con la longitud de la cadena de comercialización correspondiente. Por otra parte, si bien puede haber un nivel de precios para cada tipo de mercancías e iguales a la suma de aquellos dos componentes, precio = costo + ganancia, ese nivel siempre coexistirá con diferentes y paralelos precios que dependerían de la calidad de los bienes, aunque esta calidad sea burlada constantemente por fabricantes y comerciantes inescrupulosos que suelen meter gato por liebre.

Esta concomitancia de precios disímiles para una misma mercancía[3] tiene un soporte de índole sociológico. Es que en las sociedades burguesas muchos trabajadores inconscientemente empiezan a creerse superiores a quienes[4] sólo puedan adquirir bienes más baratos y baratones. Este complejo de superioridad es máximamente aprovechado por las empresas con el auxilio de trabajadores también pacientes de dicho complejo.

Ahora bien, siempre nos ha hecho ruido, eso de que un trabajador reciba periódicamente ajustes salariales que terminan tragándoselos las nuevas alzas de precio que causan los ajustes en cuestión. Así las cosas, sube la liquidez, suben los precios, suben las ganancias y sube el malestar popular, sobre todo cuando la oposición de turno o cuando la clase económica o burguesía no hace buenas migas con el gobierno interesada en la eliminación de descarados sobreprecios.

Por supuesto, ningún empresario capitalista ha estado ni podrá estar de acuerdo con incrementos salariales para ningún trabajador sin que tal mejora se corresponda con un   incremento proporcional y rentable de la productividad de los trabajadores beneficiarios. Sus leyes y principios económicos lucrativos que se desprenden de su contrata laboral así se los aconseja. En esto son fieles cumplidores de la leyes con el mismo celo que tienden a evadir las normas del Estado cuando este le regula sus actividades y ganancias, por groseras que estas resulten.

Los primeros distribuidores de mercancías, los más alejados del consumidor final, son mayoristas de pesados inventarios; a estos pueden seguirle mayoristas de menor rango y así hasta llegar a los minoristas. Con esa estructura comercial, las tasas de ganancia-los márgenes-no pueden ser iguales para todos esos eslabones.

Por supuesto, la mayor dificultad que podrían confrontar los calculistas de costos sinceros sería la determinación de los fijos porque allí se comprende las depreciaciones y gastos de oficinas, gerenciales y de asesorías que perfectamente necesitan ser evaluadas en su justa y necesarias medidas. Escritorio suntuarios, por ejemplo, de oficina o de elevados costos no pueden ser pasados sin ajustes racionales, porque los consumidores no tienen por qué costear muchos de esos falsos costes.

Con esos ajustes, las empresas, ahora empatados en una suerte de guerra de guerrillas commercial, seguirán obteniendo sus ganancias “normales” de presobreprecios. Por primera vez, la economía nacional experimentará un proceso deflacionario que propenderá a incrementar la productividad de los trabajadores, de la empresa, porque para un futuro de corto plazo y bajo esas nuevas normas económicas nacionales, ya el Estado no tendrá que estar subsidiando a los consumidores ni los empresarios necesitarán subvenciones porque por ahora y hasta ahora han vivido más de sobreprecios y ayudas estatales que de su industriosidad.


[1] Se trata de una calificación salarial porque, si a ver vamos, las ingestas restauradoras de la fuerza de trabajo diaria no tienen por qué ser diferentes dentro de los distintos grupos etarios. Véase Manuel C. Martínez M. PRAXIS de EL Capital.

[2] Es oportuno y coyuntural acabar con esa perversa práctica de soslayar las abultadas ganancias absolutas detrás de las disimuladoras ganancias porcentuales o relativas. Hay empresarios que se quejan de los millonarios impuestos que le honran al Fisco, pero no dicen nada de que esos suben porque así lo hacen sus ganancias absolutas. Esta irracional práctica es, al mismo tiempo, muy contradictoria porque   los buhoneros y distribuidores menores terminan elevando sus tasas de ganancia bajo la justificación de que operan con pequeños inventarios, con capital moderado. La gerencia y los dueños de la empresa mediana, por ejemplo, terminan disfrutando de un confort burgués que tiene poco que envidiarle al de una burguesía más capitalizada. 

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[3] Para una misma droga, en el caso de los fármacos. Los frecuentes cambios de moda en calzados y vestidos son expresiones de semejantes y falsas diferenciaciones de precios.

[4] Con inclusión de vecinitos y amiguitos.



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Manuel C. Martínez M.


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