¿Golpe de estado en la ONU?

Acaba de terminar en New York la 60ª reunión de las Naciones Unidas. En ella iba a ser centro especialísimo de los debates el estado de las "Metas del Milenio", fijadas en el año 2000 como ambiciosa agenda universal para fomentar el desarrollo de la humanidad y terminar con sus más odiosas lacras: la pobreza crónica, la exclusión social, el racismo, toda forma de desigualdad. Pero asistimos a una suerte de "golpe de Estado" por parte de la delegación de Estados Unidos, la que planteó una trasnochada reforma de los estatutos de dicha organización, prácticamente dejando de lado -o permitiendo tocar apenas en forma tangencial- el tema sustancial de la cumbre.

En sí mismo pedir cambios en una estructura que se muestra inoperante para alcanzar los objetivos para los que supuestamente fue creada, puede ser loable. Pero no lo es, en modo alguno, la forma en que lo hace la potencia hegemónica -con el consiguiente as bajo la manga con que se jugó-; y mucho menos, el contenido de los cambios propuestos.

No es ninguna novedad que la Organización de Naciones Unidas está en crisis. Pero para ser más precisos, está en crisis el modelo de sociedad capitalista en cuyo seno surgió. En sí misma, como idea de un foro mundial para resolver los grandes problemas de la humanidad, es deseable, altamente meritoria. En ese sentido merecería el más completo apoyo por parte de todos. La cuestión es ver si una organización que responde a los intereses de los grandes y que, más allá de declaraciones formales, sólo perpetúa las injustas relaciones existentes, puede servir de verdad para resolver los problemas cruciales de los pueblos. No debemos olvidar que su real órgano rector: el Consejo de Seguridad, está manejado sólo por cinco miembros -los ganadores de la Segunda Guerra Mundial, potencias nucleares y los principales fabricantes de armas- manteniendo un infame e injustificable "derecho a veto"; ni tampoco debemos dejar de tener en cuenta que los arietes del neoliberalismo que han servido para repartir el mundo entre las grandes empresas multinacionales (nos referimos a los organismos de Bretton Woods: el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional) son agencias asociadas del Sistema de Naciones Unidas.

Hoy, a 60 años de su nacimiento, es evidente que el mecanismo no es funcional, puesto que los temas de paz y desarrollo que debería atender siguen sin solución; y tal como se perfilan los futuros escenarios con un hegemonismo unipolar absoluto por parte de Washington y un espíritu belicista dominante y creciente, es necesario replantear seriamente su lugar. Como están las cosas, transformándose en apéndice de la política exterior de la Casa Blanca, ¿para qué sirve la ONU?.

Nadie puede negar que necesita profundos cambios. En otros términos -y más aún después de la bochornosa experiencia de la guerra de Irak, donde el gobierno estadounidense la redujo a un papel vergonzante- las Naciones Unidas en la actualidad sólo sirven para apoyar la hegemonía del gran imperio, quizá como una nueva Cruz Roja para operaciones humanitarias (con personal demasiado caro en tal caso), pero lejos están de contribuir en algo a sus supuestos fines primeros. Quizá, como amargamente dice Tariq Alí: "Hay 191 Estados miembros, y los Estados Unidos tienen presencia militar en 121 de ellos. ¿Queremos realmente unas Naciones Unidas de América? No. Mejor para todos, si damos sepultura a la cosa."

Sepultarla, o intentar transformarla en un foro real de debate que sirva a los pueblos del mundo. Pero nadie puede negar que son necesarias transformaciones profundas en su seno. Ahora bien: ¿qué cambios pide Estados Unidos?.

Unos días antes de la recién finalizada cumbre, el embajador venezolano ante la ONU, Fermín Toro Jiménez, conociendo la naturaleza de los cambios alentados por Washington, declaraba: "La reforma de la ONU está dirija a transformar a la organización en un órgano más represivo de lo que actualmente es, a través del fortalecimiento de los poderes del Consejo de Seguridad, único órgano autorizado por la Carta del organismo multilateral para usar la fuerza contra los Estados que sean señalados como actuando en contra de la paz y la seguridad internacional. Ese fortalecimiento de los poderes del Consejo de Seguridad implica el debilitamiento de la Asamblea General y de sus poderes, que es el único órgano democrático de la organización en el que los 191 países tienen igualdad y su derecho al veto." En otros términos, estaba alertando de la "doctrina de las guerras preventivas" que el imperio quiere hacer aprobar por la organización, con lo cual se legitimaría cualquier intervención militar que la Casa Blanca estimara necesaria para sus intereses, y que quedaría refrendada así por esta supuesta unanimidad de todos los países en defensa de la democracia. Por supuesto, Venezuela está entre los primeros objetivos de la estrategia impulsada.

Como dijo el presidente de la República Bolivariana de Venezuela, Hugo Chávez, en su encendida ponencia ante la Asamblea General en alusión a cómo manipuló las cosas la delegación estadounidense: "Este documento fue entregado cinco minutos antes, sólo en inglés, a nuestros delegados, y se aprobó con un martillazo dictatorial que denuncio ante el mundo como ilegal, írrito, nulo e ilegítimo. Dígame una cosa, señor presidente: si nosotros vamos a aceptar esto es que estamos perdidos. Apaguemos la luz, y cerremos las puertas y cerremos las ventanas. Sería lo último, que aceptemos la dictadura aquí en este salón." (Ver igualmente la transcripción de la intervención del canciller venezolano Alí Rodríguez Araque en el seno de esa Asamblea, presentada abajo).

Definitivamente, aunque muchos prefieren no oírlo, de eso se trata: dictadura. Un mecanismo dictatorial en el seno mismo del que, supuestamente, debería ser el gobierno del mundo, foro para el entendimiento y la solución consensuada de los grandes problemas planetarios. Finalmente el documento no pasó tal como lo quería el imperio, pero la voluntad de dominación global sigue.

Concedámoslo: el modo mismo en que está concebida la organización (un espejo del mundo, con pocos dominando todo y una gran mayoría excluída) no fomenta la democracia, la igualdad, la justicia. Abrir una crítica sobre ello no pretende contribuir a su defenestración, sino por el contrario intenta su reforzamiento. Una Organización de Naciones Unidas al servicio no del gran capital sino verdaderamente de los pueblos, por supuesto que puede ser útil (para los pueblos, claro está).


Intervención del canciller Alí Rodríguez Araque sobre el proyecto de documento de la reunión plenaria de alto nivel de la Asamblea General durante la clausura del 59º período ordinario de sesiones

Nueva York, 13 de septiembre de 2005

La representación de Venezuela ha recibido con verdadero asombro la manera sorpresiva como se aprueba un documento de 34 páginas presentado en la única versión en inglés, y sin que hubiese tenido la oportunidad en ningún idioma de conocer el contenido de la misma. En consecuencia, resulta físicamente imposible aprobar un texto de estas características, y muy particularmente cuando el mismo ha sido reservado a un pequeño cenáculo, según tengo entendido de 15 personas, e incluso en el día de hoy a un grupo aún más reducido.

Yo he tenido la fortuna de hacer cursos de lectura rápida, pero no instantánea como para en tan reducido tiempo poder conocer cada uno de los puntos con los cuales posiblemente estemos de acuerdo, pero bastante probablemente, con muchos otros, o con algunos otros, estaríamos en franco desacuerdo.
No ha habido ni siquiera oportunidad de poder hacer algún género de proposición o de oposición a los distintos aspectos recogidos en estas 34 largas y apretadas páginas. El procedimiento además es flagrante violación de los más elementales principios que rigen los procedimientos democráticos. No olvidemos que en esta Organización están representadas numerosas naciones, que a su vez representan a miles de millones de seres humanos, a los cuales debemos entregarle cuentas porque se está jugando precisamente con el destino, con la suerte de millones de seres humanos, que si nosotros ignoramos lo que aquí está siendo aprobado allá, por supuesto mucha mayor ignorancia hay sobre decisiones que afectan aspectos vitales de su propia existencia.

Por tal razón, la delegación de la República Bolivariana de Venezuela se ve compelida, obligada a reservar su posición, lamentablemente, por la manera como se está aprobando este documento, que hasta este momento era completamente desconocido para nuestra representación. Y entiendo que no somos un caso aislado. Estoy convencido que muchos otros países se encuentran en situación similar a la de Venezuela, pues creo bastante difícil, por no decir imposible, que en tan corto tiempo los distintos países, que no formaron parte del selecto grupo de los que discutieron, tuvieran la oportunidad de conocer el documento, proponer, encorchetar, eliminar, agregar textos al mismo.

Es de verdad lamentable que en una organización que debería ser emblemática de las prácticas democráticas en el mundo, en una época en que tanto se predica sobre los principios democráticos, acá se esté dando una lamentable, triste demostración, de lo que es la total y absoluta negación de los procedimientos democráticos.

La delegación de Venezuela ha sido excluida como muchas otras de este proceso, y en consecuencia de ninguna manera podría incurrir en la vergüenza de aprobar algo que desconoce completamente, de manera que reservamos nuestra posición, y ojalá no sea ésta la práctica que se instituya en el futuro de la Organización que la condenaría inexorablemente al más completo desprestigio ante los seres humanos pensantes, concientes del mundo, que, insisto, son miles de millones, y no el grupo que tuvo la suerte, el privilegio, de participar en esta elaboración y aprobación de este documento.

Muchas Gracias.


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Marcelo Colussi

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