El socialismo y el comunismo crítico utópico

—Ideas sociales en la primera mitad del siglo XIX:

No se trata aquí de la literatura que en todas las grandes revoluciones modernas han formulado las reivindicaciones del proletariado.

En Europa las primeras tentativas directas del proletariado para hacer prevalecer sus propios intereses de clase, realizadas en tiempos de efervescencia general, en el período del derrumbamiento de la sociedad feudal, fracasaron necesariamente, tanto por el débil desarrollo del mismo proletariado como por la ausencia de las condiciones materiales de su emancipación, condiciones que no podían surgir sino después del advenimiento de la época burguesa. La literatura revolucionaria que acompaña a estos primeros movimientos del proletariado era forzosamente, por su contenido, reaccionaria. Preconizaba un ascetismo general y un grosero igualitarismo.

Los sistemas socialistas y comunistas propiamente dichos, los sistemas de *Saint-Simon, de *Fourier, de *Owen, etc., hacen su aparición en el período inicial y rudimentario de la lucha entre el proletariado y la burguesía.

Blanqui aludiendo a las doctrinas de Saint-Simon y Fourier, enfrentándose con las panaceas que ofrecían los “reformadores” y de los que todo lo confiaban al nuevo mito del cooperativismo, Blanqui decía: “¡Ah! ¡Se pretende emancipar al pueblo, contra la acción gubernamental, con PEQUEÑAS sociedades cooperativas! ¡Quimera! ¡Traición, quizás! El pueblo no puede salir de la esclavitud más que por el impulso de la Gran sociedad, del Estado, y bien audaz quien sostuviera lo contrario. Pues el Estado no tiene otra misión legítima”. Sansimonianos, fourieristas, positivistas, todos han declarado la guerra a la Revolución, a la que acusaron de negativismo incorregible. Durante treinta años sus prédicas han anunciado al Universo el fin de la era de destrucción y la llegada del período orgánico en la persona de sus respectivos Mesías. Rivales de tienda, las tres sectas se ponían de acuerdo en sus diatribas contra los revolucionarios, pecadores endurecidos que se negaban a abrir los ojos a la luz nueva y las orejas a la palabra de vida.

Los inventores de estos sistemas, por cierto, se dieron cuenta del antagonismo de las clases, así como de la acción de los elementos disolventes dentro de la misma sociedad dominante. Pero no advirtieron del lado del proletariado ninguna iniciativa histórica, ningún movimiento político que les sea propio.

Como el desarrollo del antagonismo de clases iba a la par con el desarrollo de la industria, ellos tampoco pudieron encontrar las condiciones materiales de la emancipación del proletariado, y se aventuraron en busca de una ciencia social, de leyes sociales, con el fin de crear esas condiciones.

En lugar de la actividad social ponen la actividad de su propio ingenio; en lugar de las condiciones históricas de la emancipación, condiciones fantásticas; en lugar de la organización gradual del proletariado en clase, una organización de la sociedad inventada por ellos. La futura historia del mundo se decide, según ellos, por medio de la propaganda y la ejecución práctica de sus planes sociales.

En la confección de sus planes tienen conciencia, por cierto, de defender ante todo los intereses de la clase obrera, por ser la clase que más sufre. El proletario no existe para ellos sino bajo el aspecto de la clase que más padece.

Pero la forma rudimentaria de la lucha de clases, así como su propia posición social, les lleva a considerarse muy por encima de todo antagonismo de clase. Desean mejorar las condiciones materiales de todos los miembros de la sociedad, incluso de los más privilegiados. Por eso, no cesan de apelar a toda la sociedad sin distinción, e incluso se dirigen con preferencia a la clase dominante. Porque, a su parecer, basta con comprender según ellos su sistema, para reconocer que es el mejor de todos los planes posibles de la mejor de todas las sociedades posibles.

Repudian, pues, toda acción política, y sobre todo, toda acción revolucionaria, se proponen alcanzar su objetivo por medios pacíficos intentando abrir camino al nuevo evangelio social valiéndose de la fuerza del ejemplo, por medio de experiencias en pequeña escala, que, naturalmente, fracasaron siempre.

La fantástica descripción de la sociedad futura surgida en una época en que el proletariado, todavía muy poco desarrollado, consideraba su propia situación de una manera también fantástica, corresponde a las primeras aspiraciones de los obreros, llenas de profundo presentimiento, hacia una completa transformación de la sociedad.

Más estas obras socialistas y comunistas encierran también elementos críticos. Atacaban todas las bases de la sociedad actual. Han proporcionado en su tiempo, por consecuencia, materiales de gran valor para instruir a los obreros. Sus tesis positivas referentes a la sociedad futura, tales como la desaparición del contraste entre la ciudad y el campo, la abolición de las familias dominantes, de la ganancia privada y del trabajo asalariado, el proclamar la armonía social y la transformación del Estado en una simple administración de la producción; todas estas tesis no hacen sino enunciar la desaparición del antagonismo que comienza solamente a perfilarse y del que los inventores de sistemas no conocían todavía sino las primeras formas indistintas y confusas.

Así, estas tesis tampoco tienen más que un sentido puramente utópico.

La importancia del socialismo y del comunismo critico-utópicos está en razón inversa al desarrollo histórico. A medida que la lucha de clases se acentúa y toma formas más definidas, el fantástico afán de abstraerse de ella, esa fantástica oposición que se le hace, pierde todo valor práctico, toda justificación teórica. He ahí por qué si en muchos aspectos los autores de esos sistemas eran revolucionarios, las sectas formadas por sus discípulos son siempre reaccionarias, pues se aferran a las viejas concepciones de sus maestros, a pesar del ulterior desarrollo histórico del proletariado. Buscan, pues, y en eso son consecuentes, entorpecer la lucha de clases y conciliar los antagonismos. Continúan soñando con la experimentación de sus utopías sociales; con el establecimiento de *falansterios aislados, creación de colonias interiores en sus países, fundación de una pequeña *Icaria, edición en dozavo de la nueva Jerusalén; y para la construcción de todos estos castillos en el aire se ven forzados a hacer llamamientos al corazón y a la bolsa de los filántropos burgueses. Poco a poco van cayendo en la categoría de los socialistas reaccionarios o conservadores descritos y sólo se distinguen de ellos por una pedantería más sistemática y una fe supersticiosa y fanática en la eficacia milagrera de su ciencia social.

—*Saint-Simon, esa figura singular descendiente de Carlo-Magno, heredero de una corona ducal, grande de España, considerado como uno de los precursores del socialismo Burgués. Saint-Simon aboga por reformas, pero no ataca las causas que determinan la miseria de las masas. Respetando la estructura social del régimen burgués, lo confiaba todo al establecimiento de reformas que dieran solución a los problemas fundamentales que se derivaban del sistema económico capitalista. No se proponía destruir la sociedad burguesa, sino mejorarla por medio de un orden social “perfecto” establecido a priori que no era más que la justificación de la utopía de sus concepciones basadas en gran parte en las ideas de los “reformadores” del siglo XVIII. Saint-Simon no confiaba en el pueblo. Para él las masas eran incapaces de asegurar la dirección económica y política de la sociedad, atribuyendo esa misión a los más “capaces”, es decir a los “industriales”, a los “sabios burgueses” y a los aristócratas.

“Todas las instituciones sociales —dice Saint-Simon— deben tener por propósito el mejoramiento de la condición moral, intelectual y física de las clases numerosas y pobres… A cada uno —pedía— según su capacidad; a cada capacidad, según su trabajo…

—*Falansterios o (palacios sociales) se llamaban las colonias socialistas proyectadas por *Charles Fourier. *Icaria era el nombre dado por *Cabet a su país utópico y más tarde a su colonia comunista en América. *Owen llamó a sus sociedades comunistas modelo “home-colonies” (colonias interiores).

Opónense, pues, con encarnizamiento, a toda acción política de la clase obrera, pues semejante acción no puede provenir, a su juicio, sino de una ciega falta de fe en el nuevo evangelio.

Los owenistas en Inglaterra actúan contra los cartistas y los fourieristas en Francia contra los reformistas.

El vestido tejido con los hilos de araña del utopismo, bordado de flores retóricas y bañado por un rocío sentimental, ese ropaje fantástico en que los socialistas sansimonianos, owenistas y cartistas envolvieron sus descarnadas “verdades eternas”, no hizo sino aumentar de su mercancía entre semejante público.

Por su parte, el socialismo alemán comprendió cada vez mejor que estaba llamado a erigirse en el representante pomposo de esta pequeña burguesía.

¡Gringos Go Home!

¡Libertad para Gerardo! ¡Libertad para los cinco héroes de la Humanidad!

Hasta la Victoria Siempre. Patria Socialista o Muerte ¡Venceremos!

manuel.taibo@interlink.net.ve


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Manuel Taibo


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