De abril a abril

                Hay una línea de continuidad histórica entre lo sucedido en abril de 2002 y lo experimentado por los venezolanos en abril 2014. Ello es así pues se asiste a una confrontación cultural, cuya expresión en los campos económico y social es notoria. Cuando hablamos de confrontación cultural lo hacemos para referirnos a una significativa discusión sobre referentes simbólicos y semánticos expresados en la praxis ciudadana. En el caso venezolano, esa confrontación expresa el absurdo de la tesis de excepcionalidad de la violencia, sostenida por quienes señalan que en la historia del país no se había producido una confrontación social cómo la que experimentamos actualmente.

                Desde el inicio de nuestra vida republicana, en el siglo XIX, el proceso histórico en el país ha estado marcado por la confrontación en torno al acceso a los excedentes productivos (los generados por la actividad agroexportadora hasta 1926 y luego por el petróleo) y el control por parte de los actores políticos y económicos. Eso sí, debe reconocerse que la democracia conciliatoria a partir de 1958 creó una sensación de armonía social, que invisibilizó el conflicto, desapareciéndolo a través del control social ejercido por los partidos y las instituciones corporativas. Insistimos en el término invisibilizar, para recalcar el hecho del ocultamiento de una realidad marcada por la exclusión. Ese ocultamiento tuvo como principales articuladores la iglesia, la estructura educativa, los medios y como ya se señaló, las instituciones corporativas (partidos, sindicatos, etc). No será ni siquiera el propio Chávez quién se encargue de materializar la confrontación, fue el propio sistema político a través de la acción represora y homicida desatada contra el poder popular el 27 y 28 de febrero de 1989.

                En ese instante, la lucha confrontacional existente por siglos y siglos de explotación, sometimiento y subordinación se concretó en forma de desobediencia civil e insurgencia popular, quebrando la ilusión de armonía y echando por el suelo la tesis de la excepcionalidad del proceso venezolano. Chávez transforma esa lucha simbólica en bandera política y con ello arrastra el descontento, la desilusión, la desesperanza acumulada y la transforma en voluntad política que se impone y desplaza el protagonismo de las clases sociales poseedoras hacia las clases sociales desposeídas. Con ello, se institucionaliza en el discurso político la realidad de enfrentamiento que había sido pretendidamente ocultada durante siglos. El choque cultural estaba siendo protagonista, entre otras razones por el hecho que Chávez mismo es la encarnación de los sujetos invisibilizados y subalternizados  en la historia de Nuestra América. Chávez es un zambo, es decir, surgido de la unión de negro e indígena, los sujetos olvidados y relegados por el proyecto republicano propietario surgido luego del fracaso del Proyecto Bolivariano con la muerte de Bolívar en 1830.

 La campaña presidencial de 1998, la convocatoria a la constituyente en 1999, la aprobación de la Constitución ese año, la relegitimación de poderes en julio de 2000, la aprobación de Leyes habilitantes en 2001, el intento de golpe de abril de 2002, la paralización económica de 2002-2003, el referendo revocatorio de 2004, el boicot a las elecciones legislativas en 2005, la elección presidencial de 2006, el intento de reforma de 2007, y el resto de los procesos políticos electorales hasta el 2013, están marcados por la preeminencia en el debate electoral de una lucha cultural y étnica. Mientras la oposición intenta en su discurso, invisibilizar el conflicto cómo una forma de imponer la aceptación de la sumisión y la obediencia a los explotadores- el socialismo bolivariano construye su accionar sobre esta confrontación cultural, asumiendo la necesidad histórica de clarificar su existencia y afrontar su superación. En abril de 2002, se intentó crear una situación de distorsión informativa para trasladar el origen de la violencia hacia los sujetos históricamente violentados. Los que viven de la violencia del poder y la explotación intentaron crear la sensación de que la violencia existente era una consecuencia del odio y el revanchismo, cuándo la verdad es que es una consecuencia de la no aceptación de la insurgencia popular, entendida cómo el derecho de resistirse a la explotación.

Entre febrero y abril de 2014, la violencia de clase adquirió de nuevo su carácter auténtico, mostrando su sentido segregario y racista. La distorsión informativa, cómo instrumento de Guerra psicológica busca emotivizar la realidad, creando sensaciones de miedo, odio, frustración, resentimiento que generen condiciones para una guerra civil como la experimentada en 1814.  La insurgencia cómo respuesta dialéctica contra la dominación pasa por imponer una agenda de transformación sin violencia y ese es el camino para la paz, en términos democráticos y respetuosos. ¿Aceptará la oposición ese camino? Esperemos que sí.

Dr. Juan E. Romero

Historiador/politólogo

Juane1208@gmail.com

15/04/2014



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Juan E. Romero

Dr. Mgs. DEA. Historiador e Investigador. Universidad del Zulia

 juane1208@gmail.com

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