Es sorprendente que la ciencia haya descubierto vacunas para erradicar el sarampión, la poliomielitis, la tosferina, la tuberculosis, la viruela, entre tantos males, sin embargo, hasta ahora no ha desarrollado algún antídoto que cure la idiotez. El mal anterior ha afectado a miles de millones de personas en toda la geografía del planeta y en todos los tiempos. Las personas que padecen este mal se le denominan idiotas y lamentablemente constituyen la mayoría en casi todo el orbe.
Por lo general las personas se quejan de lo mal que marcha el mundo, sin pensar que parte de este embarazo mundial es consecuencia de la presencia y las acciones tomadas por los idiotas, que por desgracia son mayoría y responsables de tales trastornos. De estos personajes (de los idiotas) han vivido las religiones, las monarquías, los imperios, las dictaduras y ahora las democracias en todas sus versiones. Pero no solo los modelos políticos tienen entre sus partidarios a millones de idiotas, también las religiones, los equipos deportivos, los comerciantes, sindicatos, asociaciones de profesionales, la cultura en todos sus géneros, son los fanáticos, entre tantos personajes quienes se dejan seducir por la palabra de los encantadores de serpientes. Muchos de ellos arrogan compromisos de sacerdotes, dirigentes políticos, profesionales universitarios, empresarios, parlamentarios, gobernadores, presidentes, reyes, primeros ministros, entre tantas "celebridades" responsables de conducir y cautivar grupos humanos.
Los idiotas son aciagos de hatajos humanos dispersos en todas las sociedades, están presentes en diversas actividades sociales y profesionales, los hay de todo tipo, desde el más ignorante que no asistió a algún centro educativo. También se destacan entre los seres que piensan que los libros son un arma de destrucción cerebral, por lo tanto, se niegan a fijar sus ojos y su atención en algo que huela a tinta de imprenta. Son los mismos que piensan que la cultura es nociva para la salud. En todo caso, no solo hay idiotas en los faltos de instrucción y entre los carentes de cierta educación, también se encuentran millones de idiotas en grupos de profesionales universitarios como médicos, ingenieros, economista, abogados, jueces, maestros, profesores, sacerdotes, rabinos, pastores, militares, entre tantos expertos que, adquirieron un título o diploma, solo para ejercer una profesión, devengar un salario y no para resolver los problemas de su entorno y los propios. Y lo más triste de todo esto, no existe ningún distintivo en el aspecto físico del rostro de un idiota que los diferencie de los demás humanos, por tal razón conviven dentro de la sociedad sin advertir que sus actuaciones causan graves perjuicios a su entorno.
No cabe duda que los fanáticos son los primeros en ingresar en la lista de los idiotas y me refiero a aquellos como a las personas que muestran una pasión exagerada, irracional y tenaz por algo o alguien. Por lo general los fanáticos son intransigentes, intolerantes o extremistas en temas religiosos, políticos, ideológicos, políticos o doctrinarios que defienden sus creencias con vehemencia y rechazan cualquier discusión. Un fanático no tolera a las personas con ideas diferentes a las que él profesa. Son frecuentes entre los feligreses de una religión, en los militantes de un partido político, los apasionados de un equipo deportivos, entre los miembros de una cofradía, entre las diversas agrupaciones que conviven dentro de una sociedad. Y lo más importante, estos fanáticos constituyen el caldo de cultivo para promover el crecimiento y la multiplicación de una ideología, o una doctrina con intereses que benefician solo a un grupo o a una élite.
En mi artículo anterior me referí a la Guerra Cognitiva cuyo objetivo principal es alterar cómo piensan y reaccionan las personas ante la información, influir en su comportamiento y desestabilizar instituciones o moldear narrativas. Para lograr tales fines se valen de la desinformación, inteligencia artificial, las redes sociales, análisis de la big data y técnicas basadas en la psicología, neurobiología y lingüística. Ante una arremetida de este tipo es importante resaltar que solo una mente bien formada intelectualmente, es capaz de analizar e interpretar una información, de descifrar y comprender una narrativa para enfrentar y discernir este tipo de ofensiva. Para esto se necesita una sólida formación cultural en diversas áreas y así entender el mensaje proveniente de unas élites interesadas de imponer un modelo político- social-económico que responda a los intereses de los poderosos. Lamentablemente una mente como la de un idiota, carente de una buena formación intelectual, es una presa fácil de este tipo discurso alienante, se deja seducir por la narrativa y por lo tanto no es capaz de interpretar por carecer de armas para desentrañar y razonar sobre estos temas.
La guerra cognitiva es de gran utilidad durante las campañas electorales, es utilizada mucho por los candidatos neoliberales de la derecha para destruir a sus antagonistas, para influir en el comportamiento de los votantes, para crear falsas expectativas sobre el posible triunfo de su antagonista tildándolo de comunista, narcoterrorista, lavador de dinero sucio, traficante y todo tipo de injurias con el interés que tales perjuicios se almacenen en la mente de los votantes, que por desgracia muchos de ellos aceptan esos denuestos sin la posibilidad de interpretar tales ofensas.
Por desdicha, algunos líderes de la democracia "el mejor gobierno del mundo" utilizan la guerra cognitiva para desestabilizar otros gobiernos, democráticos o no. Todo se circunscribe en el interés de influir, modificar o controlar las percepciones, emociones, actitudes, comportamientos y procesos de toma de decisiones de individuos, grupos o poblaciones, con la finalidad de obtener ventajas estratégicas. Está claro la mente de un idiota no está preparada para esto y como muestra de tal afirmación es la aceptación sin chistar de las decisiones y propuestas que anuncian los grupos de élite, el cual acepta sin discusión y en algunos casos las aplaude, sin darse cuente que tal conducta lo perjudica.
En un párrafo anterior mencioné la imposibilidad de identificar a un idiota dado que no tiene algún rasgo físico para reconocerlo, pero la modernidad, por fortuna, nos entrega ciertas armas, como las redes sociales y la democracia para identificar a un idiota. En el primer caso es palmaria la cantidad de idiotas que aparecen en Facebook, Tik Tok, Instagram, Twitter (X), entre otros, dichos audaces personajes comentan de todo lo que le viene a la mente sin conocer nada sobre el tema. En sus disertaciones intentan orientar a los otros idiotas que lo siguen sobre salud, nutrición, maquillaje, política, análisis geopolítico, religión, cultura, música, geotermia, cosmogonía, espiritismo, alquimia, física cuántica, biología molecular, masonería, enología, gastronomía tibetana, genética, ecología, moda, epidemiología, arquitectura mesopotámica, en fin, cualquier tema humano o divino que actualmente es presentado por un idiota ignorante del tema para que otro más idiota que él lo siga en algunas de las redes nombradas.
La democracia burguesa nos permite conocer el volumen de fanáticos idiotas que acuden a los mítines para aplaudir y ovacionar al candidato presidencial propuesto por la derecha en una gesta electoral. Esto se comprobó con la reelección del gordinflón Trump como presidente de EE UU, una persona segregacionista que obtuvo parte de los votos de millones de latinos idiotas, a pesar que ya conocían las tendencias racista de este personaje. El hoy conocido por sus acusaciones por agresor sexual, pederasta, genocida, corruptor de menores, pirata, secuestrador, ladrón, entre tantos delitos fue llevado como inquilino a la Casa Blanca por los votos de millones de estadounidenses idiotas. Estos ilusos pensaron que un multimillonario les iba a resolver los problemas de la clase media, a los pobres, a los afrodescendientes, a los migrantes, a los medianos comerciantes, cuando en realidad llegó a la presidencia promovido por las avaras corporaciones económicas que financiaron su campaña electoral para después recibir copiosos contratos. Es obvio que la democracia en muchos países subsiste por la cantidad de idiotas, tantos pobres como los de la clase media, quienes acuden a votar por el candidato de la derecha, representante de los intereses económicos de las empresas, tanto nacionales como extranjeras. Es el caso, además del rubicundo de Donald, Milei de Argentina, Noboa de Ecuador, Kast en Chile que llegaron al poder, no para resolver los problemas de los excluidos, de la clase popular, sino para que los ricos se hagan más ricos y los pobres más pobres.
El mejor auditorio de ciertos líderes es el conformado por un enjambre de idiotas, son estos quienes creen en las "fake news", en las falsas narrativas, en la desinformación, en las mentiras descaradas de la derecha. Son aquellos idiotas que aceptaron que el COVID 19 lo inventaron y los propagaron los chinos, que Irak tenía armas de destrucción masiva, que Gaddafi masacró a su pueblo, que las torres gemelas la tumbaron los afganos, que los musulmanes todos son terroristas, que los migrantes son responsables de todos los males de EEUU y Europa, que María Corina Machado es la líder de la oposición venezolana, que Edmundo ganó las elecciones en Venezuela con el 70 % de los votos, que Maduro es un narcoterrorista, que Cuba y Venezuela son una amenaza para la seguridad de EEUU, que los problemas de Cuba y Venezuela no tienen que ver con las sanciones del gobierno de Washington, que el capitalismo es mejor modelo político-económico-social, que el socialismo es el culpable de todos los males del mundo, que el petróleo venezolano es de lo yanquis, que el bombardeo de Caracas autorizado por Donald se hizo en defensa de la democracia, que el rollizo de Trump es el mejor presidente que ha tenido EEUU, en fin, son los idiotas del mundo capaces de aceptar sin objetar todas las falacias provenientes de los desinformadores de la derecha internacional.
Ciertamente, la idiotez es una pandemia que azota a la humanidad desde hace siglos y no se vislumbra la erradicación de este aciago mal. El idiota se niega a reconocer su condición y en el peor de los casos su idiotez lo hace temerario, capaz de emitir opinión sobre ciertos tópicos que desconoce. Quizás tuvo razón el escritor y poeta español Francisco de Quevedo cuando sentenció: "Todos los que parecen estúpidos, lo son y, además lo son la mitad de los no lo parecen". Lee que algo queda.