Aborto: ¿Derecho a decidir sobre qué vida?

Ni la iglesia católica, con su suelo empedrado de fetos producto del prejuicio hipócrita de un celibato de pacotilla, ni la burguesía, con su práctica inveterada de abortos quirúrgicos y hasta de operaciones de reconstrucción de himen para lograr un matrimonio económicamente conveniente para sus hijas, ni quienes jamás en su vida serán embarazados porque no tienen útero, ninguno de ellos tiene autoridad moral para oponerse a una ley que facilite el aborto en Venezuela ni en ninguna parte del mundo.

El aborto no es un derecho, es una desgracia. Se trata de un acto contra natura en el cual un ser humano pierde la vida por manos de su madre en el momento en que más la necesita. En el mismo acto, la vida de la embarazada también está en riesgo y las probabilidades de morir son directamente proporcionales a la pobreza de esta mujer, porque no tiene cómo pagar, porque se los hace clandestinamente sin asepsia o asesorada por criminales que sólo quieren ver cuánto dinero le sacan por su desesperación, y porque muchas veces acude a la atención médica (o la llevan) cuando es demasiado tarde.

EL ABORTO NO ES UN DERECHO, ES UN DESESPERADO ACTO DE SUICIDIO.

No es que las clases dominantes quieran oponerse al aborto como derecho de la mujer, lo hacen porque mientras sean los que tienen la plata, conservan el oscuro privilegio de que sean sus mujeres las que pueden hacerlo, de manera que jamás nadie se entera; después buscan un cirujano plástico, le mandan a construir un himen falso a su hija y la venden como nueva, porque le han puesto otra vez la etiqueta. Porque venta y no otra cosa, son los matrimonios por conveniencia económica.

Las circunstancias que llevan a una mujer a alterar el curso natural de la generación de la vida son sociales y económicas. Económicas porque la mujer a quien le falló el aparato, el conteo de la fecha, o que tuvo que acostarse con su marido por mantener el hogar con la colaboración económica que implica, o se quedaron sin empleo, o los botaron de la casa (es muy frecuente en un país como el nuestro en el cual el problema de la vivienda es todavía tan grave y los alquileres parecen sólo para los ricos). Y sociales porque muchas mujeres se ven obligadas (¡En pleno siglo 21) a aceptar a tipos por la violencia, por presión, o son violadas, o niñas son engañadas y manipuladas hasta por familiares cercanos que debieron más bien protegerla. Los embarazos resultantes de tales hechos son obligados, y ninguna mujer debe ser obligada a llevarlos a término. A un hijo engendrado en estas circunstancias, con las secuelas psicológicas que las mismas producen en la mujer-víctima, más les vale no nacer, porque su vida, si es que la alcanza, será un verdadero infierno, contribuyendo a alargar la desgracia de la madre obligada, que cada vez que le vea la cara recordará la afrenta recibida.

Plantear que la solución a esos problemas sociales sea aprobar una ley que facilite los abortos es tan descabellado como si los gringos, en momentos en que su economía se viene abajo y son sus pobres los que pagan, se propusieran aprobar una ley que facilite el suicidio de la gente que está desesperada por la ruina irremediable, justamente en el corazón del país que aprendieron a ver como el mejor lugar para vivir, donde había las mejores oportunidades.

Para solucionar el grave problema que tenemos las mujeres en la concepción, embarazo, nacimiento y crianza de los hijos, hay que ir al fondo de su origen y atacar las causas. Es necesario que desde la escuela, a las niñas y a los niños se les ayude a comprender el instinto de la reproducción y la fuerza que tiene, no recibiendo consejos sonsos de “cuídense, digan que no”, cuando en el momento crítico es la muchacha la que puede convencer al muchacho de que diga que si o, en el peor de los casos, la decisión la toma bajo la amenaza del cañón de una pistola, o bajo los puños de un marido maltratador.

La sociedad venezolana tiene la oportunidad de transformar esta situación, ya que hasta contamos con un ministerio de la mujer, tomando como prioridad absoluta la formación de las niñas tanto en el manejo de sus propias emociones y deseos, como conocer las triquiñuelas y los artilugios que el instinto de la procreación y la irresponsabilidad ponen en práctica por medio de hombres que ni siquiera saben el daño que están haciendo al embarazar a una mujer, ni les importa.

No sólo hay que asumir la formación de ambos en la responsabilidad y en la importancia vital que tiene este tema, sino que las leyes debieran facilitar que la mujer se defienda, que si ella logra hasta matar a su violador, no vaya a la cárcel por eso, que los que sean aprehendidos sean realmente castigados y no alentados en medio de las risotadas burlonas de quienes debieran hacer justicia, y que nadie sea llevado a la cárcel cuando una poblada linche a uno de esos tipos.

Quede claro que en el término “violador” están incluidos los maridos maltratadores que tratan a la mujer como si fuera un objeto de su propiedad y los que convencen a las niñas cuyos úteros aún son inmaduros, a que accedan a una relación con adulto en capacidad de fecundar.

La propaganda por todos los medios, que usa el sexo y el cuerpo de la mujer como gancho para vender toda clase de cosas inservibles, es otro de los elementos que coadyuvan a crear un ambiente prematuramente erótico en las jóvenes y actúa en el inconsciente de las mujeres, estimulando un instinto tan irresistible como el de la procreación, contribuyendo de esa manera al aumento de los embarazos no deseados.

Aquí no hay tabúes ¡Ojalá los hubiera! En este capitalismo globalizado no queda ya ninguna barrera moral que pueda ser arrasada, ningún respeto que se pueda exigir sin ser estigmatizada por eso, ninguna solidaridad hacia el género que cumple con la conservación de la especie humana sobre la tierra.

La solución no es una ley en favor ni en contra de los abortos, la solución es un proceso de transformación a fondo de la sociedad que permita que la mujer se desarrolle como ser humano pensante y actuante, con libertad sobre su propia vida, con un concepto de solidaridad y dignidad, y que no se la penalice cuando se defienda.


andrea.coa@gmail.com


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Andrea Coa


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