El “revolucionómetro”, impreciso aparato manejado imprecisamente

Por aquellos que creen tener el trompo en la uña

La sociedad nuestra, que lo es capitalista hasta los “tequeteques”, aunque la llamemos de otra manera, empeñados estemos en cambiarla y no dejemos de admitir que cambia, es diversa, contradictoria y llena de espejismos. Por supuesto, desde ya nos atrevemos a advertir que nos exponemos nos apliquen el “revolucionómetro”, por decir lo anterior y salgamos raspados o eximidos, según el “interés” de quien maneje el extraño aparatico.

Siendo ella, la sociedad, como es, quienes la conformamos, aún armados de principios sólidos, herramientas dinámicas, perspicacia probada, suele esquivarnos e impedir que la podamos atrapar en movimiento. En veces, logramos capturar un instante, le observamos, medimos, aplicamos todos los aparatos y cálculos de los que estamos armados y al concluir, aquello se transformó en otra cosa.

Por eso, uno se asombra, haya quienes se creen con la capacidad y pertinencia, para afirmar cómo transformar la sociedad y los seres humanos que la forman, sin consultarles a estos. No importa que esos mismos personajes, pudieran en colectivo, en síntesis, que nadie de aquellos coloca en su interés, pensar en otras formas y procederes.

Quienes se creen poseedores de esas virtudes, suelen andar de arriba para abajo con un “revolucionómetro” entre ceja y ceja. Curiosamente, esos mismos, con frecuencia, se exhiben como seguidores, cual palomas tras las miguitas, de las opiniones de Fidel Castro, quien por cierto mucho sabe. Tanto que, recientemente hizo una reflexión para mi impactante, por lo que hago mención de ella con bastante frecuencia; dijo el líder cubano, más o menos lo siguiente: “nuestro mayor error fue creer que alguien sabía cómo se construye el socialismo”.

No es por el nombre, sino por quién ha sido el personaje, las responsabilidades que ha asumido y la experiencia aquilatada, que esa frase está llena de sabiduría.

Quiso decir, a mi parecer, que no existe una receta o fórmula. Porque las sociedades son dinámicas y el humano es diverso. Es más una sociedad es distinta a otra, como la Venezuela de hoy, amanecerá mañana diferente. De manera que “inventamos o erramos”, partimos de la realidad y contamos con el parecer de cada quien. Por eso la revolución no es una cosa de “soplar y hacer botellas” ni de “echarle plan y pa´ el cuartel” a quien no comparta lo que disponga el buró.

Lo revolucionario es entender la sociedad tal como es; al hombre tal como se comporta y tomarle en cuenta para los cambios; los proponga, impulse y hasta respalde. Eso incluye entender que unos intentarán ir más rápido que otros y que no por eso estos deben ser sentenciados o tirados por la borda. Por supuesto, cuando hablamos de ”entenderla como es”, no es para dejarla como está, porque ella misma dispone lo contrario, sino para que hagamos lo pertinente, los cambios se aceleren lo posible y el rumbo sea el adecuado y pertinente.

Lo que algunos respetables compañeros han optado por llamar “nuestra sociedad en transición hacia el socialismo”, tiene un ritmo y unos pergaminos o planos. Estos elementos, manejados por la dirección del proceso, al frente del cual está el presidente Chávez, se fundamentan en el carácter de las contradicciones de distinto sentido y nivel, entre los miembros de la sociedad. No se trata sólo contradicciones entre capital y trabajo, sino entre las expectativas inmediatas, a corto y largo plazo, que surgen entre las metas y los humanos que deben construir lo nuevo.

El socialismo demanda una gran productividad. Se reparte lo que existe y se crea o produce. Por eso, el socialismo demanda construir y crear riqueza y eso también exige un gran esfuerzo organizativo. No existe, nadie la ha construido o encontrado en alguna buhardilla abandonada, una varita de virtud, para que ayude a ese socialismo deseado emerger radiante al día siguiente de una noche de embriaguez.

Claro, habrá quien piense lo contrario. Pero eso no autoriza a nadie sacar el aparatico de medición para declararle enemigo del cambio, del proceso y hasta del presidente Chávez, que impulsa el movimiento de cambio al ritmo y forma que lo hace. Menos para usar al discrepante como trapo para restregar inmundicias. Una cosa es discrepar, reclamar participación, aun equivocándose y otra es ser tránsfuga.

Fueron, son muy oportunas y saludables las críticas recientemente hechas por Vladimir Acosta; tanto que no por eso, hizo uso de “revolucionómetro” alguno para descalificar a nadie.

Descalificar, adjetivar, valiéndose de mediciones imprecisas, hechas con aparatos choretos, a compañeros u organizaciones aliadas por discrepar, no es justamente el proceder de un revolucionario, menos dentro de un proyecto como el bolivariano.

Si es feo y detestable, culpar a alguien porque asuma el ritmo, táctica y estrategia que le impone al proceso el comandante Chávez, mientras se grita a pulmón pleno o letras de molde.

¡Viva Chávez!

damas.eligio@gmail.com


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Eligio Damas

Militante de la izquierda de toda la vida. Nunca ha sido candidato a nada y menos ser llevado a tribunal alguno. Libre para opinar, sin tapaojos ni ataduras. Maestro de escuela de los de abajo.

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