La vanidad burguesa

A la atención de los señores burgueses y sus derivados ¡Cuántas reputaciones se dañan, cuando se destruyen, por la miserable vanidad! ¡Cómo se disipa la ilusión que inspirara un “gran nombre” si al acercársele nos encontramos con una persona que sólo habla de sí misma! ¡Cuántos personeros oposicionistas, por otra parte “recomendabilisimos”, se deslustran y hasta se hacen objeto de burla por un tono de superioridad que choca e irrita o atrae los envenenados dardos de la sátira! Cuántos se empeñan en tomar medidas funestas, dan pasos desastrosos, se desacreditan o se pierden sólo por haberse entregado a sus propios intereses de una manera exclusiva, sin dar ninguna importancia a los consejos, a las reflexiones o indicaciones del pueblo que ven mucho más claro que ellos, pero que tienen la desgracia de ser mirados de arriba abajo, a una distancia inmensa, por ese dios mentido que, habitando allá en el fantástico empíreo inventado por su vanidad burguesa, no se dignaba descender a la ínfima región donde mora el vulgo de los modestos mortales ¿Y para qué necesitan ellos consultar a nadie? La elevación de su “entendimiento”, la seguridad y “acierto de su juicio”, la “fuerza de su penetración”, el “alcance de su previsión”, “la sagacidad de sus combinaciones”, ¿no son ya cosas proverbiales? El buen resultado de todos los negocios en que han intervenido, ¿a quién se debe sino a ellos? Si se han superado gravísimas dificultades en el país, ¿quién las ha superado sino ellos? Si todo lo ha echado a perder el pueblo, los tierruos, los pata en el suelo, ¿quiénes lo han evitado sino ellos? ¿Qué pensamientos se han concebido de alguna importancia que no le hayan concebido ellos? ¿Qué ocurrencia habrá tenido el pueblo que con mucha anticipación no la hubiesen tenido ellos? ¿De qué hubiera servido cuando hayan tenido otros otra idea sino la hubiesen rectificado, enmendado, ilustrado, agrandado y dirigido ellos?

Contempladles; pobres burgueses, sus frentes altivas parecen amenazar al cielo; sus miradas imperiosas exigen sumisión y acatamiento; en sus labios asoma el desdén hacia cuantos les rodean; en toda su fisonomía veréis que rebosa la complacencia en sí mismos. Toman la palabra, resignémonos a callar. ¿Replicamos? No escuchan nuestras réplicas y siguen su camino. ¿Insistimos otra vez? El mismo desdén, acompañado de una mirada que exige atención e impone silencio. Están “meditando sobre un objeto”; al parecer no adelantan; con la atención sobre una cosa, diríase que están dormitando. No importa; no les violentéis; miremos si descubrimos algún indicio que les guíe; se asemejan al que tiene en la mano una cajita cerrada con un resorte misterioso, en la cual se quiere poner a prueba el ingenio, por si encuentra el modo de abrirla. Están fatigados de hablar, y descansan sus señorías; entretanto, aprovechamos la ocasión de exponer lo que intentábamos hace largo rato; ¡vanos esfuerzos!; los semidioses no se dignan prestarnos atención, nos interrumpen cuando se les antoja, dirigiendo a otros la palabra, si es que no estaban absortos en sus “profundas meditaciones”, arqueando las cejas y preparándose a desplegar nuevamente sus labios con la majestuosa solemnidad de un oráculo. La afectación de sus gestos y modales nos presentan unos individuos que excitan a compasión, llenos de sí mismos, que proceden con excesiva compostura, como si temiesen derramarse.

¿Cómo podían menos de cometer grandes equivocaciones unos sujetos tan fatuos? Y de esa clase que creen que sólo ellos son intelectuales, piensan y tienen conocimientos; ellos se creen la raza superior, hay muchos, por más que no siempre les llegue la fatuidad a una exageración tan disociada y repugnante. Si no encuentran fingen; en vez de construir una idea sobre la realidad, edifican sobre las creaciones de su pensamiento. A fuerza de cavilar y sutilizar llegan hasta el punto de alucinarse a sí mismos, y lo que al principio fuera un pensamiento vago, sin estabilidad ni consistencia, lo convierten en verdad inconcusa. Viciadas las ideas por un axioma falso, vence todas las cosas muy diferentes de lo que son en sí, y los errores son tanto más peligrosos cuanto el entendimiento descansa en más engañosa seguridad. Las proposiciones generales se resienten de este defecto, pues como expresan lo que ellos conciben y juzgan, no pueden extenderse sino a lo que han conocido.

Desgraciado el que desde sus primeros años no se acostumbra a rechazar la lisonja, a dar a los elogios que se le tributan el debido valor; que no se concentra repetidas veces para preguntarse si el orgullo le ciega, si la vanidad le hace ridículo, si la excesiva confianza en su propio dictamen le extravía y le pierde. El pueblo dice: Nosotros os comprendemos, más vosotros no nos podéis comprender: con ese mazazo derriba y aniquila toda discusión; les abandona, ya no les cree, piensa, crea conciencia, es menos franco y menos sincero con ellos; y estos pobres burgueses abandonados a la vanidad que dejaron desarrollarse en su corazón siguen cada día con más ceguedad el peligroso sendero, hundiéndose más y más en ese ensimismamiento, en ese goce de sí mismos, en que el amor propio se exagera hasta un punto lamentable, degenerando, por decirlo así, en egolatría.

En ese cuadro psicológico, influido por factores subjetivos e histórico-sociales, es notable, el libre enfrentamiento de extremas actitudes donde se van abriendo paso los derechos del pueblo. Nunca en la historia el triunfo de una corriente extrema, retrograda ha implantado un sistema durable de democracia y libertad, pero sí ha servido para impulsar estas últimas y obligar a los conservadores a ceder y evolucionar. Igual sucede con las costumbres y normas morales. La Revolución Bolivariana y su gobierno evolucionan de autocracias despóticas y reaccionarias. Obviamente, dentro de este proceso, tales convulsiones de cambio socialista son factores estimulantes y sin duda lo apresuran. ¿Qué será señores(as) escuálid@s si atendemos a la ligereza con que se las suele atender?

La tradición es una muralla de piedra hecho de pasados que ciñe al presente. Quien tenga anhelo de futuro, por fuerza ha de saltarla, pues la Naturaleza no tolera altos en el conocer. Y aunque aparentemente quiere el orden, en el fondo sólo ama a quien pasa por sobre él para crear un orden nuevo.

¡Yanquis! ¡Ho Home!

¡Libertad para Gerardo!

¡Libertad para los cinco héroes de la Humanidad!

Salud Camaradas.

Hasta la Victoria Siempre.

Patria Socialista o Muerte.

¡Venceremos!


manueltaibo@cantv.net


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Manuel Taibo


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