La historia contemporánea de Venezuela ha sido marcada por una resistencia heroica frente a las pretensiones de Washington de convertir nuestra patria en una factoría de recursos subordinada a sus intereses.
Sin embargo, los eventos del pasado 3 de enero representan una ruptura flagrante de toda norma del Derecho Internacional Público: el secuestro del Presidente Constitucional Nicolás Maduro Moros y la Primera Combatiente, Cilia Flores, constituye un acto de agresión que la doctrina antiimperialista define como piratería de Estado y terrorismo transnacional.
Desde la perspectiva jurídica y geopolítica, lo ocurrido no es un hecho aislado, sino la culminación de la Doctrina Monroe en su fase más desesperada. Al extraer ilegalmente a la máxima autoridad de una nación soberana, el imperialismo estadounidense busca generar un "vacío de poder" que colapse las instituciones. Pero, como bien ha señalado la Presidenta Encargada, Delcy Rodríguez, desde las barriadas afectadas por la intervención, el plan se estrella contra una realidad que el Pentágono nunca ha logrado descifrar: la conciencia popular.
Cuando la Presidenta Rodríguez afirma que "el enemigo trabaja", nos advierte sobre los dos frentes de la guerra híbrida:
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El Frente Externo: La maquinaria logística y financiera de los EE. UU. que intenta legitimar el secuestro mediante una narrativa de "intervención humanitaria", violentando la Carta de las Naciones Unidas.
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El Extremismo Interno: Los actores locales que, operando como quinta columna, buscan capitalizar el caos para fracturar la unión cívico-militar.
El objetivo central no es solo el control territorial, sino la desmoralización. El imperialismo sabe que no puede vencer a un pueblo unido, por lo que su "trabajo" es sembrar la cizaña, el rumor y la desesperanza.
Frente a la provocación, la consigna es clara: calma, paciencia y prudencia estratégica. En el Derecho Internacional, la soberanía reside intransferiblemente en el pueblo. La respuesta de Venezuela no debe ser el caos que el Norte anhela, sino el fortalecimiento de la estructura comunal y la lealtad a los principios libertadores de Simón Bolívar.
Esta "prudencia estratégica" no es pasividad; es la madurez de un Estado que entiende que la justicia internacional, aunque lenta, es el terreno donde la barbarie imperial será condenada. La continuidad del hilo constitucional, hoy liderada por la Presidenta Encargada, es la prueba de que las instituciones venezolanas son sólidas y no dependen de la voluntad de una potencia extranjera.
El secuestro del Presidente Maduro es una herida al derecho de gentes, pero también es el catalizador de una nueva etapa de resistencia. El enemigo trabaja para dividirnos; nosotros trabajamos para consolidar la independencia definitiva. La historia juzgará a los agresores y enaltecerá la dignidad de un pueblo que, en su hora más oscura, eligió la unidad sobre la traición.