Entrevistando imaginariamente a Marx sobre lo tratado en:

El capítulo XXV de “El Capital” (III)


¿Cómo la producción capitalista confina los salarios dentro de los límites que le convienen?

Lo maravilloso de la producción capitalista no sólo estriba en que reproduce constantemente al asalariado como asalariado, sino en que, proporcionalmente a la acumulación del capital, produce siempre una sobrepoblación relativa de asalariados. De esta suerte se mantiene en sus debidos carriles la ley de la oferta y la demanda de trabajo, la oscilación de los salarios queda confinada dentro de límites adecuados a la explotación capitalista y, finalmente, se afianza la tan imprescindible dependencia social del trabajador respecto del capitalista, relación de dependencia absoluta que el economista, en su casa, en la metrópoli, puede transformar, mintiendo a boca llena, en una relación contractual libre establecida entre comprador y vendedor, entre dos poseedores de mercancías igualmente autónomos: el poseedor de la mercancía capital y el de la mercancía trabajo. Pero en las colonias esa bella fantasmagoría se hace pedazos. La población absoluta crece aquí mucho más rápidamente que en la metrópoli, puesto que muchos trabajadores hacen su aparición ya maduros, y sin embargo el mercado de trabajo está siempre insuficientemente abastecido. La ley de la oferta y la demanda de trabajo se viene a tierra. Por un lado, el viejo mundo introduce constantemente capital afanoso de explotación y apetentes de espíritu de renunciamiento; por otra parte, la reproducción regular de los asalariados como asalariados tropieza con los obstáculos más desconsiderados y, en parte, insuperables. Y no hablemos de la producción de asalariados supernumerarios, proporcional a la acumulación del capital! De la noche a la mañana, el asalariado se convierte en campesino o artesano independiente, que trabaja por su propia cuenta. Desaparece del mercado de trabajo... pero no para reaparecer en el hospicio. Esta transformación constante de los asalariados en productores independientes que en vez de trabajar para el capital lo hacen para sí mismos, y que en vez de enriquecer al señor capitalista se enriquecen ellos, repercute a su vez de manera tremendamente perjudicial en la situación del mercado de trabajo. No sólo el grado de explotación del asalariado se mantiene indecorosamente exiguo, sino que éste, por añadidura, con la relación de dependencia pierde también el sentimiento de dependencia respecto al capitalista cultor del renunciamiento. De ahí surgen todos los males que nuestro Wakefield describe tan gallardamente, con tanta elocuencia y de manera tan conmovedora.

La oferta de trabajo, deplora Wakefield, no es ni constante, ni regular, ni suficiente. "Es siempre no sólo reducida, sino además insegura". "Aunque el producto a dividir entre el obrero y el capitalista sea grande, el obrero se apropia de una parte tan considerable que pronto se convierte en capitalista... Pocos, en cambio, aunque alcancen a una edad inusualmente avanzada, pueden acumular grandes masas de riqueza". Los obreros, sencillamente, no toleran que el capitalista renuncie a pagarles la mayor parte de su trabajo. De nada le sirve a éste ser muy astuto e importar de Europa, con su propio capital, también sus propios asalariados. "Pronto dejan [...] de ser asalariados, se [...] transforman en campesinos independientes, e incluso en competidores de sus ex patrones en el mercado mismo de trabajo asalariado". Imagínese usted, qué atrocidad! El honesto capitalista ha importado él mismo de Europa, con su propio dinero contante y sonante, a sus propios competidores, y en persona! Pero es el acabose!. Nada tiene de extraño que Wakefield se queje de que entre los asalariados de las colonias falte la relación de dependencia y el sentido de dependencia. "Debido al alto nivel de los salarios", dice su discípulo Merivale, "en las colonias existe un deseo apasionado de trabajo más barato y servicial, de una clase a la que el capitalista pueda dictarle las condiciones, en vez de tener que aceptar las que ella le dicta... En países civilizados desde antiguo, el obrero, aunque libre, depende del capitalista por una ley de la naturaleza; en las colonias debe crearse esa dependencia por medio de recursos artificiales".

Ahora bien, ¿cuál es el resultado del sistema, imperante en las colonias, conforme a la cual la propiedad privada se funda en el trabajo propio, y no en la explotación de trabajo ajeno? Un "sistema barbarizante de dispersión de los productores y del patrimonio nacional". La dispersión de los medios de producción entre innumerables productores que se apropian de los mismos y trabajan con ellos aniquila, con la concentración capitalista, el fundamento capitalista de todo trabajo combinado. Toda empresa capitalista de gran envergadura que se extienda a lo largo de varios años y requiera desembolsos de mucho capital fijo, se vuelve problemática. En Europa el capital no vacila ni un instante, pues la clase obrera constituye su accesorio vivo, siempre en abundancia, siempre disponible. Pero en los países coloniales! Wakefield relata una anécdota extremadamente desgarradora. Ese autor conversó con algunos capitalistas de Canadá y del estado de Nueva York, donde, además, las oleadas inmigratorias a menudo se detienen y depositan un sedimento de obreros "supernumerarios". "Nuestro capital", gime uno de los personajes del melodrama, "nuestro capital ya estaba pronto para efectuar muchas operaciones que requieren un lapso considerable para su consumación; ¿pero podíamos emprender tales operaciones con obreros que, bien lo sabíamos, pronto nos volverían las espaldas? Si hubiéramos estado seguros de poder retener el trabajo de esos inmigrantes, los habríamos contratado de inmediato, gustosamente y a un precio elevado. E incluso los habríamos contratado, pese a la seguridad de su pérdida, si hubiéramos estado seguros de contar con nuevos refuerzos a medida que los necesitáramos".

Después de cotejar, ostentosamente, la agricultura capitalista inglesa y su trabajo "combinado" con la dispersa agricultura campesina norteamericana, Wakefield nos deja ver también, en un desliz, el reverso de la medalla. Describe el bienestar, la independencia, el espíritu emprendedor y la relativa cultura de la masa del pueblo norteamericano, mientras que "el obrero agrícola inglés es un miserable zaparrastroso, un indigente... ¿En qué país, excepto Norteamérica y algunas colonias nuevas, los jornales del trabajador libre empleado en la agricultura superan de manera digna de mención lo que se necesita para que el obrero adquiera los medios de subsistencia más indispensables?... Sin duda alguna, a los caballos de tiro por ser una propiedad valiosa se los alimenta en Inglaterra mucho mejor que al jornalero agrícola". Pero no importa: una vez más, la riqueza nacional es idéntica, por su propia naturaleza, a la miseria popular.

nicolasurdaneta@gmail.com


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Nicolás Urdaneta Núñez


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